
Médico y psicoanalista, se especializa en el análisis complejo de lo orgánico y lo emocional. "El cuerpo enfermo es igual que el alma enferma", afirma.
-Sus libros, algunos escritos hace más de veinte años, no sólo están vigentes sino que además resultan novedosos dos décadas después.
-Sucede que las generaciones, decía Ortega y Gasset, cambian cada 15 años. Pero las cosas que estamos viendo en esta época no son cambios generacionales, son mucho más importantes. En toda la historia de la humanidad sólo está el precedente de cuando el hombre pasó del pensamiento mágico al lógico, que llevó centurias y culminó en el Renacimiento. En este momento estamos en la otra gran transformación. Los valores están todos en revisión. Estamos pasando del pensamiento racional a la comprensión de lo que todavía no tiene mucho nombre, algo que algunos llaman pensamiento arracional, relatividad, cuarta dimensión; ha cambiado totalmente la estructura de las ciencias, de las artes y de la cultura.
-A su vez esto genera confusión, ¿no?
-Sí, mucha confusión. Las épocas de cambios son así. Estamos en el ojo de la tormenta. La transformación empezó a principios de siglo con grandes cambios, no sólo en el psicoanálisis, también la física relativista, la física cuántica, los cambios en la biología, los avances tecnológicos; en la medicina se pasó de los fármacos químicos a los biológicos, el rayo láser... La transformación es enorme y marca un cambio muy importante, sobre todo en la valoración de cómo la emoción influye en el pensamiento. La psicología cognitiva, que empezó centrada en las estructuras de pensamiento, en los 70 comprendió la importancia de lo emocional. Actualmente, hasta en la neurología es fundamental el desarrollo emocional.
-La ciencia históricamente se resistió a esta teoría.
-Siempre se pensó que la emoción podía perturbar el pensamiento. Actualmente se comprende que la emoción tiene que ver con el significado, con la importancia de las cosas de la vida. Lo que nos importa, nos importa siempre por razones emocionales. De algún modo la emoción rige en nuestra vida más allá de lo que a primera vista parece. No sólo tiene que ver con muchas enfermedades del cuerpo sino que también tiene que ver con los valores. Al fin y al cabo, los valores dependen de las cosas a las que uno les da importancia. Los valores no son algo sofisticado que se agrega al pensamiento sino que nacen junto con la importancia de los afectos.
-¿Una de las cosas más complejas es lograr una configuración positiva o sana sobre lo que nos importa en medio de una sociedad que no posee valores unificados?
-Pasa que la ética es una estructura que surge cuando en una sociedad los valores son compartidos. Cuando hablo de crisis de valores no quiere decir que la gente individualmente no se rija por valores. Lo que pasa es que no hay consenso. Muchas veces, una cosa son los valores proclamados cuando uno habla y otra son los valores en los que uno cree, que no son siempre los mismos de los que uno dice. Todo esto está variando de una manera no claramente asumida porque todavía no se llegó a que esto se consolide en una ética compartida. Entonces se da lo que se denomina el relativismo moral.
-¿Podría citar un caso de relativismo moral?
-Por ejemplo, ¿está bien o mal traicionar a un amigo? Una cosa es decir tajantemente que está mal, como se hizo en una época; otra es el relativismo moral, donde se dice: "Hay que ver si es algo de fuerza mayor" o "Depende de la circunstancia". Entonces se empiezan a relativizar los juicios de valor, los cuales están perturbados. Esto explica, en parte, por qué está todo tan caótico.
-Parte de esa ambigüedad y confusión puede verse, por ejemplo, en las polémicas declaraciones de Diego Maradona. Para algunos fueron palabras adecuadas y las festejan mientras que a otros les resultan aberrantes.
-Sí. Además, el uso que se hace de lo que dice una figura pública también puede ser psicopático. Porque con la excusa de que se está hablando de Maradona se dicen un montón de cosas que aparentemente se critica pero al mismo tiempo se publica. Las mismas personas que critican a Maradona después utilizan los mismos términos que le critican a él. Con esto no me pongo ni a favor ni en contra de lo que dice Maradona, sino que quiero mostrar que es un situación compleja y caótica.
-Esta situación caótica, ¿afecta las decisiones personales cotidianas?
-El consenso está desorientado y esto se manifiesta también en las vidas personales porque, cuando una persona empieza con esta relatividad de los valores, ¿la infidelidad está bien o mal? Entonces se dice que se justifica dependiendo de tal o cual cosa. Es una situación muy compleja y que explica por qué razón hay tantas vidas en crisis.
-¿Influye el nivel de educación para sortear esta época?
-La educación cambia algo pero no tanto. El economista Carlo Cipolla escribió sobre la estupidez humana ("Allegro ma non tropo" se llama el libro) y muestra maneras de comportarse en todas las transacciones que hacemos los seres humanos entre nosotros: la del sujeto inescrupuloso que se beneficia perjudicando al otro miembro, la del que se beneficia y beneficia al otro miembro y la del que se perjudica y perjudica a la otra parte, que es lo que denomina estupidez. Señala que si se hace un relevamiento estadístico uno se da cuenta de que en una universidad el grado de estupidez no cambia según la altura intelectual de sus miembros; es decir, el grado es el mismo entre los directivos, los profesores, los alumnos y el personal administrativo.
-¿Cuál es su conclusión? ¿Por qué no depende del desarrollo intelectual?
-Porque depende del desarrollo emocional. Es muy interesante comprender que la madurez y el desarrollo no es sólo intelectual sino también emocional. Un sujeto no es adulto sólo porque piensa mejor sino también porque siente de manera más civilizada.
-¿Por qué cree que sigue habiendo cierta resistencia social sobre lo emocional?
-Forma parte de un conjunto de prejuicios que tienen que ver con la represión de los afectos por múltiples cuestiones. Unos afectos producen otros afectos. A veces, reconocer un afecto genera un afecto incómodo como puede ser la vergüenza. Para nuestras vidas diez años son un montón, pero los cambios se producen en siglos, no en décadas. Que una sociedad aprenda mecanismos de convivencia y evolucione requiere medio siglo.
-¿Qué piensa del concepto de felicidad?
-La felicidad es un dibujo ilusorio que se hace construyendo lo contrario del infortunio. La persona que sufre hambre no se va a olvidar de dibujar la felicidad con mucha comida. El bienestar es mucho más que la felicidad porque es algo que se asimila inmediatamente, se vive, se disfruta en silencio y ni siquiera se tiene del todo consciente.
-¿Existe una tendencia a unificar la ciencia y lo místico?
-Cuando el hombre salió del mundo de la magia para entrar en el de la lógica todo lo que no cabía en la lógica fue a parar a la religión. El conocimiento humano se dividió en la ciencia y en la mística. Ahora se han vuelto a unir para salir, aunque no sabemos bien hacia dónde. Muchos de los físicos más desarrollados se acercan a las teorías orientales y buscan comprender conocimientos importantes que están más allá de las ciencias y pertenecen a la religión. Esto no es casual.
-¿Por qué? ¿Qué piensa al respecto?
-Creo que es una transformación muy interesante que está ocurriendo pero no sabemos cuánto tiempo llevará. No sabemos hacia dónde vamos. Si seguimos bien y no nos pasa nada grave como les pasó a los dinosaurios, vamos a progresar. Si no se resuelve el tema del calentamiento del planeta, no vamos a poder vivir. Hay gente muy importante, como el científico James Lovelock, que explica lo difícil que es salir de los problemas que generan el calentamiento del planeta y otros conflictos.
-A grandes rasgos, ¿qué le parece que busca la gente?
-Creo que en este momento hay una gran apetencia de cosas más sólidas, de encontrar una vida más saludable. Todavía hay demasiada tendencia a que los problemas de uno se los resuelva otro. Es algo muy moderno echarle la culpa a otro de lo que a uno le pasa. Parte de la crisis actual se manifiesta mucho en la búsqueda de soluciones rápidas y fáciles que después no funcionan bien. Hasta los juguetes para los chicos se rompen a los dos días. Todo es rápido.
"Vivimos una época turbulenta"
Luis Chiozza (Buenos Aires, 1930), premio Konex en Psicoanálisis 1996, se graduó como médico en 1955, es director del Centro Weizsaecker de Consulta Médica y del Instituto de Docencia e Investigación de la Fundación que lleva su nombre. "Junto con todos los progresos apareció la comprensión de que el cuerpo enfermo es igual que el alma enferma, no se pueden separar. Nosotros estudiamos principalmente la relación entre las enfermedades y las crisis en la vida de una persona, lo cual está estrechamente relacionado con los valores", asegura el presidente honorario del Instituto di Ricerca Psicosomatica-Psicoanalitica Arminda Aberastury de Perugia, Italia. "Vivimos en una época muy turbulenta a nivel mundial, no cabe duda", señala quien fue miembro titular en función didáctica en la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y titular de la cátedra de Psicofisiología de la Universidad del Salvador de Buenos Aires. Además, Chiozza fue miembro fundador del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática. "El libro ´La inteligencia emocional´, de Daniel Goleman, no ha sido el más profundo pero sí uno de los mejores en términos de divulgación y marcó la valoración de las emociones en el pensamiento", afirma Chiozza, quien ha publicado numerosos trabajos sobre los significados inconscientes de los trastornos orgánicos y sobre la técnica psicoanalítica en Argentina, España, Italia, Brasil y Estados Unidos. Entre sus libros más exitosos se destacan "¿Por qué enfermamos?", "Las cosas de la vida" y "¿Por qué nos equivocamos?". Chiozza estará a cargo de la conferencia de apertura del Congreso nacional sobre "Los significados inconscientes de las enfermedades orgánicas", que se realizará el 13 y el 14 de noviembre en el Sheraton de Buenos Aires.
JUAN IGNACIO PEREYRA
pereyrajuanignacio@gmail.com
rionegro
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"Hay tendencia a que los problemas de uno se los resuelva otro." Entrevista a Luis Chiozza
"La sexualidad es como tomar té o café." Entrevista con Patricia Highsmith

(c) La Vanguardia, Miguel Dalmau y Lali Badosa
Publicada en los años 1990 en el dominical de La Vanguardia.
Patricia Highsmith: Sí, me gustaba mucho Sherlock Holmes. Creo que leí todos sus libros cuando era pequeña. Son libros muy divertidos.
Entrevistadores: ¿Cuál es la pregunta que todavía no le han hecho a Patricia Highsmith?
PH: Bueno… así a quemarropa. No sé. Algo relacionado con mis pies, supongo. Nadie me ha preguntado nunca por mis pies. ¿Sabe qué número calzo? Un 41. No está mal para una mujer.
E: Entonces, ¿cuál cree que es la preguna más adecuada para ganarse la confianza de un ser inquietante como usted?
PH: ¡Dios mío! A partir de ahora una pregunta relacionada con mis pies. Se lo aseguro.
E: Antes de acercarse a la escritora, suponiendo que ello pueda separarse de la mujer, ¿cómo es Patricia Highsmith en la intimidad de su retiro europeo? Descríbanos a grandes rasgos un día en la vida de…
PH: En realidad, no hay el misterio que muchos suponen. Soy una mujer sencilla y solitaria. Escribo unas pocas horas al día. Empiezo alrededor de las once y sigo hasta que me canso. No trabajo nunca de noche. Eso es una leyenda más propia de otros escritores.
E: Todo el mundo le pregunta por sus gatos. Por lo tanto, no vamos a fatigarla. Pero alguien dijo una vez que la máxima prueba de ingenio era precisamente ponerle un nombre adecuado a un gato. ¿Le importaría darnos otra prueba de su ingenio?
PH: Creo que tendré que darles dos, pues tengo dos gatos. Pero si se refieren al gato siamés, se llama Somyan.
E: ¿Por qué un siamés?
PH: Normalmente, es el más humano de los gatos, el más inteligente. En cierto modo, tiene algo de canino; sólo que es más exclusivista. No es fácil que pueda convivir con otro tipo de gatos ni con otros animales.
E: ¿Por eso no tiene usted otros animales domésticos?
PH: Sí, quizá sea por eso.
E: Sin embargo, había criado caracoles.
PH: ¡Ah! ¡Pero fue hace bastante tiempo! Aunque de vez en cuando, preparo un poco de tierra húmeda en un terrario y reúno a una docena de ellos. Una familia de caracoles.
E: En cualquier caso, la afición viene de antiguo. ¿Su primer libro no se llamaba "The Snail Watcher"?
PH: Exactamente no era un libro. Era un relato corto de unas ocho o nueve páginas que daba título a un conjunto de varias historias.
E: Sabemos que además tiene aficiones bastante curiosas.
PH: Cada vez menos; las tenía. Conservo en parte mi hobby por las plantas. Pero ya no construyo mesas, por ejemplo.
