Cenar con Mario Muchnik. Entrevista


“Es que tú hablas mucho, Mario”, le dijo Carmen Balcells, “no es posible que todos tus autores sean tus amigos”. Y le acusó poco menos que de name dropping, de citar nombres prestigiosos para impresionar. Y Muchnik, honrado editor (46 años de oficio) y antiguo físico –de ahí que le gusten las pruebas, las demostraciones–, escribióLo peor no son los autores para zanjar ese pequeño desafío. Ese libro, sus primeras memorias (con Oficio editor hoy completa cinco volúmenes), reúne las anécdotas de décadas y décadas en las que fue sumando amigos gracias a su trabajo editorial. Verdaderas amistades: ¿cómo, si no, iba a pasar Cortázar con los Muchnik buena parte del último verano de su vida, o iba a llorar Susan Sontag delante de él en un desayuno en Nueva York, esa escritora conocida por su dureza? Sontag, que hablaba de la enfermedad con brillantez, lloró oyendo a Muchnik relatar la historia de De parte de la princesa muerta de Kenize Mourad, que él acababa de publicar. Y, de no haber sido amigos, ¿se hubiera cabreado Italo Calvino con su hija, todavía pequeñita, delante de Mario y su mujer Nicole, porque no quería comer una tortilla en unas vacaciones que pasaron juntos en Túnez?

Es verdad. Muchnik no ha sido amigo de todos los autores que ha editado: “A la lista le faltan Tolstói, Flaubert, Joseph Roth, otros tantos”, dice. Y se ríe. “Ja”. Un “ja” largo, sonoro, de una sola sílaba, que sale de la sonrisa encantadora debajo de su barba blanca. A Mario Muchnik cuando se ríe le brillan los ojos como a todo el mundo, pero a él un poquito más. Y continúa: “Los amigos son como los libros de tu biblioteca. Entran y salen de tu casa. A algunos los ves a menudo; a otros, por la razón que sea, solo una vez o dejas de frecuentarlos. Muchos desaparecen. Hay unos cuantos que entran sin que tú sepas que luego serán un clásico, una joyita. Es solo con el tiempo que te das cuenta de que has construido una biblioteca, que tienes un montón de amigos”. Y algunos amigos de Muchnik incluso han ganado el Premio Nobel.

Cuando le propuse la entrevista le expliqué: “Mario, quiero que hablemos de comida, de tus cenas con toda esa gente que has conocido. Bueno, no hablaremos solamente de comida…”. “¿Y por qué no?”, me contestó riendo. Él, que es gourmet pero no un comelón, puede teorizar con tanta autoridad sobre una pastasciutta o un asado de tira como sobre edición, palos secos y serifas. Cuando llegué a su casa, interrumpí su café de media tarde, pero ya Muchnik tenía en la mano una hoja impresa con una lista. Nombres de ciudades, restaurantes y, entre paréntesis, con quiénes había comido en esos lugares.

¿Es posible contar la biografía de una persona a través de sus desayunos, almuerzos de trabajo y comidas con amigos? Solo si damos por cierto que la mayoría de los momentos importantes nos suceden alrededor de la mesa. Muchnik está de acuerdo. Y comenzamos a repasar la lista.


El Amaya, Barcelona

“A esa señora la conozco: La enfermedad y sus metáforas”, dijo el camarero de ese restaurante de Las Ramblas, cerca del monumento a Colón. Susan Sontag miró sorprendida a sus compañeros de mesa. “¿Y a este caballero?”, preguntó Mario Muchnik señalando al otro comensal. “No. A este señor no le conozco, pero su cara me dice algo…”. El editor deslizó el nombre de Bruce Chatwin (“el hombre más bello que conocí en la vida”, dice) y el camarero, llevándose las manos a la cabeza, exclamó: “¡Hombre, claro! Colina negra, con la foto de Cartier-Bresson en la portada”. Atónitos, se enteraron luego de que el camarero era novio de una bibliotecaria.

Cenaban esa noche Nicole, Mario y Jacobo Muchnik, su padre, el primer editor de Sobre héroes y tumbas de Sábato y, en español, deLas brujas de Salem de Miller, de la Carta al padre de Kafka. Cenaban con aquel inglés nómada que tenía por todo lujo una mochila de ante y la norteamericana que hizo de puente intelectual entre Europa y Estados Unidos. Era la primavera del 87 y los años dorados de la edición en Cataluña. Para entonces Mario y Jacobo editaban bajo el sello Muchnik Editores, y ya podían preciarse de ser los primeros en publicar en castellano a esos dos autores con los que cenaban. “Esa noche comimos como reyes. Nosotros, mariscos, pero Susan iba con cuidado, ella ya había tenido su cáncer. Bruce pidió costillitas de cordero. Lo recuerdo porque comía con las manos”.