E: ¿Cree que el trabajo intelectual necesita de esas horas complementarias, de una ocupación manual que deje el cerebro casi vacío?
PH: Pienso que depende del intelectual. Particularmente, me hacía mucho bien. Aunque no puedo hablar de otros escritores. No estoy segura de poder hablar siquiera de otras personas.
E: ¿Existen animales literarios puros?
PH: Yo no, desde luego.
E: Nos gustaría saber algo de su infancia texana.
PH: No hay mucho que decir. Abandoné Texas a los seis años, y luego residí en Irlanda.
E: ¿Contribuyeron sus padres al nacimiento de su carrera literaria?
PH: Contribuyeron con la sangre, en la medida de la sangre. Pero nada más. En este sentido, nadie guió mis primeros pasos, nadie.
E: De niña, usted tenía una pesadilla terrible…
PH: ¿Una pesadilla?
E: Sí, algo relacionado con el insomnio.
PH: Es verdad. Pero no era una pesadilla, porque me sucedía estando despierta. Era miedo, el miedo a quedarme dormida. Yo pensaba que si me vencía el sueño, dejaría de respirar. Creía que la respiración era un acto consciente, algo que dependía de mi voluntad. Eso fue a los diez años.
E: ¿Marcó esta experiencia su personalidad?
PH: No, en absoluto. Todos los niños conocen sensaciones de este tipo. Es el lado horrible de la infancia.
E: Hay otra historia en los primeros años de Patricia Highsmith, el robo de un libro. ¿No es cierto?
PH: ¡Ah, sí! Yo tenía unos quince años. Era alumna de una escuela donde existía una buena biblioteca. Estaba fascinada por un libro de historia, un tomo ilustrado y grueso, muy caro. Creo que todas las chicas andaban detrás del volumen. Así que se me ocurrió robarlo. Pero no era fácil. Había que esconderlo bajo el abrigo, y cruzar disimuladamente una puerta flanqueada por dos guardianes. Al final, renuncié; pero decidí escribir un relato sobre este episodio. Y, no crea, mi estilo sencillo ya estaba allí.
E: Esto nos sugiere la siguiente pregunta. La vocación de Agatha Christie, por ejemplo, nació una noche en que fue sorprendida en su dormitorio por un ladrón. Quizá sea una leyenda, pero Agatha se asustó tanto que decidió crear un detective como el inspector Poirot. En cambio, usted planea un robo ya desde el primer relato. ¿Es ése el origen de su aportación a la literatura, el estar de parte del ladrón?
PH: No, de ninguna manera. yo nunca estuve ni he estado de parte del ladrón.
E: Pero no negará que en el caso de Ripley usted resalta el lado fascinante del asesino…
PH: De acuerdo. Pero Ripley es la excepción. Mi excepción.
E: Cuéntenos un poco cómo nació su gran personje. Fue durante un viaje por Estados Unidos, ¿no?
PH: A medias. En realidad, Ripley nació en Italia. Lo que sucede es que no supe escribir sobre él entonces. Al volver a América, todo aquello fue tomando cuerpo. Un día, viajando desde Nueva Inglaterra a Nuevo México, Ripley se me presentó de forma casi palpable. En menos de seis meses, el libro estaba concluido.
E: Parece como si el propio Ripley le hubiera dictado el primer volumen de la serie…
PH: No, no.
E: Lo dictó usted.
PH: Sí, es más correcto.
E: Sigamos. Existe un notable parecido entre Los embajadores, de Henry James, y A pleno sol. De hecho, el encargo es el mismo: alguien de mediana edad y privilegiada posición envía a un sujeto para que rescate al hijo que se está "perdiendo" en Europa. Pero así como Lambert Strether sucumbe al hechizo europero durante buena parte de la historia, su Ripley va más allá, pasa de fascinado a fascinador, o mejor dicho, a participar en un juego de fascinaciones junto a Dickie, el hombre a quien tenía que "rescatar". ¿Cree que Ripley mata a Dickie antes de contaminarse por Europa, o porque ya ha sido contaminado por ella?
PH: ¿Contaminarse?
E: Sí, infectar; aunque no me gusta la palabra.
PH: Bien, la relación de Ripley con Europa es muy particular. Se aburre. Luego, siente envidia. Le vence un sentimiento ambivalente hacia Dickie. Efectivamente, el argumento coincide con Los embajadores en este punto, en la naturaleza del encargo, en la evolución del emisario.
E: En otra ocasión, si le parece, me encantaría hablar de James con usted, pero no vamos a abandonarlo del todo. En su libro Suspense se refiere a menudo a autores que se consideran tradicionalmente alejados del género: Flaubert, Balzac y otros grandes maestros. Detrás de las mejores novelas, detrás de Madame Bovary o un ciclo como La comedia humana, ¿hay en el fondo un gran libro de suspense?
PH: Ante todo, debo decirle que el concepto "suspense" es un término comercial, algo vinculado a las editoriales o notas de divulgación. No puedo imaginarlo como un estilo, pero sí como una actitud, o mejor aún, cierta tensión interna, cierto juego que otorga a cada libro un sabor específico. Ese sabor, desde luego, es común a las grandes novelas al margen de su argumento.
E: Entre el primer Ripley, en buena parte inocente, y el último… ¿qué clase de evolución sufre el personaje? ¿Cómo ha ido cambiando a lo largo de la saga?
PH: Pienso que se ha hecho un caballero.
E: ¿Un caballero? ¿Lo dice en un sentido europeo?
PH: Sí, un caballero a la manera europea.
E: ¿No sufre también un desencanto? ¿Un desencanto consigo mismo?
PH: No, no lo creo. A su modo, Ripley es un triunfador; quiero decir que triunfa en un tipo de empresas donde la mayoría de hombres fracasaría. Esto es algo que conocen bien algunos asesinos.
E: ¿La evolución de Ripley refleja su propia evolución frente al continente europeo? ¿El cambio de actitud suyo hacia Europa?
PH: No, no hay puntos en común.
E: Sin embargo, y volviendo a James, existe una pérdida de inocencia cuando un alma –digamos pura– entra en contacto con la decadencia europea. De hecho, Ripley sólo siente remordimientos tras su primer crimen.
PH: Sí, es verdad. La única sensación de culpa en Ripley está relacionada con Dickie Greenleaf. Pero tiene su lógica. Son dos hombres jóvenes que, en algún sentido, son amigos. Si uno mata al otro, lo normal es que aparezcan esa clase de sentimientos.
E: ¿Piensa que después del primer crimen, el asesino pierde su último reflejo moral?
PH: Bueno, yo no sería tan categórica; pero lo que está claro es que algo se rompe, algo cambia irremediablemente.
E: Quiero decir que si el resto de crímenes son más fáciles de cometer…
PH: Por supuesto. Después del primero, los otros pueden perpetrarse con más facilidad.
E: ¿Qué es lo que le atrae de las relaciones entre hombres? Ripley y Dickie, Bruno y Guy, Ripley y Murchison, etc. No es difícil ver en ellas algo de "homo sin sexualidad". Hay algo latente que no acaba de…
PH: Escuche, esto de la sexualidad me hace bastante gracia. No pienso que tenga nada que ver con las historias de Ripley, especialmente la primera. La sexualidad es como tomar té o café, ya me entiende. Si uno está casado, tendrá una vida sexual más o menos normal; si tiene una amante, le sucederá lo mismo en otro terreno. No sé. Me resulta difícil hablar de todo esto. Creo que en el caso de Ripley, las cosas ocurren en otra parte. Podríamos decir que lo importante sucede en un plano vertical.
E: Si Ripley fuera una mujer… ¿necesitaría entonces del plano horizontal? ¿Acabarían sus relaciones en una homosexualidad activa, en el lesbianismo?
PH: Extraña pregunta. La verdad es que no lo he pensado nunca. Será cuestión de empezar a imaginarme a Ripley como mujer. Sí, será divertido; pero a condición de que usted se imagine a Goethe también como una mujer.
E: Hablando de mujeres, ¿es capaz la mente femenina de cometer un crimen a sangre fría? ¿O se lo impide su mayor respeto por la vidas?
PH: El crimen es algo demasiado concreto. No es una cuestión de sensibilidad global. Las mujeres que cometen crímenes los cometen con la misma frialdad y facilidad que el peor hombre. Ahora mismo, recuerdo una serie de crímenes que asolaron Inglaterra a mediados de los sesenta. Parece increíble. Eran crímenes de jóvenes madres de familia, personas que mataban a sus hijos en un país desarrollado. Fue algo escalofriante. Algo que yo no hubiera concebido jamás para ninguno de mis libros. De modo que no creo que sea una cuestión de respeto. A veces pienso que las mujeres tienen menos respeto por la vida. Y sobre todo, menos fuerza. Algunas no cometen asesinatos sólo por una cuestón de fuerza, de brazos.
E: Sin embargo, en sus libros de Ripley la mujer tiene un papel muy distinto a todo esto. Pienso en Heloïse, su esposa, un tipo de mujer muy convencional. ¿Su modelo de mujer es como Heloïse?
PH: No, mi modelo no. Pero, en geneal, casi todas las mujeres son como Heloïse. Eso es lo que pienso.
E: En tal caso, no carecen de fundamento las acusaciones de misoginia que pesan sobre usted. Además, escribió un libro de cuentos misóginos.
PH: Sí, lo hice porque me apetecía. Quería reflejar ciertos tics, las manías de nuestro sexo, las debilidades. Pero no me hubiera atrevido jamás a introducirlas en El amigo americano, por ejemplo. De hecho, la mujer no me inspira tanto como el hombre para mis historias. Hay otra dirección, otra acción. No sé. Creo que la charla se está volviendo tortuosa, tenebrosa.
E: No lo dudo. Usted es una experta en la materia. (El entrevistador le entrega un cuestionario en español para que lo responda.)
PH: ¿El humor moderno? Me parece fantástico. Sí, algo grande.
E: Perdone, yo no hablaba del humor moderno, sino del hombre moderno.
PH: ¡Oh! ¿Por qué ha tenido que estropearlo todo?
E: Bueno, hable de lo que quiera.
PH: No, no puedo. No puedo responder a todas estas preguntas con una sola palabra. Ya sé que es un test de asociación, pero no es fácil.
PH: Escoja una cualquiera.
PH: Imposible. Todas son importantes. Necesitaría mucho tiempo para hablar de ellas.
E: Bien, yo escogeré la más fácil. Háblenos de la pena de murte.
PH: ¿Usted cree que es la más fácil? Supongamos que sí. Yo soy totalmente contraria a la pena de muerte. Es aberrante. P,or lo demás, hay matices. Un crimen pasional no suele repetirlo la misma persona, pero sí el crimen del psicópata. No puede haber el mismo castigo en ambos casos.
E: ¿Cree usted que existe algún crimen justificable?
PH: Bueno, tampoco he querido decir eso. No, no creo que haya ningún crimen justificable. Ni por amor, ni por celos ni por nada.
E: ¿Qué relación hay entre los crímenes de Ripley, los famosos crímenes de sus libros, y los de El extranjero o Las cavas del Vaticano?
PH: Nada, ninguna. Yo no entiendo esa clase de crímenes. Pertenecen a un periodo concreto, algo lejano. Hay algo dadá en todo este asunto. No entiendo sus móviles, su falta de móviles.
E: Quizá el móvil sea menos sórdido, menos trivial. Quizá sea más existencialista. Detrás de cada crimen gratuito palpita un corazón existencialista.
PH: Puede ser. Pero no me interesa. No comprendo los asesinatos al estilo de El extranjero: ese libro de Camus, creo.
E: Sí, me temo que es de Camus.
PH: No, no me interesa.
E: Entonces, ¿en su opinión no es posible el "neco, ergo Sum"?
PH: ¿Cómo?
E: "Mato, luego existo", si me lo permite.
PH: No, para mí no. El crimen no es una forma de saborear la vida, como usted está sugiriendo. No, no es una forma de paladear la vida que se va.
E: Pero si alguien provoca una muerte, conoce la medida de la vida…
PH: De acuerdo, pero eso no tiene nada que ver conmigo.
E: Está claro que su gente mata por otros motivos.
PH: Sí.
E: ¿Podemos decir que asesinan por una erótica del crimen? ¿Por una energía del tipo sexual decantada hacia el mal y la destrucción?
PH: Tampoco me convence. Quizá no sea tan complicado. Quizá sólo maten por dinero o cosas así.
E: El hecho de hacer agradable a un criminal… ¿no es un mecanismo de antiangustia, una forma de ahuyentar los propios fantasmas?
PH: No, en absoluto. Yo nunca tuve instintos asesinos. No necesito exorcismos.
E: Quizá usted no, pero a lo mejor es una forma sutil de decirnos que nadie está a salvo, que todos podemos cometer un asesinato.
PH: Eso desde luego. Todos podemos cometer un crimen en un momento determinado.
E: ¿Por qué cree que sus compatriotas los cometen con esa cara engañosa y ambigua, con esa sonrisa de los retratos de Diane Arbus?
PH: No sé de quién me habla.
E: Sí. La fotógrafa de Vogue o Harper´s Bazaar. Algunos creen que fue la mejor retratista americana de los sesenta.
PH: ¿Mató al alguien?
E: ¡Oh, no! Se suicidó.
PH: Bueno, me figuro que fue una decisión bien estudiada. Tendría que ver esas fotos de las que me habla.
E: Una última pregunta: ¿cuál es el último mandamiento que nos queda?
PH: Imposible, yo no puedo saber eso. Creo que además no quiero saber eso. Me voy. jpnalells
"El problema consiste en tener inspiración y ganas de hacer cosas." Entrevista a Eric Rohmer
por Carlos F. Heredero
Noviembre 2004
A sus 84 años, el director de los «Cuentos Morales», las «Comedias y Proverbios» y los «Cuentos de las Cuatro Estaciones» ha emprendido lo que parece configurarse como una nueva serie, dedicada a lo que el llama «Tragedias de la historia».
«Triple Agente» (2004) es el segundo fruto de este programa, inaugurado en 2001, con «La Inglesa y el Duque». Nos acercamos hasta el despacho parisino de la «Compagnie Eric Rohmer» para conversar con Jean Marie Maurice Schérer, y alli nos recibe un juvenil octogenario que se presenta como un «dandy» diletante. Su deportivo Lacoste y su coqueto pañuelo anudado al cuello anuncian la plena y activa vivacidad de su reflexión intelectual, al mismo tiempo que contrastan con la ya visible fragilidad física de su cuerpo. Con toda disponibilidad, nos ofrece algunas jugosas reflexiones sobre el conjunto de su obra y sobre las motivaciones que bullen bajo la sugerente «Triple Agente», de la que puede leerse una critica en el numero 336 (julio-agosto, 2004) de «Dirigido por».
-Para empezar, cuéntenos de dónde proviene el seudónimo de Eric Rohmer, puesto que su verdadero nombre es Jean-Marie Maurice Schérer...
-En el cine son habituales estos cambios de nombre. El de Eric Rohmer, en concreto, es un anagrama de Maurice Schérer. Yo era profesor de literatura en mi juventud y tenía bastantes alumnos. Soy de una familia de la provincia de Alsacia, de mentalidad tradicional, a la que no le gustaba que abandonara mi oficio de profesor, así que, para escribir de cine y para moverme en este mundo, me sentía más libre con el seudónimo, que a la vez me parecía más bonito y más armonioso.
-Usted ha cumplido ya ochenta y cuatro años y sigue trabajando con una constancia y una fertilidad que son prácticamente excepcionales en el cine contemporáneo. ¿A qué atribuye esta fructífera continuidad...?
-La constancia es una cosa, pero se necesita también la fuerza física para poder continuar, porque no siempre me resulta fácil. La mayoría de mis películas con tema contemporáneo me han exigido mucha energía física. En La rodilla de Clara estaba siempre subiendo por las montañas, y rodar en las calles de París resulta también muy cansado. Estas dos últimas películas, por el contrario, al estar hechas con un equipo más numeroso, en estudio de rodaje y con más medios, me han fatigado menos. El problema consiste en tener inspiración y ganas de hacer cosas.
-Pero usted no ha dejado de inventar nuevas historias y su imaginación se mantiene con envidiable fertilidad...
-Hay algunos escritores muy prolijos, pero yo no soy de ese tipo. Estoy en la categoría de los que hacen un número de obras más restringido. Hablo de escritores, porque yo escribo mis propias historias, y resulta más difícil escribir cada vez una historia distinta que realizar películas sobre obras ya existentes o en colaboración con otro guionista. Si quisiera adaptar libros tendría mayores posibilidades y no sería tan arduo, pero contar una historia que no se parezca a las demás, y que aporte algo realmente novedoso, es más difícil.
-Así que piensa continuar al mismo ritmo...
-Tengo algunas ideas más, pero tampoco son infinitas. De momento, no he dicho todavía mi última palabra, aunque creo que tampoco estoy muy lejos de ello. Hablando sinceramente, no creo que pueda seguir rodando hasta la edad de mi colega portugués, Manoel de Oliveira, que es un verdadero fenómeno. Por otro lado, él trabaja con varios colaboradores, y a veces se inspira en novelas, pero a mí me gusta trabajar solo, y por eso me resuta más difícil.
-En un libro que escribió sobre Mozart y Beethoven, y a propósito de una sonata, decía «la diversidad nace de una voluntad inicial de unidad» y que «la riqueza expresiva es fruto del despojamiento». Estos son atributos que también se pueden predicar de su filmografía, ordenada en series unitarias de gran diversidad interior y de una admirable ecología expresiva...
- Allí hablaba de Mozart. En lo que a mí atañe, es cierto que busco la unidad y la variedad. Dada la unidad de los distintos conjuntos, necesito una diversidad de motivos. Si parto de un tema común, por ejemplo, quiero que los paisajes sean diferentes. Esto es sumamente importante para mí. Ingmar Bergman muestra paisajes bastante parecidos en la mayoría de sus obras, pero, al mismo tiempo, tiene más variedad en sus historias. Yo cuento historias que se parecen más entre ellas, pero que suceden en ámbitos distintos. En esto me acerco a la influencia de Balzac, que contaba historias similares, pero situadas en entornos completamente distintos: burgueses, campesinos, nobles, parisinos, gente de la provincia. Con Triple agente retomo algunos temas y ciertos tipos de personajes que me interesan, pero cambio radicalmente de época, y así combino unidad y variedad.
-Las historias de todas sus películas transcurren siempre en presente, lo que se mantiene incluso en sus films de tema histórico. No existen los «flashbacks» y nunca se muestra el pretérito. Parece como si pensara, al igual que José Luis Borau en España, que la lengua del cine sólo se puede conjugar en presente...
-Este es un debate que el cine vivió en los años sesenta, en la época de Resnais y Robbe-Grillet, con películas como El año pasado en Marienbad , donde había una mezcla del presente con el pasado. Yo estaba en contra. Creo que la imagen cinematográfica debe estar siempre en presente y que no se puede confundir una imagen real con una imagen virtual que sólo existe en la mente. No se pueden confundir imaginación y percepción. La imagen del cine es el presente, porque la cámara no puede examinar los detalles que uno no ve. Desde el punto de vista filosófico, soy contrario a la expresión del pasado en el cine. Me interesa mucho más tratar de visualizar lo invisible a través de lo visible que tratar en vano de visualizar lo invisible. El pasado no se puede ver y, para mí, tampoco se puede filmar.
- La meteorología es muy importante para la historia y la dramaturgia de sus películas. Ha llegado a decir, incluso, que si no consultara al hombre del tiempo, no podría rodar. ¿A qué se debe esta particular obsesión...?
-Necesito filmar cosas que sean de verdad y no me gusta lo falso. No me gusta la lluvia artificial, por ejemplo, así que yo mismo acostumbro a hacer mis propias previsiones. En La rodilla de Clara hay unos planos con lluvia real, porque la lluvia trucada no me parece natural y, además, impide que los actores se puedan mover con naturalidad. Prefiero una lluvia más fina y, sobre todo, real. En La Boulangère de Monceau la lluvia apareció durante el rodaje y decidí utilizarla dentro de la historia. Por eso el personaje dice que la lluvia le obligó a refugiarse en el portal. En Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle , una de las chicas pregunta a los campesinos si iba a llover, ellos le contestan que no, pero finalmente (como yo preveía) empezó a llover y me interesó mucho rodar esa escena en condiciones reales. Continuar leyendo en Revistas Culturales
"El amor de tu vida", entrevista a Enriqueta Olivari

Tu libro es una guía para amarse a uno mismo. ¿Podrías describir en qué consiste esto?
Amarse a uno mismo es, ante todo, aceptación incondicional y completa de todos nuestros aspectos.
Tenemos que empezar amando a nuestro cuerpo tal cual es, sin forzarlo a ajustarse a un modelo que nos han impuesto. Amarlo, cuidarlo y respetarlo por dentro y por fuera, incondicionalmente.
Lo siguiente es aceptar y saber expresar adecuadamente todas nuestras emociones, pues cada una de ellas cumple una función positiva, si sabemos cuál es y cómo hacerlo. De lo contrario, nos deprimimos, sentimos ansiedad o caemos enfermos. Por eso la expresión adecuada de lo que sentimos es fundamental para llevar una vida sana y plena de vitalidad.
También hay que aprender a usar nuestra mente, para que podamos utilizarla a nuestro favor, y no en nuestra contra. La mente es una herramienta magnífica, si sabemos cómo sacarle provecho.
Y también es importante conocernos y amarnos a nivel del alma, para crecer espiritualmente y tener vidas realmente significativas.
En mi libro le dedico un capítulo a cada uno de estos aspectos, para que el Amor a uno mismo sea profundo y pleno.
¿Por qué sufrimos por amor?
Porque buscamos y esperamos que los demás nos den el Amor que en realidad ya llevamos dentro. Esto crea relaciones de dependencia y apego, que inevitablemente nos conducen al sufrimiento.
Pero si uno se ama a sí mismo, podrá compartir Amor, y en ese compartir hay libertad, respeto, y un profundo crecimiento. Entonces si tenemos con quien compartirlo, lo disfrutamos y lo agradecemos. Pero si no hay nadie, seguimos de todos modos felices con nosotros mismos, pues ya sabemos que el Amor no depende de nadie más, sino que es nuestra condición natural, es nuestro estado de ser.
¿Qué diferencia hay entre amarse a uno mismo y ser egoísta?
La persona egoísta no se ama, no se acepta, en realidad se odia y se castiga. Por eso sólo puede tomar de los demás, pues no tiene Amor para dar. No ama a los demás, pero tampoco se ama a sí misma.
Pero si uno se ama a sí mismo, dar, ayudar, compartir es algo habitual, algo que fluye sin esfuerzo. Uno tiene reservas ilimitadas de Amor, pues está en contacto con la fuente, que yace dentro de uno mismo.
¿Cómo se puede superar el sentimiento de soledad?
Primero hay que aceptarla, pues es nuestra condición intrínseca. Meditar ayuda mucho a hacer las paces con este hecho. Y en esos momentos de soledad podemos desarrollar nuestra creatividad, hacer aquello que nos gusta y nos realiza, dedicarnos a aprender cosas nuevas, y vivirla como una luna de miel con uno mismo. Tenemos que llenar ese vacío con Amor hacia uno mismo. Entonces uno ya no se siente solo, pues disfruta de la propia compañía.
En mi libro doy una gran variedad de sugerencias y herramientas para que el estar con uno mismo sea una fuente de placer, paz y alegría.
¿El amor es algo que se aprende?
Absolutamente. Todos nacemos con la capacidad de amar, pero no nos han enseñado a desarrollarla y vivirla de un modo sano, sino todo lo contrario. Nos han inculcado una serie de creencias que nos llevan al dolor, a la dependencia y la carencia afectiva, y por ende a relaciones enfermizas. Por eso es necesario reeducarnos y descubrir nuevas maneras de amarnos y amar a los demás. En realidad es un arte, y como tal hay que aprenderlo y practicarlo a diario.
¿Por qué crees que amarnos a nosotros mismos es tan importante?
Por varias razones. La principal es que el Amor es la mayor fuerza que existe en todo el Universo. Sin estar en contacto con él, la vida es opaca, carente de significado, de color y brillo. Sin este Amor hacia nosotros mismos, la vida se puede tornar una pesadilla, pues nos sentimos miserables, carentes, estresados y vacíos. Desconectados.
También es importante pues sólo amándonos a nosotros mismos podemos manifestar relaciones sanas, armoniosas y que nos aporten plenitud y crecimiento. De lo contrario, crearemos relaciones destructivas.
Y en estos momentos de grandes crisis y cambios planetarios que todos atravesamos, la mayor lección, y el mayor reto, es sentir y vibrar Amor, en lugar de miedo. Y para poder hacerlo, debemos encontrar la fuente del Amor dentro de nosotros mismos, para luego, como los rayos del sol, poder irradiarlo en todas las direcciones, a todas las personas, en todas las situaciones que nos presente la vida.