Cuando terminó la cena caminaron por el barrio chino, El Raval, y entre las putas y los chulos Chatwin les habló de su último libro, en el que el hombre primitivo, huyendo de una gigantesca pantera antropófaga, se vio obligado a salir a la llanura, dejó marcas en los árboles e inventó el lenguaje. Sontag escuchaba. “Saber escuchar no es solo dejar que el otro hable, sino darle oídos. Esa era la gran cualidad de Susan Sontag, igual que de Elias Canetti, de Julio Cortázar: no se conformaban nunca con una respuesta circunstancial. ‘¿Qué tal está tu padre?’. ‘Bien, Susan, Gracias’. No, no, había que entrar en detalles, para ellos todo era atinente”.

“The king of darkness was a gentleman”, dijo Chatwin esa noche en El Raval. Ése era el título que quería darle a su libro, que luego terminó por llamarse Los trazos de la canción. Y es que en cuestión de títulos Muchnik y Sontag tenían una relación especial. Fue él quien para la traducción al castellano de Illness as methaphor le sugirió La enfermedad y sus metáforas, mucho más pronunciable que “La enfermedad como metáfora”. Ella aceptó y, años más tarde, tituló su libro sobre el sida Aids and its metaphors, y dedicó un ejemplar al editor reconociéndole el mérito del título y de la traducción.

Fue también Sontag, en un café de París, quien le anticipó a Muchnik: “Así que tendrás un Nobel”. Él la miró sin comprender. “¡Canetti, Mario!, el próximo año se lo dan a Canetti!”. Y Susan Sontag estaba claramente bien informada porque un año más tarde Mario viajaba a Estocolmo y cenaba en Suecia con el autor de Masa y poder.
Editorial Forum, Estocolmo

Mario Muchnik conoció a Canetti la misma mañana que le entregaron el Nobel, en el Grand Hôtel de Estocolmo mientras esperaba el ascensor. El búlgaro, “pequeño pero vigoroso, de mirada fuerte y párpados entrecerrados, sonrisa tal vez irónica”, bajaba por la escalinata central y el editor se le acercó. “Doctor Canetti, yo soy Mario Muchnik”. Para entonces él era su primer editor en castellano y solo habían intercambiado una carta. Se estrecharon la mano, pero no comieron juntos hasta el día siguiente. Con Aquavit y bocaditos ahumados suecos. “Los vikingos no hicieron nada mejor en su vida, ja”. Arenques. Salmón. Skol. Salud.

Eran varias mesas de ocho comensales cada una, y Muchnik se sentaba en la principal con el hombre que escribió El otro proceso de Kafka. Tres de la tarde en Estocolmo, es invierno y ya es de noche en la editorial Forum, donde se celebra el almuerzo ritual del premio Nobel. “Un lugar de ensueño: una galería de arte donde los mejores pintores suecos han retratado a todos los premiados. Hay que brindar. Un brindis que no admite la mínima sonrisa. Es una cosa seria. El camarero llena la copita con Aquavit. Tú eliges a uno de tus comensales, levantas tu copita, miras seriamente, sin sonreír, y dices ‘skol’. Así ocho veces, una por cada comensal. Cuando Canetti levantó la copa y dijo ‘skol’ a mí me tembló el piso. Y los dos asentimos con la cabeza”. Ya Muchnik le había preguntado qué estaba escribiendo. “Usted nos prometió una segunda parte de Masa y poder…”. Canetti se puso muy serio, miró por la ventana y le dijo: “Ese libro quizá nunca llegue a publicarse”. Hoy sabemos que era cierto.

El editor y Canetti volvieron a comer unos meses más tarde, en casa del Nobel, en Zúrich, adonde el editor fue a visitarlo. Allí tomaron el té y una tarta de zanahoria. La charla, dice, fue como cualquier conversación, con naturalidad, entre otras cosas porque Canetti puso las reglas: “Mr. Muchnik, esto no es una entrevista”. Y hablaron de todo, una charla de cinco horas entre un autor y un devoto de su obra. Allí, mientras caía la tarde y se iban quedando a oscuras, Canetti decía cosas como que a Borges no había que darle el Premio Nobel porque su obra era trivial. Bien escrita, pero superficial. Al fondo sonaba la flauta dulce de su hija Johanna. Giovanna se llamaba la hija de Italo Calvino, con quien por esa época Mario Muchnik cenaba a menudo.