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«La creatividad se ha agotado, no sé hacia dónde vamos», entrevista a Elena Poniatowska

La escritora mexicana ha obtenido el Premio Biblioteca Breve con «Leonora», novela que relata la vida de la pintora surrealista Leonora Carrington
INÉS MARTÍN RODRIGO / MADRID
Las vidas de Leonora Carrington (Lancashire, 1917) y Elena Poniatowska (París, 1932) están marcadas por la profunda huella del exilio. Carrington nació en el seno de una acomodada familia británica, pero su rebeldía y genialidad la llevó a alejarse de un destino prefabricado y a refugiarse en los brazos del arte. Vivió los más bellos y convulsos años surrealistas en París junto a Max Ernst, se rebeló contra el fascismo imperante en Europa, se recostó en el lecho de la locura con obligatoria parada en España, Nueva York ejerció de bálsamo artístico frente a las heridas y, finalmente, logró asentarse en México, donde vive en la actualidad. Poniatowska, por su parte, nació en la capital francesa como la hija del heredero de la corona polaca, pero la Segunda Guerra Mundial estalló y con ella los planes de su familia, que emigró a México, patria de su madre. Leonora y Elena se conocieron en la década de los 50. «Platicaron» hasta la extenuación y forjaron una amistad que se ha ido cimentando con los años en la solidez del mutuo respeto y la admiración. De esa admiración surge «Leonora», el «homenaje» que la escritora mexicana ha querido regalar a Carrington y que ha sido merecedor del último Premio Biblioteca Breve de Seix Barral.
- ¿Por qué ha novelado la vida de Leonora Carrington y no ha escrito directamente una biografía?
- Porque me resulta muy difícil escribir pies de página, decir de dónde saqué tal o cuál información… y porque la propia Leonora escribió mucho sobre su vida. A lo largo de 50 años tuvimos tiempo de platicar, pero muchas de las cosas que ella dice ya estaban escritas, reconocidas. Si uno la lee con cuidado la encuentra a cada rato en sus cuentos. Buscaba dar una imagen de ella que quizás no se conoce tanto, más allá de las críticas que existen sobre su pintura.
- ¿Qué fue lo que más le atrajo de un personaje como Leonora Carrington?
- Me atrajo mucho que fuera tan distinta a los demás, tan atrevida, que saliera de sí misma y creyera tanto en sí misma, cuando a las mujeres les cuesta mucho trabajo creer en ellas y hacer lo que quieren. Dicen que va a iniciarse el siglo de las mujeres, el tiempo de las mujeres, y yo creo que sí, que es cierto, que las mujeres ya están interviniendo en todas partes. Leonora Carrington es sin duda un referente de lo que está por llegar.
- ¿Cuándo tuvo la oportunidad de conocerla y en qué momento decidió que iba a novelar su vida?
- La conocí en los años 50 y desde entonces escribí entrevistas, ensayos y crónicas sobre ella. Solo en los últimos años decidí escribir una novela porque ella me contaba cosas que yo retenía porque me impactaban. No las escribía delante de ella ni grabé jamás, porque a ella le hubiera molestado mucho, ya que odia las grabadoras. El objetivo de la novela no era sacarle algo morboso, sino rendir tributo a su inteligencia. Es un regalo, un homenaje que yo le hago.
- ¿Qué sacó Elena Poniatowska de sus conversaciones con Leonora Carrington?
- La certeza de que si alguien defiende lo que tiene adentro, su tesoro, sale adelante. Claro que lo que Leonora tiene adentro es muy especial, es único, pero ella lo defendió como gato panza arriba. Se rebeló contra su padre, querían que se casara con un noble, que llevara una vida convencional… y ella se lanzó al precipicio. Fue extraordinariamente valiente y leal a su vocación. También me conmueve mucho su lucha contra el fascismo, hasta el punto de que llegó a pedirle entrevistas a Franco para que parara la guerra. Me conmueve igualmente que protegiera tanto a los judíos, a los que estuvieron en campos de concentración y a los que después emigraron a México. Y luego es una gran humanista, adora los animales, se manifiesta siempre a favor de la causa de las mujeres, es feminista.
- ¿Cómo acabó internada en un manicomio en Santander?
- Escapa de París y llega a Madrid. Primero se aloja en hoteles modestos y después, cuando descubren que su padre es un importante empresario británico, la alojan en el Ritz. Allí empieza a perder la razón, o a hacer actos que para nosotros los normales no son producto de la racionalidad. Pero nadie sabe lo que está pasando por su cabeza y es posible que esa persona a la que llaman loca sea mucho más rebelde y esté mucho más dispuesta a hacer cosas extraordinarias. Pero ella no habla mucho de esa época, no le gusta. En este momento de su vida, a punto de cumplir 94 años, sin duda se pregunta cómo será su muerte, cómo va a ser ese paso, qué es lo que va a suceder. A veces dice: «Me voy a evaporar». Piensa que está cerca de la muerte y tiene miedo… como todos.
- ¿Qué papel desempeñó Peggy Guggenheim en la vida de Leonora?
- Leonora siempre dijo que Peggy fue muy noble con ella, pese a que le tenía muchísimos celos. Ella era la proveedora, la benefactora de Max Ernst, pero no era la amada y Peggy se dio cuenta. Ernst la usó para escapar de Europa, pero nunca se enamoró de Peggy porque amaba a Leonora.
- ¿Qué valoración personal haría de su arte?
- Es el mundo celta, de la magia, de los duendes, de los personajes que salen de debajo de la tierra y te protegen, el mundo de los seres más débiles y al mismo tiempo más fuertes. Su mundo es un mundo muy alado, muy movedizo, ligado a «Alicia en el País de las Maravillas». Su arte es muy distinto al de Frida Kahlo. Frida pintaba su intimidad, es realista, se pintó a sí misma en distintas circunstancias, pero Leonora, salvo el primer autorretrato con la hiena, no se retrata.
- ¿Cree que en la actualidad sería posible encontrar a personajes de la talla personal y artística de Leonora Carrington, Max Ernst, Paul Éluard…?
- No. Los grandes personajes o las grandes personalidades han disminuido… quién sabe por qué. Hay gente como Madonna o Lady Gaga, pero se limitan a la escena y los gestos corporales, no sé cuáles son sus ideas acerca de nada. De Madonna sé que le interesa la pintura, que compra muchos cuadros de Frida Kahlo, pero no sé qué compra Lady Gaga salvo biquinis. Siento que la creatividad se ha agotado, se ha ido adelgazando muchísimo y no sé hacia donde vamos, no sé quién va a renovar todo esto.
- ¿Qué opinión le merece la actual literatura hispanoamericana?
- Aún es muy rica y vital. Se ha separado un poco del realismo mágico de García Márquez y hay escritores muy buenos. En España me encanta Elvira Lindo, Rosa Montero… pero, sin duda, la escritora española que más me gusta es Mercé Rodoreda. «La plaza del diamante» es casi mi libro de cabecera porque se ve toda la guerra en España sin una batalla, sin un balazo y, sin embargo, ves la guerra.
- ¿Qué ha supuesto para usted ganar este Premio Biblioteca Breve en un año tan especial para Seix Barral como es el de su centenario?
- Sientes que es la flor que te tienden con la mano al final de mucho trabajo. He trabajado mucho a lo largo de toda mi vida, mi vida que ya se acaba, ya viví todo lo que tenía que vivir y es como esperarme al final del camino con una flor.
Fuente: ABC.es
" El mío es un país con una mentalidad muy infantil y una historia muy joven." Entrevista a Rafael Spregelburd

Publicación 22 de enero de 2011 / Revista ALIAS, semanal cultural del diario il Manifesto (Italia) / Especial sobre el Teatro Argentino
Por Fabio Bozzato y Guillermo Jorge Alfonso (2010) -
Rafael Spregelburd es mordaz con su país y es terrible con Europa, cegada por estereotipos y estrabismo.
Cuarenta años, es considerado uno de los más brillantes autores y directores de teatro de Argentina, y entre los mejores emergentes en la escena internacional. El 26 y 27 de septiembre estuvo en Roma, en la segunda edición de Quirino Revolución, en el homónimo teatro dirigido por Gleijeses Geppy. Allí presentó dos obras, creadas como coproducciones entre teatros y artistas de diferentes ciudades. "Todo" obra producida por el Teatro Schaubühne de Berlín, es una especie de anatomía de la ideología. "Buenos Aires" se creó en Cardiff. Es la historia de un galés que desesperado se encuentra en la Capital argentina. Aquí se queda donde una extraña familia: una agente inmobiliaria fraudulenta, un profesor de física desempleado que quiere proponer a la NASA una patente sobre el agua y una joven que se escapó de la casa donde dejó a su hijo. Lo que se crea es una delgada atmósfera suspendida entre la crueldad y el engaño.
En "Buenos Aires" elaboraste con gran ternura y amargura el perfil de la idiosincrasia argentina.
El mío es un país con una mentalidad muy infantil y una historia muy joven. Admira y envidia la historia de Europa, aunque sea una cadena de hechos terribles. Argentina se ha creído ser un país europeo fuera de Europa. Pero por supuesto no lo es. Se trata de una nostalgia por algo que nunca fuimos. No vemos lo que somos, preferimos pensar que esto estaba destinado a ser un gran país y que jamás logró serlo. En nuestra Constitución se dice que este es el país de los argentinos y de todos los que quieren venir a vivir aquí. Es uno de los pocos en el mundo que acepta los inmigrantes sin muchos problemas. Uno puede vivir aquí sin documentos y rápidamente hay la posibilidad de obtener la nacionalidad. La fuerza de la migración que en Europa se ha convertido en una pesadilla, para la Argentina es su propia naturaleza.
¿Europa sigue siendo tan importante en la imaginación argentina?
Absolutamente, sí. Buenos Aires fue construido como una imitación ridícula de una ciudad europea, una mezcla de Viena, París y otras cosas improbables. No tenemos rastros de antes de los colonizadores, como si no hubiera habido resistencia cultural. Y si pienso en mi historia familiar, descubro que los acontecimientos de las guerras europeas del siglo XX han repercutido más que la guerra del Chaco con el Paraguay, a pesar de que es la historia nacional.
Tu familia tiene raíces alemanas.
Sí, mi abuelo llegó aquí durante la Primera Guerra Mundial y murió cuando mi padre tenía 12 años. Lo dejó en un orfanato con un hermano menor. Ellos no hablaban alemán y esa cultura nunca la conocieron. Yo comencé a estudiar alemán ya adulto, porque estaba trabajando en Alemania. Fue así que encontré los orígenes de mi familia. El hecho es que el apellido fue mal transcrito y copiado mal, y nadie sabía explicar. Mi abuela, su esposa, era rumana. Por el lado de mi madre, sin embargo son italianos y gallegos. Pero aquí es normal. Aquí nadie te pregunta: ¿De dónde es tu familia?. Todos sabemos de llegar de algún lado lejano del mundo. Me gusta pensar que la gente aquí tiene padres y abuelos que han dejado a Europa con la intención de no volver jamás.
Pero también hay un "lugar latinoamericano" en la imaginación argentina?
Esta es otra gran pregunta que nos hacemos y siempre tiene que ver con Europa. Porque el concepto de "Latinoamérica" es un lugar proyectado por Europa con sus imágenes de nobles salvajes, el indio, el otro. Pero eso es una falsificación. Latinoamérica tiene hoy una identidad compleja y no es lo que Europa inventa sobre nosotros. Para mí, la identidad latinoamericana es mestizaje. Mi cultura es híbrida, puedo juntar cosas que en otros lugares sería imposible mezclar. Nuestra cultura es permeable a cualquier cosa. Esta es nuestra verdadera identidad. En mi trabajo puede influir un texto mexicano, como un australiano. No hay pudor en eso, porque no tengo el peso de la tradición, de la tarantella en la espalda. La identidad no es un problema nuestro, es una pesadilla europea. Los europeos observan nuestro mestizaje y suponen que es algo de post-moderno. Pero es ridículo hablar de la post-modernidad en países que no han conocido ni siquiera la modernidad.
Utilizas mucho el registro del ridículo para contar una historia contemporánea.
Mira, lo que para los europeos es grotesco o realismo mágico, para nosotros puede ser realismo puro. Es una cuestión de puntos de vista. Yo, por ejemplo, no creo que la vida es una línea trágica que corre hacia la muerte. Al contrario, creo que el destino del hombre es simplemente ridículo. La tragedia como modelo y estructura de la historia, contiene siempre un elemento moral: el hombre/personaje se atormenta de sus propias incapacidades o sus errores. Es la idea de que las cosas viajan en una sola dirección: el Juicio Final, la batalla entre ángeles y demonios, el triunfo del bien. Esta narrativa judeo-cristiana, me parece una fantasía loca y un poco hollywoodiense. ¿Este es el único modelo del mundo? Espero que no. Hay otras experiencias humanas sensibles. Obvio que exagero. Pero hablo de un código profundo de la cultura europea, que necesitaría una crítica igualmente fuerte. Se puede pensar que las cosas puedan viajar en muchas direcciones, que las historias no son lineales.
En la obra "Buenos Aires" hay una comedia que avanza en una dirección, y una tragedia que avanza a otra.
Justo la tragedia está representa por un hombre europeo, del cual no sabemos nada...
Porque es una tragedia privada, no social. No es comunicable. Cuando él lo explica ya es demasiado tarde, todo el tiempo se mantuvo latente. Para él Buenos Aires no es un lugar para venir a construir un futuro, es un lugar donde morir. Intenté amplificar la angustia de lo provisorio de la vida en torno a esta extraña familia que se sienta a la mesa para comer spaghetti y vive de las libras del bolsillo del europeo. La palabra clave es: “ahora”.
"Mañana" no existe, acá no lo conocemos. Porque la idea de “futuro” nos la robaron. O quizás también esta, es una categoría europea del tiempo…
Entonces, ¿Cómo definirías tu teatro?
El mío es un teatro radicalmente híbrido. Creo en la idea de entropía. Las fuerzas del cosmos no son regidas por causa y efecto, sino simplemente se producen y dispersan. Me gustan las obras teatrales de dispersión, que se abren, que se abren todo el tiempo, como algunas melodías, sin resolver. Y terminan. Simplemente en algún momento, así. En Europa, mucha gente me pregunta: ¿Qué quiere representar? Nada, es sólo un cuento. astronautaescenico.blogspot.com
"Cómo los ricos destruyen el planeta." Entrevista a Hervé Kempf

Artículo publicado en la web del diario “La Nación“, sobre el último libro de Hervé Kempf:
Cuando Hervé Kempf publicó en Francia el año pasado Cómo los ricos destruyen el planeta , estaba lejos de imaginar la actualidad que adquiriría su alegato en defensa de la ecología. En 12 meses, el recalentamiento del planeta acentuó sequías, inundaciones y turbulencias climáticas.
Se multiplicó el precio del petróleo y de los alimentos, lo que provocó manifestaciones planetarias contra el hambre y la desigualdad social. Después de hacer oídos sordos a esas amenazas durante mucho tiempo, los gobiernos empezaron a reconocer que, en efecto, no le queda mucho tiempo al mundo para encontrar una solución si no quiere sumergirse en el caos. En 2007, Kempf había dicho: “Nos quedan diez años”. “El hombre alcanzó los límites de la biosfera. Vivimos un momento histórico. Nos encontramos realmente en un callejón sin salida”, dijo a adn CULTURA.
Periodista del diario francés Le Monde , especialista en temas ecológicos desde hace más de 20 años, Kempf analiza con cifras y argumentos precisos las razones de esa urgencia. En su libro, que acaba de ser publicado en la Argentina por Libros del Zorzal, denuncia el papel de los ricos en ese proceso de destrucción: “Son ellos quienes crean los modelos que imita el resto del planeta”, afirma. A su juicio, la necesidad de consumo material se transmite de los opulentos hacia abajo hasta llegar a los más pobres de los países más miserables. Kempf no pretende privar a los pobres de la posibilidad de desarrollarse. Para él, es imprescindible regresar a la noción de “bien común”. “Es una cuestión de sentido común. Es necesario regresar a la sobriedad”, dice este parisino afable, de 51 años, que se desplaza en bicicleta y cuyos cinco hijos viven felices en el corazón de la quinta potencia del mundo sin teléfono celular ni televisión.
- Cuando publicó su libro, la ecología estaba lejos de tener la importancia que alcanzó ahora. ¿Usted esperaba esa aceleración brutal de la crisis?
- Sí. Yo sabía que era inminente. Pero lo que más me sorprendió fue la toma de conciencia del aspecto social de la cuestión ecológica que se ha producido. En Francia, la gente, en particular la de izquierda, terminó por entender que la ecología no es una preocupación de burgueses, sino que realmente forma parte de la política; que ya no se puede interpretar el mundo sin la ecología. Por su parte, los ecologistas han comprendido que es imposible pensar la ecología sin tener en cuenta las desigualdades sociales. Es evidente que el encuentro entre la ecología y lo social se está haciendo en forma muy clara.
- ¿Por qué se produce esa conjunción?
- Por la realidad. La gente ve que la crisis no está en el futuro, sino en el presente. El aumento de los precios del petróleo, la crisis alimentaria. Desde la canícula de 2003 en Francia, que provocó 15.000 muertos (cerca de 70.000 en Europa), el continente pasa sin cesar de sequías a inundaciones. China soportó este año las peores tempestades de nieve de los últimos 50 años. En cada lugar del planeta ha ocurrido alguna catástrofe climática. Y lo mismo sucede con las desigualdades sociales. Desde hace tres o cuatro años cada vez hay más manifestaciones de protesta. La gente se está dando cuenta de hasta qué punto el desarrollo del capitalismo en los últimos 30 años se hizo profundizando las desigualdades. No lo sabían. Yo terminé por verlo hace tres o cuatro años. En Francia la gente supo hace poco que los presidentes de las 40 mayores empresas cotizadas en la bolsa se aumentaron sus ingresos en más de 50%, cuando el salario promedio del país no aumentó en el mismo período.
- Usted dice en su libro que los ricos tienen que volver a la mesura. Que “la solución es detener el crecimiento material”. ¿No es un delirio?
- ¿Qué es un delirio? Hay hipermillonarios que quieren comprarse cohetes para ir al espacio y yates de 110 metros de largo. ¿Son ellos los que deliran o deliramos los que decimos: “Hay una crisis ecológica tan profunda que habría que limitar la presión de la sociedad humana sobre el medio ambiente y reducir el consumo”? . Si queremos hacer avanzar las cosas debemos articular la cuestión ecológica a la restructuración de la relación de poder, de la acumulación de riquezas. Yo no digo que los ricos o los empresarios deben desaparecer. Por el contrario, creo que tienen un papel muy importante que desempeñar. Pero hay estudios que muestran que en los años 70 los ejecutivos ganaban 30 veces más que sus empleados. Ahora hemos superado la proporción de 120 por uno. No se trata de denunciar. Pero es necesario decir que hay que volver a una relación social más humana y normal.
- ¿Y eso cómo puede hacerse?
- Políticamente, redescubriendo el bien común.
- Usted es un optimista sin límites.
- No. Después de ese libro di varias conferencias en Francia y me doy cuenta de que hay mucha gente que tiene necesidad de descubrir la política, de cambiar las cosas, de imaginar otro mundo en el cual podrían participar. La gente normal conoce la realidad, mucho más que los hiperricos o los oligarcas, como yo los llamo. Hay dos fenómenos simultáneos. El primero son esos individuos que discuten, proyectan y hacen cosas para ir en una dirección diferente de aquellos que buscan el enriquecimiento desenfrenado o la acumulación de bienes. El segundo es que la gente quiere hacer política. La gente recupera ese bien común. En los años 60 el concepto de bien común estaba -por lo menos en Francia- mucho más presente que ahora. Cuando yo era niño todos los adultos hablaban de política, fueran comunistas o gaullistas . Estos últimos 30 años consiguieron convencernos de que la política no sirve para nada, de que todos los políticos son corruptos. En Francia, la izquierda tiene mucha responsabilidad en esto. En ese proceso hemos perdido la idea del bien común. Ahora, cada individuo piensa que uno es lo que tiene. Si uno tiene un hermoso Mercedes es porque ha trabajado muy bien y se merece un auto mejor que el de los otros.
- En esa crítica durísima que hace de los hiperricos dice que no tienen proyecto de sociedad.
- Efectivamente. No lo tienen. En los años 60, las elites mundiales, sobre todo en Estados Unidos, tenían un proyecto que era el de defender el mundo libre del comunismo soviético. Y tenían razón. La clase dirigente (que entonces llamábamos burguesía) tenía como objetivo no sólo hacer mucho dinero, sino defender Occidente y sus valores. Desde el derrumbe de la Unión Soviética, la clase dominante no tiene proyecto. Lo único que defiende es el crecimiento, la acumulación de bienes y, sobre todo, la preservación de la relación de fuerzas establecidas desde el poder. Cuando uno lee sus libros o sus revistas, es imposible encontrar alguna visión de futuro. Y, si existe, es una visión apocalíptica, que imagina que los más ricos terminarán aislados, protegidos por muros y milicias privadas, frente a las amenazas desencadenas por la crisis ecológica y social. Tenemos una clase dirigente que ha dejado de tener legitimidad. Porque ¿qué confiere legitimidad al poder? La capacidad de proponer a una sociedad una forma de pensar el futuro. No tenemos eso. Lo único que les interesa es acumular para ellos.
- ¿Y la clase política?
- La clase política está al servicio de ese gran capital. Los ejemplos de Berlusconi, Sarkozy y George Bush son claros: Bush es el amigo de todos los hipermillonarios estadounidenses; Sarkozy, el de todas las grandes fortunas francesas, y Berlusconi es un multimillonario que posee infinitas empresas. Actualmente tenemos una clase política que está totalmente engarzada en esa oligarquía económica y que comparte sus valores.
- Usted afirma que, además de carecer de proyecto político, son ignorantes y que, incluso, tratan de llevar el planeta al cataclismo.
- Por lo menos una parte de ellos tiene la tentación de ir hacia el límite aceptable. Mire la forma en que se comportó la presidencia de George Bush, que fue una de las más catastróficas de la historia de Estados Unidos.
- Es verdad que, en Irak, los intereses económicos parecen haber eclipsado cualquier otra consideración.
- Tres señales muestran que una parte de la clase dirigente está dispuesta a todo para mantener su preeminencia frente a las crecientes tensiones sociales y ecológicas que se manifiestan. Primero, la guerra en Irak, que desestabilizó a Medio Oriente y que fue desencadenada gracias a mentiras vergonzosas. En segundo lugar, el hecho de que el número de prisioneros en Estados Unidos aumenta en forma regular desde que Bill Clinton dejó de ser presidente. Hoy, Estados Unidos es el país que encarcela la mayor cantidad de gente en el planeta. Por último, la actitud de la administración Bush cuando se produjo el huracán Katrina en Nueva Orleans: la respuesta fue enviar militares no para ayudar a la gente, sino para encarcelar a aquellos que robaban porque no tenían nada para comer. En Europa, donde generalmente somos mucho más respetuosos de las libertades públicas, hay una multiplicación de las cámaras de videovigilancia, de ficheros informáticos de todo tipo, en nuestros países también aumenta el número de gente encarcelada Esto revela que la oligarquía tiene una propensión a recurrir cada vez más a instrumentos de represión con el objetivo de mantener la estructura social actual.
- Entre paréntesis, ¿por qué utiliza en su libro el término “oligarquía”?
- Porque no soy marxista. No hago un análisis clasista, tipo proletariado por un lado y burguesía por el otro. Creo que la actitud individual es fundamental en esto. Todos los miembros de la oligarquía no son fatalmente depredadores, no todos se comportan como la mayoría de los millonarios. Incluso cuento mucho con la ayuda de una parte de la oligarquía. Con la gente que tiene medios, no necesariamente los hipermillonarios: los abogados, los periodistas, los jefes intermedios de empresa, los altos funcionarios Toda esa gente puede evolucionar para rescatar el bien común. Tengo la esperanza de que los jóvenes que pertenecen a ese sector o se incorporan a él entiendan que el objetivo en la vida no es el de acumular, sino el de ser útil a la sociedad y a la comunidad planetaria.
- ¿Cómo imagina un mundo sin crecimiento?
- No estoy en contra del crecimiento, sino a favor de la reducción del consumo material. Imagino un mundo donde no habría más evasión fiscal de los más ricos. Esa evasión significa varios miles de millones de dólares que están depositados en Liechtenstein, en las islas Caimán, en Guernesey o en otros sitios. Europa tiene una responsabilidad enorme y podría comenzar a hacer un esfuerzo en ese sentido. Se podría recuperar una gran parte de la riqueza colectiva que, por el momento, es robada por esos hiperricos y que volvería a la sociedad. No pretendo la igualdad perfecta, no creo en eso, pero se terminaría todo ese consumo desenfrenado de gastos inútiles; sería el fin de ese modelo cultural de superconsumo que empuja a la gente normal a imitar esas conductas (tener una 4×4, una pantalla extraplana de TV o el último modelo de cualquier cosa). Imagino un mundo donde la parte ahorrada del hiperconsumo serviría para financiar actividades sociales que toda comunidad necesita. En Francia necesitamos educación, salud pública. El mundo necesita otra agricultura, más ecológica, que produzca más y emplee más gente; necesita eficacia energética, con menos derroche; otra política de transporte. Imagino un mundo donde seguiríamos creciendo, pero donde ya no existiría el crecimiento material. Hay que instaurar una actividad económica centrada en la necesidad de la gente, orientada hacia los lazos sociales y el intercambio. Por fin, teniendo en cuenta que soy ciudadano de una gran potencia, quizás estas naciones ricas deberían ser más generosas y utilizar parte de esa enorme riqueza para ayudar a esos países que, por el momento, hemos explotado descaradamente.