El puerto de San Remo


Las flores de San Remo son las que decoran cada año las salas de la Fundación Nobel, durante la ceremonia. La ciudad que da esas flores era también la de la infancia de Calvino, el escritor que a la hora de su muerte era el italiano más traducido. Muchnik lo conoció en Formentor, en las reuniones del Premio Internacional de Editores. Pero su amistad con Calvino data de un par de años más tarde, en la época en que Muchnik dejó la física para dedicarse a la fotografía. Había estudiado en Columbia y luego, trabajando como físico en Nápoles, comprendió que ese oficio no lo hacía feliz.

Bajo la influencia del fotógrafo Edward Weston, comenzó a fotografiar árboles, hojas, ramas, follaje, con una Rolleiflex de negativos 6x6 cm. Cuando tuvo una buena colección se la envió a Calvino, con la idea de una edición de El barón rampante ilustrada con sus fotografías. El proyecto no llegó a realizarse, pero ese año, mientras los Calvino y los Muchnik se instalaban en Roma, en medio de las cajas de la mudanza en un piso frente a la Plaza de la Fontanella Borghese, sellaron una amistad para toda la vida, a lo largo de la cual compartieron muchas comidas.

Entre tantas, Muchnik recuerda una en la que Calvino llegó a enfadarse con él. En San Remo, en el puerto. “¿Leíste Tiempo cero?”, le pregunta Calvino. “Sí, Italo, tú sabes que tus libros me interesan, pero déjame que te diga una cosa, si no te importa”. Mario Muchnik todavía no era editor, era físico. “Me divirtió, sí, como lasCosmicómicas, pero todos estamos esperando de ti otra gran novela, como El barón rampante”. Entonces Calvino se pone serio, se ve que se está cabreando, y dice: “¿Y por qué se espera eso de mí? ¿Por qué debo escribir una gran obra? A lo mejor ya escribí mi gran novela. ¿Dónde está escrito que yo pueda escribir cada vez mejor? A lo mejor yo ya he escrito todo lo que tenía que escribir, a lo mejor todo lo que escriba de ahora en adelante va a ser peor. ¿Quién te dijo a ti, quién le dijo a nadie, que las cosas, que el mundo, deben ir cada vez mejor? A lo mejor las cosas tienen que ir a peor, van a peor, el mundo no progresa sino que regresa. Y sabes una cosa, Mario, es que vaya como vaya, no hay que derramar una lágrima. A ciglio asciutto, con las pestañas secas”. La conversación terminó, y tan amigos.

Era un hombre muy serio, Calvino, incluso áspero, pero con gran sentido del humor, dice Muchnik. “Era también un gran comilón, un flaco envidiable, de los que no engordan nunca. Pero podía estar sin comer, lo importante era la conversación”.

Luego Calvino publicó otros libros que para algunos ponen en duda y para otros confirman aquello que decía en aquel cabreo con el editor:PalomarSi esta noche de invierno un viajeroLas ciudades invisibles, esta última dedicada a mano a Mario y a Nicole: “Amigos de ciudad en ciudad”, porque también vivieron juntos en París, donde coincidían además con Julio Cortázar. Casi quince años después de aquello, durante el verano que Cortázar pasó con los Muchnik en un molino segoviano, Muchnik en persona traducía el Orlando furioso de Calvino, antes de someterlo a su traductora oficial en castellano, Aurora Bernárdez, la primera mujer de Cortázar.


Molino del siglo XVIII, Segovia
Resulta que Chichita Calvino y Aurora Bernárdez eran las dos argentinas y tenían una amistad de vieja data. Cuando coincidieron en París, y como los Muchnik eran viejos amigos de los Calvino, las tres parejas formaron un pequeño grupo. Mario Muchnik también nació en Argentina.