- ¿Cómo se les pide a los países emergentes como China o India que dejen de consumir?
- Yo no puedo hacerlo. Por eso me dirijo, sobre todo, a los grandes países del Norte que son los más ricos y los principales contaminadores. Además, son ellos los que definen el modelo cultural que se ha impuesto en el planeta a través de la mundialización. Las clases medias indias tienen ganas de consumir más, de tener autos más potentes, porque miran en la TV cómo viven los estadounidenses y los europeos. Con los rusos sucede lo mismo. Lo que pido a europeos y norteamericanos es que cambien el modelo. En todo caso, China, India o Brasil se están dando cuenta rápidamente de la amplitud de la crisis ecológica. Y ven que en sus países también hay fenómenos de desigualdad, que serán cada vez más insoportables a medida que la crisis se agrave. En esos países hay conflictos sociales que se organizan en torno al control de los elementos esenciales a la supervivencia (agua, propiedad de la tierra). Las contradicciones que hemos descrito a escala mundial, se están manifestando también a nivel nacional en el sur. El crecimiento en esos países no durará mucho tiempo. El crecimiento actual de China y de India (entre el 9 y 10%) no durará mucho. Es demasiado violento, tanto desde el punto de vista ecológico como social. También allí se producirán profundos movimientos de transformación. Sin embargo, a ellos les será menos difícil ir hacia un modelo de sociedad que consuma poco materialmente. Los habitantes de los países ricos padeceremos más ese proceso, porque hemos perdido la costumbre de la sobriedad.
Por Luisa Corradini
Fuente: ADN Cultura Vía: Ecosistema Urbano
Javier Marías entrevista a Umberto Eco

WINSTON MANRIQUE SABOGAL 22/01/2011 El País Babelia
Dialogo politeísta
Tan pronto se ven, Umberto Eco se apresura hacia Javier Marías que sorprendido ve cómo el escritor italiano se inclina ante él en una reverencia teatral, diciéndole: "Majestad"; a lo que Marías, saliendo de su sorpresa y con una media sonrisa, contesta casi en susurro: "Duque". Y empiezan a reír mientras se abrazan. Dos años antes, Marías, como rey literario de Redonda, había nombrado a Eco Duque de la Isla del Día de Antes.
Es la una y media del lunes 13 de diciembre de 2010. Están en el restaurante Balzac de Madrid en el primer diálogo que sostienen para un medio de comunicación, invitados para este número 1.000 de Babelia, y que harán en italiano como una cortesía de Marías con el profesor Eco. Cuando se sientan alrededor de la mesa redonda donde almorzarán, el semiólogo italiano (Alessandria, 1932) se queja de dolor de garganta y cuenta el trajín en que anda por la promoción de su último libro, El cementerio de Praga (Lumen), y el narrador y académico español (Madrid, 1951) desvela que acaba de terminar una novela que saldrá en primavera: Los enamoramientos (Alfaguara). Es el preludio de una conversación que se extenderá durante dos horas y terminará con ellos paseando y posando para el fotógrafo en un punto de encuentro simbólico de lo que aún no saben que van a decir.
JAVIER MARÍAS. Hace poco escribí en una de mis columnas de El País Semanal, a propósito de su última novela, tan criticada por L'Osservatore Romano, que pensaba que se había superado aquello de que en las artes las obras tuvieran que tener un carácter moral o edificante. Un hallazgo por parte de esa crítica, aunque para ellos era negativo, es que decía algo parecido a que su novela era un voyeurismo amoral.
UMBERTO ECO. ¡Es que esto es la novela, eso es una novela!
J. Marías. Justamente una novela es lo contrario de un juicio.
U. Eco. Deja abierta la puerta a las contradicciones.
J. Marías. Aunque hay novelistas que todavía se sienten como jueces, es una cosa extraña. Eso del voyeurismo amoral está muy bien visto. Porque una novela, a menudo, es así, el novelista no tiene que juzgar, tiene que mostrar, a veces explica lo que ha sucedido, cómo se ha llegado a este punto, pero eso no quiere decir que se justifique o que se ensalce el tema o presuma.
U. Eco. Luego está el lector que tiene la tendencia, o la mala fe, de atribuir al autor lo que piensa el personaje.
J. Marías. ¿No es preocupante en el sentido de que es volver a cierto primitivismo?
U. Eco. Usted escribe novelas, el 20% las leen de forma correcta, el resto equivocada.
J. Marías. Esto ha vuelto con fuerza. Yo escribo con un narrador en primera persona desde hace 20 años, y se tiende a confundir al narrador con el autor, con el yo.
U. Eco. Cuando publiqué El nombre de la rosa me escribió un lector preguntando por qué afirmaba que la felicidad consiste en tener lo que se tiene. ¡Yo nunca he dicho eso, es una tontería! Fue un personaje.
J. Marías. Esa idea de que las novelas deben tener un mensaje o dignificar algo es un primitivismo raro que ha vuelto.
U. Eco. Es una idea católico-marxista.
J. Marías. Pero el marxismo no...
U. Eco. El realismo socialista quería que las novelas tuvieran un mensaje y hablaran de los problemas del pueblo... Mi respuesta es que una novela tiene un mensaje, pero hay que trabajar mucho para comprenderlo, requiere esfuerzo, no te lo da el autor.
J. Marías. Un mensaje que se podría buscar fuera del libro.
U. Eco. O muchos. La Odisea tiene múltiples mensajes.
J. Marías. En cierto sentido surge por la promoción de los libros. No sé usted, pero yo a veces al escribir una novela me encuentro con que tengo una idea vaga sobre qué es esta novela, aparte de la historia misma, y algunos aspectos que no son claros para mí. Pero una vez terminada la entiendo un poco mejor. Entonces llega la promoción, las entrevistas, donde se espera que el autor diga: "Lo que he querido decir es esto". Y uno se ve obligado a afirmar algo o defender una idea que luego es tergiversada. Si no hubiera entrevistas y cierta necesidad de banalizar, de encontrar un eslogan...
U. Eco. Yo intento humillar a los que hacen estas preguntas, desafiar, hacer que se sientan algo estúpidos. Cuando me preguntan: "¿Con qué personaje se identifica?", contesto: "¡Con los ad-ver-bios!". Se quedan estupefactos. Es verdad, los escritores nos identificamos con los adverbios.
J. Marías. Pero para hacer esto hay que ser usted.
U. Eco. ¡No, no!, hay que ser bastante malos
...Y, en cambio, nadie habla del estilo de la novela, de la construcción. La gente lee lo que dices y no le interesa la manera en que lo dices.
J. Marías. La palabra estilo desapareció del vocabulario, ni los críticos la usan.
U. Eco. Es la manera de formar, de hacer.
J. Marías. Y sin duda hay autores que reconocemos. (...) Otro aspecto de los idiomas es cómo están desapareciendo cosas normales y se construyen mal las frases. Se está reduciendo el vocabulario.
U. Eco. Sí, sí.
J. Marías. Recuerdo que mi madre, cuando yo era adolescente, si me preguntaba o pedía algo, y yo respondía de cualquier manera, me decía: "Por favor, no seáis tacaños con la lengua". Hoy la gente es algo tacaña.
U. Eco. Ocurre también con la escritura
... Luego está esa discusión sobre la literatura tradicional y experimental. Se trata de una diferencia un poco como derecha-izquierda, que en política ya no tiene sentido. La izquierda es el único partido conservador, porque quiere conservar la Constitución, el Parlamento. Así que la vanguardia y la literatura tradicional es una distinción que nació con la llegada del arte pop y de la posmodernidad, hacia mediados de los sesenta, cuando ya en la novela comercial se empezaba a usar el monólogo interior, que antes era un escándalo joyceano. Los narradores suramericanos, García Márquez, etcétera, redescubrieron la historia que había estado prohibida, pero se descubrió de forma más irónica. Hay una serie de barreras tradicionales. Recuerdo en Italia, en tiempos del grupo del 63, del que ya no hay un rostro emblemático, cuando un músico de vanguardia, Berio, escribió un ensayo sobre el rock, y otro músico de vanguardia, hablando de los Beatles, dijo: "Trabajan para nosotros"; y yo contesté: "¡Pero tú también trabajas para ellos!". Ya entonces había mezclas. Así que no diferenciaría tan claramente lo tradicional de lo experimental. Hay autores que se reconocen de forma inmediata, pero siempre los ha habido, el problema no es ése. En las obras comprometidas no hay una literatura experimental pura.
J. Marías. Lo que se llama experimental envejece cada vez más fácilmente, o se convierte en algo tradicional, o se incorpora a los usos normales. Hay una flexibilidad mayor. Siempre ha habido una enorme capacidad para hacer esto; aunque antes había un poco más de resistencia. Hoy no. Hoy normalmente todo se incorpora, todo se vuelve viejo, antiguo. El presente se convierte en pasado cada vez más rápido. Incluso en el momento en que un libro ya está disponible, parece que ya es pasado.
U. Eco. Algunas cosas resisten el paso del tiempo. Por fortuna existe este mecanismo, de lo contrario no permanecería nada, ni Sófocles, ni Eurípides...
...Y las palabras de Eco y Marías se entrecruzan animadas por el mundo clásico, hasta que dan un salto de 2.500 años para volver al umbral de esta era del ciberespacio cercada de incertidumbres y quejas por una supuesta incultura en plena revolución del aprendizaje y la comunicación de saberes y relaciones personales y emocionales. Entre bocado y bocado, sus palabras van a empezar a señalar lo mejor y más terrible de ese presente y sus consecuencias.
U. Eco. Internet es la vuelta de Gutenberg. Si McLuhan estuviera vivo tendría que cambiar sus teorías. Con Internet es una civilización alfabética. Escribirán mal, leerán deprisa, pero si no saben el abecedario se quedan fuera. Los padres de hoy veían la televisión, no leían, pero sus hijos tienen que leer en Internet, y rápidamente. Es un fenómeno nuevo.
J. Marías. Esto sería una ventaja.
U. Eco. Es el aspecto positivo.
J. Marías. Pero lo que decíamos sobre el lenguaje, de la generalización del uso del ordenador...
U. Eco. Ése es otro problema, no tiene nada que ver. No creo que el lenguaje se empobrezca, ¡cambia! El inglés es un lenguaje sintácticamente muy pobre en comparación con el francés, el italiano o el español; pero puede decir cosas maravillosas. Por lo tanto, se simplifica, pero puede decir muchas cosas. Las lenguas funcionan.
J. Marías. A veces tengo la sensación de que el exhibicionismo general es omnipresente en estas formas de comunicación. En Internet, por ejemplo, si pones una cámara puedes ver una habitación a todas horas; hay personas que tienen contacto entre sí para ver cómo duermen o preparan la comida, lo que no sería un espectáculo... A veces tengo la sensación de que esto guarda cierta relación con la pérdida progresiva de esa antigua idea, que ha acompañado a los hombres durante siglos, de que Dios lo veía todo, de que Dios los observaba a todos y que absolutamente NADA escapaba a su mirada y escrutinio. De alguna manera, esa idea, que aún tienen algunos de los que leen L'Osservatore, era algo terrible, pero que también consolaba, al haber un espectador que conocía nuestra vida. Aunque fuera la persona menos importante del mundo, había alguien...
U. Eco. ¡Un señor que pagaba una entrada para verte y luego juzgarte!
J. Marías. Te castigaba o premiaba. Al menos existías para alguien. Y esta creencia, obviamente, hablando en términos generales, se ha perdido. Creo que una parte de la población, de forma inconsciente, tiene nostalgia de esa idea. Había una enorme necesidad de ser contemplado, de ser observado.
U. Eco. Hoy van a la televisión o Internet.
J. Marías. Sí... Responde a esa nostalgia vieja de la idea de Dios.
U. Eco. Interesante. Si no, no se explica cómo tienen esta necesidad tremenda de dejarse ver, hasta cuando hacen caca. Y yo digo: ¿por qué?
... ¡Es el aspecto más terrible e importante de la civilización en la cual vivimos! En Italia han sido asesinadas unas jóvenes, y cada noche hay programas de televisión que hablan de ello, ¡es vergonzoso!, porque se hace espectáculo de estas muchachas. Y el único consuelo por haber perdido a tu hija es salir en la televisión.
J. Marías. Ha hablado de consolación. Hay un elemento crematístico, evidentemente. Una ventaja para ellos porque al menos obtienen dinero y audiencia
U. Eco. ¿Pero por qué necesitan la audiencia y explotan incluso la muerte de su hermana y van a la televisión para que les veamos? Volvemos a la tesis de Javier Marías.
J. Marías. Lo que es extraño es que, también, se quiera mostrar la pena. Había cosas que tradicionalmente no se enseñaban.
U. Eco. Hay gente que va a la televisión a decir: "Tengo cáncer. No me voy a callar. Voy a la televisión para que me conozcáis, para que sepáis que existo y ayudo a otros". Ésa es la justificación.
J. Marías. La gente dice ahora, en lugar de "quiero contarte", "quiero compartirte esta experiencia", o "quiero compartir contigo esta experiencia", en lugar de "quiero contarte". Se busca involucrar a otros.
U. Eco. Una frase que ya no se usa es: "A Dios pongo por testigo de", al menos él sabe que yo soy así. Ahora es "pongo a la televisión por testigo, la comunidad". Hay una comedia italiana donde el nombre es una propiedad privada, no debes difundirlo. Y está el dicho de que los trapos sucios se lavan en familia. Antes la privacidad, el mantenerlo todo oculto, era fundamental. Hoy es todo lo contrario. Y cosas peores. No sé el porqué de esa necesidad de que nos vean o de vampirizar vidas ajenas. La explicación sobre la nostalgia de Dios es la más lógica.
J. Marías. Hay un elemento que también tiene que ver con todo esto: son las filtraciones de Wikileaks. Hay algo extraño y divertido
... Normalmente se nos prohíbe saber cosas, sobre todo si son de personas poderosas o con responsabilidades, y verlas ridiculizadas, el rey desnudo, o si meten la pata, eso se entiende. Lo que no entiendo es que después de este pequeño fenómeno haya gente que pida la transparencia: "Basta. Tenemos que saberlo todo. Tenemos que saber qué hacen los servicios secretos, los diplomáticos, lo que piensan". Pero ¡cuidado!, la hipocresía, la doblez, forma parte de la educación; es más, de la civilización. Si hubiera una transparencia general habría muchos más homicidios. Todos hablamos mal de vez en cuando de todos, cuando no están presentes, y también de las personas que amamos. Siempre hay objeciones. Probablemente si estas personas a las que queremos supieran cuáles son nuestras objeciones se olvidarían de todo lo positivo que pensamos de ellas y se obsesionarían con esa pequeña objeción que han conocido y que no habrían debido saber, y sería un desastre.
U. Eco. Las medidas diplomáticas están en la base de la convivencia civil.
J. Marías. Es una cuestión de civilización, es un logro.
U. Eco. Yo no digo: "No voy a cenar contigo porque eres aburrido". Digo: "No voy porque tengo un compromiso".
J. Marías. Entonces, pedir la transparencia general es también algo que iría en contra de los intereses de todos. Porque si todo fuera así se despediría más fácilmente a la gente. Tenemos esa tendencia, este desahogo. Es normal que haya personas que intenten saber lo que no se debe saber, pero también es normal que otras intenten evitar que las cosas se sepan. Lo ridículo es la pretensión de ciertas personas de que los que tienen el deber de evitar que las cosas se sepan renuncien a ese deber. Lo que no se puede es pedir la rendición total de los demás. Y con Wikileaks estoy sorprendido de que no se hubieran dicho cosas más brutales o que no intuyéramos. Son diplomáticos contenidos, educados. Me parece divertido... Es extraña esta pretensión, no entiendo estas ganas por saber todo.
U. Eco. Sí, sí. Y con esta ruptura del pacto de hipocresía, que es un pacto social fundamental ("estoy encantado de conocerle", no estoy encantado, pero hay que decirlo) hemos entrado en una nueva era virtual de la información donde todo es más vulnerable y frágil. Al final tendremos que encontrar otros modos de confidencialidad. ¿Cuáles serán? No lo sabemos. Con Internet ya no es posible ninguna censura. Mire a Julian Assange, es para tirarlo al retrete, o a la basura, pero lo que ha hecho lo han sabido todos. Alguien dijo una vez que si hubiese existido Internet el Holocausto no habría sido posible, porque nadie podría haber dicho: "No lo sabía". En China no han aceptado el Premio Nobel de la Paz pero en China lo han sabido muchos. Lo que se está perfilando, y ya lo escribí años atrás, es un nuevo 1984 con la clase dirigente que tiene acceso a Internet y los proletarios que no tienen acceso, que ven la televisión. ¿Hacia qué futuro nos dirigimos? ¿Habrá más proletarios o más clase informatizada? Porque si un ordenador costara diez euros, quizá mil doscientos millones de chinos lo tendrían, y entonces serían menos los proletarios que los informatizados. Y la censura ya no podría funcionar. Pero si se mantiene una proporción como la actual será todo lo contrario, se puede seguir censurando.
J. Marías. Si se rompe la baraja y se extiende la transparencia, probablemente los ciudadanos tienen siempre las de perder ante la posibilidad de intrusión en sus vidas por parte de los Gobiernos, ya que es mucho mayor que al revés. Es el peligro que veo en esa legitimación de que se sepa todo...
U. Eco. Hay gente que lee Internet y no tanto los periódicos, pero quienes usan el ordenador no son por fuerza los más informados, porque si no leen los periódicos no están lo suficientemente informados. Así que los problemas de censura y libertad son difíciles de definir hoy, no son tan sencillos como antes.
J. Marías. Yo recuerdo una cosa que mi padre decía, y que escribió en un artículo, sobre que el hombre contemporáneo corría el riesgo de convertirse en un primitivo lleno de información. Y lo es en cierto sentido. Tal vez no se equivocaba. Y lo decía antes de la existencia, probablemente, de Internet. Hay un exceso de información que quizás impide saber. Ya no hay un filtro, no hay un criterio. Se da importancia a cosas que no tienen ninguna y al contrario. Luego la abundancia, que es un problema porque con el exceso de algo no hay tiempo para ocuparse de ello. Yo aún consulto la enciclopedia.
U. Eco. Yo pertenezco al grupo de los que ve muy cómodo encontrar el dato en el ordenador, soy un estudioso de profesión y no me fío de la primera información. Pero para una persona normal es una dificultad utilizar Internet de forma adecuada. Siempre digo que la televisión ha sido un bien para los pobres, en mi país ayudó a enseñar la lengua italiana, y ha perjudicado a los ricos, no de dinero sino de estudios; y con Internet ocurre lo contrario. Lo preocupante es cómo se enseña a la gente el filtro...
J. Marías. A la gente no le interesa filtrar o saber si son ciertas o no algunas cosas. Es una tendencia...
...Y los dos autores siguen explorando los desafíos, riesgos, temores y dudas agazapadas en la Red, hasta que llega el café y la conversación deriva hacia otro tema que involucra a los dos mundos que son uno, tierra y ciberespacio, y que viene de siempre y va para siempre: el duelo, la pugna, entre la belleza y la fealdad. Con Internet añadiendo más confusión. Es la era del politeísmo estético y de la industria de la fealdad y de las ideas. A una media hora de que el encuentro acabe, Eco y Marías están a punto de descubrirse a sí mismos diciendo que se ven como un anacronismo.
U. Eco. En el último capítulo de mis ensayos sobre la belleza y la fealdad, referido al mundo contemporáneo, hablo del politeísmo de la belleza, de las distintas épocas en las que había diferentes modelos. Hoy valen todos esos modelos, y los medios de comunicación han contribuido a difundir diferentes modelos de mal gusto. Ahí entra la iluminación en Navidad, que ha cubierto los monumentos con unas luces feísimas. Se ha cubierto todo de bombillitas y a la gente le gusta. Ya no hay criterios para distinguir. Por lo tanto, la belleza y la fealdad se convierten sólo en hechos de clase: la belleza para los ricos y la belleza para los pobres. ¿Pero es cierto que antes no era así?, me pregunto. Sabemos que en la antigua Roma había una comedia de Terencio, y en el anfiteatro una lucha de osos, pues algunos abandonaban el teatro y la comedia de Terencio y se iban a ver la lucha de osos. Los intelectuales lamentaban que la gente hubiera abandonado a Terencio para ir a ver a los osos. Y mientras Miguel Ángel hacía la cúpula de San Pedro había espectáculos callejeros que eran modelos de mal gusto, probablemente. Por eso no puedo ser tan severo con ese politeísmo de la belleza y la fealdad, porque tal vez creemos que en alguna época haya habido modelos fijos: la belleza del Renacimiento, del Barroco, son los modelos que se salvaron, pero había infinitos otros que se destruyeron. La pregunta es: ¿por qué se salvaron esos en concreto? Ahí vuelvo a un viejo argumento: en la Poética de Aristóteles se citan numerosas tragedias de las que no sabemos nada, se han perdido. ¿Por qué ésas se han perdido y han sobrevivido las de Sófocles, Esquilo o Eurípides? Hay dos respuestas: porque eran mejores o porque tenían recomendación de otros. Los demás no tenían apoyos. Quizá fueran mejores que ellos, pero no tenían padrinos, así que lo que nosotros identificamos con el gusto clásico de la antigua Grecia, ¿es lo que predominaba entonces o es sólo lo que ha sobrevivido? Y quién sabe, quizá dentro de dos mil años nuestro periodo va a aparecer con el único modelo de belleza o de fealdad que haya sobrevivido; quizás la televisión basura, quién sabe si se identificará con la culminación del arte de nuestro siglo, como ceremonias báquicas.
J. Marías. Tal vez hubo un momento en que la fealdad que el profesor Eco ha estudiado tan bien existía en el arte, pero era algo excepcional. Recuerdo, por ejemplo, la única vez que estuve en Sicilia, en Palermo, y fui a Bagheria; quería ver esas figuras grotescas de la villa Palagonia que habían mencionado Byron, Goethe y gente así que en su tiempo habían viajado expresamente para ver esto, algo horroroso. Figuras grotescas en el jardín de un noble. Esto parecía una excepción que incluso personas como Byron y Goethe iban a ver, como excepción. Lo que no existía hasta hace poco es lo que podríamos llamar una industria de la fealdad. Ahora hay una fealdad industrial totalmente deliberada, como mercado. El valor que podía tener la fealdad de rebeldía, transgresión o de desafío se ha perdido y, en este sentido, ¿qué quedará dentro de dos mil años? No lo sabemos, tal vez algo de este tipo, o tal vez otra cosa. Sobre aquellos que el profesor llama ricos, aunque yo soy un poco proletario, lo cierto es que personalmente creo que me estoy convirtiendo en un anacronismo. Yo mismo soy un anacronismo. No sé si usted también tiene esta sensación.
U. Eco. Esto es siempre un proceso normal de la vejez. Pero no sólo por la edad, sino como usted decía, la gente en lugar de leer a Proust está viendo la televisión, está viendo a Pippo Baudo. Yo, que utilizo el subjuntivo bien, me estoy convirtiendo en un anacronismo...
...Ríen, hacen bromas... La puerta se abre y aparece el fotógrafo. Son las tres y media pasadas. Unas primeras fotos dentro del Balzac. Luego toman cada uno su abrigo, Eco el negro, con su sombrero de paño a juego y su bastón, y Marías el azul marino, y salen a la calle al encuentro de un silencio de amanecer. Guiados por el fotógrafo, caminan calle y media bajo un visillo de nubes grises, sin saber que van estar en un punto de encuentro simbólico de algunos de los temas de los que acaban de hablar: el paseo y jardines fronterizos que unen la iglesia de Los Jerónimos, cerrada por obras, y la ampliación del Museo del Prado. Charlan, posan
... Duque y Rey se despiden. Umberto Eco se marcha en coche a continuar su periplo a cuenta de su polémico El cementerio de Praga; y Javier Marías baja las escaleras que conducen hacia la Puerta de Goya del Prado rumbo a afinar Los enamoramientos.
Javier Marías (Madrid, 1951, académico) publicará la novela Los enamoramientos esta primavera en Alfaguara. Umberto Eco (Alessandria, Turín, 1932, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2000) publicó en diciembre El cementerio de Praga (Lumen)
"La ópera al aire libre puede ser un espectáculo divertido." Entrevista a Alfredo Kraus

10 Septiembre 09 Canarias 7
(Hoy hace 10 año que Alfredo Kraus nos dejó. Como homenaje dejo aquí la larga entrevista que nos concedió a Tato Gonçalves y a mi en 1996 para el suplemento dominical de Canarias7)
Cuarenta años llenando con su voz los mejores escenarios del planeta son un récord que apenas cuenta para el cantante, aunque aparece en sus palabras una brizna de legítimo orgullo cuando le pregunto por esos cuarenta años de permanencia en la cima del arte.
-Cuarenta años son muchos años para una voz, para un cantante; las voces suelen durar menos, pero es cierto que cuarenta años pesan, porque el artista empieza a cantar, se va afirmando, teniendo éxito, haciéndose famoso, y esto es lo que va pesando cada vez más, porque el público siempre pretende de ti lo mejor, incluso más, y uno es consciente de que esto que reclama el público hay que dárselo. Entonces, la responsabilidad siempre es mayor, porque a medida que pasa el tiempo te exiges más a ti mismo, y el éxito que puedas tener ante un público que cada vez te pide más es un éxito que te tiene siempre en la duda y en la preocupación.