Pero el editor ya había conocido a Cortázar en 1960 en París, cuando éste todavía no había escrito Rayuela. “Aquella Torre Eiffel que era Cortázar”, dice Muchnik. “Hubo varios encuentros hasta que nos instalamos en París”. Ahí se fundó la amistad que duró hasta la muerte de Julio, incluso cuando Mario se trasladó a Madrid y antes a Barcelona. Él fue el editor de Los autonautas de la cosmopista, y de sus textos políticos: Nicaragua tan violentamente dulce y Argentina: años de alambradas culturales. “Libros mediocres”, dice Muchnik. “Pero yo soy editor, no un censor. Lo malo es que Julio nunca fue consciente de que esas obras eran menores”.

El último verano de Cortázar, el de 1983, el escritor pasó dos semanas con Mario y su mujer en un molino del siglo XVIII que solían alquilar en la provincia de Segovia. Cortázar ya estaba enfermo de leucemia, pero ni él ni sus anfitriones lo sabían entonces. Lo recibieron en la estación de Chamartín y se lo llevaron al molino. No era el primer verano que pasaban juntos, otros veranos ya habían sellado su amistad: “Nada aproxima más que los asados nocturnos coronados por canciones y chistes malos”. Aquello era en Aviñón, donde Cortázar tenía su casa de campo.
En Segovia, en medio de la Sierra de Madrid, esos asados se repitieron. Y fueron los últimos. A 1.200 metros de altura, el aire seco hacía que corrieran los aromas con intensidad. A medio día, Mario hacía el asado, con brasa de sarmientos, y Nicole la ensalada. Entonces aparecía Cortázar, que pasaba las mañanas escribiendo, y decía: “¡Che, aquí quién puede trabajar con ese olor!”. El autor de Rayuelatambién decía que el mejor asado que se comía fuera de la Argentina era el de Mario. Y el editor lleva esa frase como una medalla.
Fue en esas sobremesas que Cortázar les habló a los Muchnik de su sueño recurrente. Soñaba con una ciudad inexistente, que iba completando en cada sueño: un nuevo café, una nueva sala de billar, nuevos rincones. Cada vez que reaparecía el sueño, la ciudad crecía. Pero ése fue su último verano. Cortázar no alcanzó a terminar de construir su ciudad inexistente.
Hay más anécdotas, pero nunca nimiedades. Cuando le pregunto a Mario Muchnik por peculiaridades de sus autores en la mesa, ni una sola vez cae en la trivialidad. Hace bien. Qué más da si Calvino usaba o no un mondadientes, o si Sontag tenía buenos modales en la mesa. La anécdota de Oliver Sacks, autor de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y que comía las cortezas del queso como un manjar, no es más que eso, una anécdota. Aunque Sacks era tan peculiar que cuando llegó a casa de Muchnik a cenar, se acercó a la ventana, en invierno, y dijo: “Es que no me gusta ni el frío ni el calor. Prefiero los cero grados”. Y los invitados, en plena ventisca de diciembre, comieron con los abrigos puestos, porque con Sacks esa ventana tuvo que quedarse abierta.

Otra cena es con García Márquez, que en México trataba como a una criada a la segunda de la agencia de Carmen Balcells: la mandaba por más whisky. O con Peter Berling, autor de La última tentación de Cristo, quien desde que murió su primera novia no conoció mujer y puso todo su placer en la comida. “Parece un acorazado Potemkin”, se ríe Muchnik. “Es el autor más gordo y voraz con el que me ha tocado comer”. Y una última: con Vargas Llosa, en el restaurante Come Prima de Madrid (cuya primera planta está decorada con fotografías hechas por el editor), cuando el peruano, que todavía no era Nobel, le pide a Muchnik que le deje utilizarlo para su próximo libro. “Tocayo”, le dijo Vargas, “busco un personaje que sea un editor de gusto exquisito, de vasta cultura, y negado para los números”. “¿Y es que tú piensas en mí todo el tiempo, Mario?”, le respondió el editor. Es así como enTravesuras de la niña mala Mario Muchnik se convierte en personaje. Y sin máscara alguna. En la novela el editor lleva su nombre.

Cada plato es entonces, de algún modo, un capítulo en la vida de Mario Muchnik. Platos como biografía. El primer desayuno con Nicole, “unas roscas con chocolate y un café, en Nápoles, son el mejor desayuno, almuerzo o cena de toda mi vida”, me dice. Y el peor, cuando perdió, “me robaron”, Muchnik Editores. Esa tarde buscó a alguien para almorzar, pero se encontró solo. Caminó por Las Ramblas hasta encontrar un garito. Tomó un sándwich club y una cerveza. Pero ésa es otra larga historia.