-Ya es tierra batida la dedicación y el cuidado que usted ejerce sobre la técnica y valiéndose de ella, pero es evidente que también ha sabido abandonar a tiempo algunos papeles.-Sí, sobre todo algunos de los que hice al principio de mi carrera, porque no eran determinantes en mi proyección hacia el público; entonces fui eligiendo los que yo veía que se recibían mejor, que tenían más impacto en el público.
-Pero los hay, y no los más fáciles, que permanecen como siempre: el Duca, el Alfredo de "La Traviatta"...
-Y Rigoletto, el Werther, Lucía, todos estos.
-En sus inicios, usted recibió el espaldarazo de María Callas, en aquella memorable representación en el teatro San Carlos de Lisboa. Sabemos que La Callas fue inconmensurable, pero después tal vez ha habido cantantes tan buenas como ella.
-Tan buenas, no sé, pero una soprano con el carisma de María Callas yo no la he visto todavía.
-¿Es cierto entonces que con María Callas nos encontramos ante la mejor voz femenina del siglo?
-Yo tampoco diría que la mejor voz, porque puede que haya voces mejores, pero una soprano tan completa en el sentido amplio de lo que pueda ser una artista, con gran presencia escénica y una mujer con personalidad tan arrolladora, todo esto no se ha reunido en ninguna otra todavía; a lo mejor, en determinadas cosas se puede decir que una cantante supera a María Callas, pero hablando del conjunto, lo que representa el paso de María Callas por la lírica, eso no se ha vuelto a repetir. Ahora mismo, superior a ella no hay nada.
-No existe ópera contemporánea que arraigue en el público; ¿vamos a seguir siempre con Verdi, Mozart y Puccini?
-Sí, claro; seguimos oyendo Schumann y Beethoven y Bach y Mendelson, y ya no se hace música como esa.
-Pero existen compositores contemporáneos.
-Pero eso sería música contemporánea, que no tiene nada que ver con los clásicos ni con los románticos, y en la ópera pasa lo mismo, porque lo que no se puede es hacer una música donde no se contemple la voz cantando una melodía. La voz sin la melodía, la melodía sin la voz, en la ópera no se puede.
-¿Y eso que llamaron hace unos años Operas-Rock, como Jesucristo Superstar o Evita?
-No; eso es música Rock; cualquier música se puede aplicar a un argumento, pero eso es un argumento con música de fondo. En cuanto a la ópera se refiere, una persona que va al teatro y al salir no se acuerda de ningún tema, no lo puede tararear, no lo puede silbar, quiere decir que ahí no ha habido melodía.
-Si hablamos de los grandes circuitos de la ópera, España entra con Barcelona, e incluso hay temporadas con solera en la periferia; Madrid, sin embargo, no acaba de arrancar.
-El problema de Madrid es que en esos años en que estuvo cerrado el Teatro Real se rompió la continuidad, la tradición, pero Madrid ha ido progresando, porque cuando yo empecé la carrera se hacía una función de un título y ahora se hacen cinco. Claro, que en comparación con Barcelona, ha pasado eso, que faltaba un teatro, y ahora, si funcionara el Teatro Real, que ya está terminado de restaurar, ayudaría a la continuación de la tradición, porque en Madrid hay público; yo en la temporada pasada hice cinco representaciones de "La Traviatta" a teatro lleno y hubo bofetadas para las entradas; con siete u ocho representaciones se hubiera llenado igual; o sea que, gente hay.
-Pero usted me habla de un título emblemático y con Alfredo Kraus en el cartel.
-Claro, es cierto que la gente va más a unas óperas que a otras y que tiran más del público unos cantantes que otros, pero en conjunto puede decirse que Madrid tiene público para una temporada de ópera.
-Hablar de madrid y de la lírica nos lleva sin remedio a la zarzuela. ¿Es la zarzuela una ópera menor?
-No; la zarzuela es la zarzuela, y no se hizo para emular a la ópera, es un género independiente, y nada menos que nuestro género lírico español. La ópera no es nuestra.
-Pero cuando usted canta zarzuela frecuenta más los títulos menos sainetescos, más serios, como La Tabernera del puerto, La Dolorosa o su ya clásica Doña Francisquita, y no el género chico.
-En las zarzuelas hay género chico y género grande, bueno y malo, y en las óperas también.
-Ahora los tenores dan macroconciertos en estadios, y me ha perecido que este tipo de espectáculos no tienen del todo su bendición; sin embargo, mucho antes de que Domingo, Carreras y Pavarotti lo hicieran, usted montó "Marina" en el Estadio Insular.
-Eso no es ninguna novedad; en tiempos de Fleta ya se cantaba al aire libre en las plazas de toros, lo que pasa es que una cosa es hacer un macroconcierto al aire libre y otra cosa es hacer ópera en su marco ideal. El teatro se hizo en función de la ópera y la ópera en función del teatro. Naturalmente que, hoy día, con los adelantos técnico que hay en materia de sonido, este macroconcierto se puede ampliar, se puede hacer del tamaño que se quiera, pero se produce una dispersión, el sonido no es el sonido natural, y eso siempre va en perjuicio de un espectáculo de alto nivel artístico. Eso está clarísimo, y no creo que nadie vaya a aprender cultura a esos sitios. ,, nadie lo pone en duda, y cuando hace falta yo también participo, y como usted dice lo he hecho incluso antes de esta moda de ahora, pero nunca con la pretensión de dar cultura.
-No podemos entonces hablar de arte, sino tal vez de negocio.
-Sí, puede ser negocio o bien se trata de realizar algo benéfico, darle un sentido; divertirnos, ir a esa explanada y oír el concierto alegremente; en esos casos no hay por parte del artista esa responsabilidad que tienes cuando sabes que estás haciendo algo frente a un público exigente, en un templo de la música, en el medio natural de la ópera que es el teatro. A estos espectáculos el público va más distendido, se toma una cocacola o se come un bocadillo mientras oye cantar. Se puede hacer, pero hay que tener muy claro de qué se trata.
-En sus vitrinas ya no hay espacio para galardones; sin embargo, ¿no fueron un poco cicateros cuando dieron el Premio Príncipe de Asturias a siete cantantes a la vez?
-Aquello fue un metedura de pata del Jurado, porque pretendiendo repartir el premio de una manera salomónica lo que hicieron fue estropearlo. Si no me lo dan, pues vale, y se lo dan, a Victoria de los Angeles, por ejemplo, me hubiera parecido fenomenal; o incluso dividido entre dos, pero repartir un premio entre siete, que además no eran candidatos, fue un disparate. Además, eso lleva un proceso, pues hay una entidad que propone los candidatos, y hay un papeleo, un dossier, se hacen unas consultas, hay entidades que se suman con sus apoyos; ¿para qué tantos trámites si luego no sirve para nada?
-Y que se mezclaron nombres de distinto nivel.
-Aparte de eso, lo que me parece mal es que el premio así se desprestigia. Se le da a todos para que se callen y nadie proteste, y con este baremo también desprestigiarían todos los demás premios científicos. Si al menos hubieran concedido el galardón a la lírica española y lo hubiera ido a recoger la SGAE (Sociedad General de Autores de España), podría entenderlo, pero no así, y ya que metieron a siete en un saco, ¿por qué no meterlos a todos?
-Pero usted fue a recogerlo.
-Sí, porque mis declaraciones en aquel momento no fueron positivas, y quise demostrar que no había por mi parte nada contra mis colegas ni contra los otorgantes, sino que era una cuestión técnica, y uno debe portarse correctamente en todas las circunstancias, en las favorables y en las desfavorables.
-Usted no siempre se ha llevado bien con Las Palmas de Gran Canaria, su ciudad natal.
-Al contrario; yo siempre me he entendido bien con la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y con el pueblo liso y llano; lo que pasa es que no se puede evitar que en tu propia casa, con tus hermanos y tus primos haya desavenencias, y en este momento yo no tengo problemas contra nadie.
-Pero no aparece en los carteles de las temporadas de ópera. ¿Es un problema de caché, de calendario o de entendimiento?
-De todo un poco: Primero hubo una desavenencia incipiente que duró muchos años, y que ya se acabó; luego han sido mis compromisos contraídos con antelación los que me han impedido estar, y también el caché, porque todo hay que decirlo, pero bueno, ya todo se ha ido resolviendo y esta misma temporada de 1996 cantaré un "Werther" en el teatro Pérez Galdós.
-Es una buena noticia, pero ¿tal vez no le hubiera gustado cantar ya en el Auditorio?
-Sobre el Auditorio no tengo ni idea. He recibido una invitación del alcalde de la ciudad para asistir con él a una visita, pero ya le he contestado que no tengo previsto ningún viaje a Gran Canaria y que si la cosa puede ser factible dentro de unos meses, pues encantado. Ahora mismo no sé lo que hay, lo que no hay, cómo es, de manera que difícilmente puedo opinar. Y seguramente pasará con el auditorio como pasa siempre, que hay espectáculos en que un teatro no se llena aunque sea pequeño, y espectáculos en los que se agotan las entradas por grande que sea el aforo. Acabo de cantar en la Sociedad Filarmónica dos conciertos y ha habido una gran demanda, de manera que se podrían haber hecho tres. De todas formas, yo creo que se debía haber hecho un auditorio con más capacidad y con la posibilidad de, según el espectáculo que fuera, reducir el aforo, con tabiques automáticos o elementos similares para disminuir la capacidad y hacer más íntimo un espectáculo que así lo requiera.
-Premio Canarias, Doctor Honoris Causa, Homenaje en la Sociedad Filarmónica... ¿su tierra le ha reconocido por fin?
-Yo creo que a mí se me ha reconocido siempre; ¿que haya habido alguien que no haya estado de acuerdo? Eso es normal, el artista siempre está expuesto al admirador y al que no lo es.
-Para un hombre como usted, que ha conquistado la gloria artística en todo el Mundo ¿es importante que se le reconozca en la isla que lo vio nacer?
-Hombre, sí, porque en el fondo te duele que por ahí la gente te aprecie más y te reconozcan unos méritos que en tu propia tierra te niegan. Pero yo no me he quejado nunca de eso.
-¿Hay cantera de voces en Canarias?
-Supongo que igual que en cualquier otra parte, aun que yo no conozco ahora mismo a nadie, lo que no quiere decir que no haya, porque yo estoy un poco alejado del ambiente de Canarias.
-¿Es el público de Las Palmas de Gran Canaria tan frío como dicen, o es sólo un tópico que ha hecho fortuna?
-Esto no lo nota el que es de la ciudad, sino el que va por todo el Mundo y sabe cómo es cada público. Yo tengo buenos amigos en Chicago y una vez les dije que el público de esa ciudad es muy frío. No lo entendieron; cinco años después, ellos viajaron hasta Nueva York, para oírme cantar; luego fuimos a cenar y uno de ellos me dijo :"Alfredo, tenías razón cuando hablaste de la frialdad del público de Chicago, porque aquí hemos visto lo que es un público entusiasta"; pero eso no quiere decir que el público del Pérez Galdós cuando aplaude no esté dando todo lo que puede dar, lo que pasa es que hay otros públicos que aplauden más. El de Nueva York es cálido y el de Chicago frío, es normal.
-Hace unos años, usted se involucró en la política local canaria, y su nombre apareció en una candidatura del Partido de Gran Canaria. ¿Qué le movió a hacer tal cosa?
-Mi relación con la política fue meramente simbólica, intentando que el espíritu del grancanario se sacudiera un poco y se interesara por su isla. Y es que parece que, por idiosincrasia, el grancanario es un poquito dejado, aunque tengo noticias de que poco a poco intenta sacudirse esas rémoras y trabajar más por la isla. Simplemente fue por eso.
-Parece contradictorio que un hombre de Mundo, como usted, se metiese en algo tan opuesto a lo universal como se interpreta que es el insularismo.
-A los políticos no les gustó, y en cuanto a la gente, si no me implico dirán que estoy muy lejos y que no me importa mi isla; es decir, siempre te coge el toro, si sí porque sí, y si no porque no. Pero yo estoy por encima de que a unos les parezca bien y a otros mal; he querido interpretar mis sentimientos, creo que hice bien, y soy de la opinión de que debiera haber dos autonomías y así se evitan todos los problemas.
-¿Apoya a alguna formación en las elecciones del 3 de marzo?
-No, porque vi que el Partido de Gran Canaria se salió de los derroteros que se habían marcado, y como no tengo ningún color político lo único que me importa es el interés de Gran Canaria y de las islas, porque soy grancanario y de todas las islas, que quiero que progresen pero no unas a costa de otras.
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