De cualquier forma, los platos no son importantes solo porque sean biografía. La cocina en sí misma tiene importancia para el editor, entre otras cosas porque le ha dado, literalmente, de comer. Mario Muchnik aprendió de su padre que, para sacar adelante una editorial, hay que publicar unos cuantos libros de cocina. Su padre lo hizo en Argentina: editaba veinte libros al año, de los cuales solo cuatro eran literatura; los demás eran recetarios y divulgación. Con sus editoriales él hizo lo mismo, por ejemplo editar a su cuñada, Gabriela Bajraj, que se convirtió en un bestseller gastronómico en España. Lo que hay que hacer para facturar y compensar las pérdidas que deja un Canetti, por ejemplo.
A Mario le alegra el ritual de comer. “Pero yo solo reflejo la alegría de los que están alrededor. Cuando la gente se sienta a la mesa está contenta. Comer es una fiesta. Cuando yo me como un plato no solo es el plato, me como el mundo”. Y el mayor aliciente es la conversación. “No lo que pasa, porque rara vez pasa algo, sino lo que se dice. La conversación, la polémica. Presenciar y participar en un diálogo entre gente que sabe más que tú”. Y el placer de hablar por hablar. Mario recuerda al escritor Octavio Paz, por ejemplo, la vez que cenaron en Barcelona y éste conversaba con Nicole de la última película de Batman. “Octavio tenía el don de la palabra. Era uno de los que gozaba hablando. No hacía tesis, tenía opiniones. Esa cosa maravillosa que es tan latinoamericana, donde las opiniones tienen peso específico. Octavio piensa esto, aquello, y eso ya es importante. Si lo pensaba Paz era importante. ¿Qué hay mejor que eso? ¿Qué pretendes si no? ¿Que te demuestre la existencia de Dios?”.
Para Muchnik, el problema es que ahora ya no se habla. “Antes, en la Feria de Fráncfort, por ejemplo, se cenaba charlando. Ahora solo se discute sobre dinero, de anticipos. Hoy los editores han cambiado las comidas y las cenas por los bocadillos”. Y ésos que comían y charlaban eran los responsables de la literatura y, de ese modo, figuras de la escena cultural de un país. Ahora esos editores ya no existen. Muchnik dice que no es que hubiera entonces tantos buenos autores y editores como gente con el don de la palabra y gran sentido del humor.
Pero él es un optimista. Por eso, para conversar, sigue organizando cenas en su casa, en la que siguen coincidiendo figuras del mundo editorial europeo y español. “El otro día llegó un amigo a cenar a casa con un hombre muy muy bajito, y una mujer hermosa. Ahí está el placer, en que tu casa pueda convertirse de golpe en un Velázquez, con un enano, un príncipe y una odalisca”. Todo eso en el comedor de su casa, que no por nada es una biblioteca.

Una de las últimas cenas en casa de los Muchnik fue un sábado. Nicole preparó una lubina a la sal que ya tiene fama. Empezamos a comer y enmudecimos. Mario contó un acto de una obra de Eduardo di Filippo en el que una familia napolitana, sentada a la mesa, charla animadamente y calla de golpe cuando la madre trae la comida. Mario refirió la anécdota precisamente para romper el silencio en el que nos habíamos quedado. Él termina el último de comer y no come postre, “dejé de tomarlo cuando descubrí que me estropeaba las delicias que acababa de comer”. Y cuenta, en la cena, lo que está leyendo. A principios de año era Mark Twain, esta semana El jardín de los Finzi-Contini. Habla de la masacre de Utoya, de Amy Winehouse, de un gran manuscrito que un amigo suyo le ha dado a leer. Esta vez hemos comido lubina, la próxima recuperarán una vieja receta: spaghetti alle vongole.
Ferran Adrià decía en su última declaración a la prensa que “cada país que se precie tiene un gran chef”, y habría que completar diciendo que también tiene un editor inolvidable. España tiene varios, y uno de ellos es Mario Muchnik. Con olfato de cocinero para la buena literatura. Buen olfato y su sonrisa. Fuente: elmalpensante


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André Kertesz

Federico García Lorca

Anna Ticho

Joseph Beuys

Dorothea Lange

Maarten Brinkman

Ronald Ceuppens

Óscar Molina

Mateo Vidal Redondo

Mateo Vidal Redondo
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