
Los estudios sobre los chimpancés revelan que son auténticos artistas de la comunicación no verbal, lo que, según el autor, corrobora la teoría de la continuidad entre las especies preconizada por Darwin frente a las tesis de los defensores del alma racional.
Studies on chimpanzees reveal that they are true non-verbal communication artists, corroborating –according to the author– the theory of species continuity suggested by Darwin versus those who defend a rational soul thesis.
«Nunca confíes en un hombre culto, porque está muy resabiado de los ignorantes que llevan su desconocimiento con naturalidad», advierte el escritor norteamericano Kurt Vonnegut en uno de sus libros. En ciencia, esto resulta tan importante como difícil de llevar a cabo. Pasamos años en la universidad para adquirir una formación y después nos cuesta reconocer nuestra ignorancia cuando ésta aparece ante nuestros ojos.
Muy a menudo iniciamos trabajos estadísticos con el fin de probar una determinada hipótesis, sin poder demostrarla. Pero nos obstinamos en la teoría, sin admitir que no sabemos. Así ha sucedido repetidamente con los estudios empíricos sobre las capacidades de cognición de los primates, especialmente los que proceden de la psicología experimental. Pese a que mi formación es de psicólogo comparativo, en mi opinión la psicología experimental es una ciencia bastante arrogante. En su mayor parte, los psicólogos experimentales tratan de probar sus teorías, sin más. Pretenden analizar los organismos desde sus esquemas, sin conocer si su naturaleza se ajusta a ellos.
La etología es todo lo contrario de la psicología experimental. Suele caracterizarse por conocer a los organismos biológicamente, hacerles preguntas y buscar respuestas en ellos, ajustándose básicamente a sus términos. Es una ciencia que sale a pedir a los organismos vivos que les cuenten a los científicos qué es importante para ellos. Y lo hace a través de la observación.
Los descubrimientos del Proyecto Washoe, con el que inicié mis investigaciones sobre los chimpancés hace más de 30 años, se obtuvieron según las normas de dos tradiciones: el diseño metodológico de la psicología experimental y la etología. Esta extraña combinación de campos científicos fue impulsada por el matrimonio de profesores Allen y Beatrix Gardner. Allen seguía la metodología en el diseño de psicología experimental de Benton J. Underwoods. La otra investigadora del proyecto era Beatrix, discípula del famoso etólogo Nikolaas Tinbergen. El resultado fue un muy riguroso estudio de un chimpancé en cautividad, al que pudimos enseñar el lenguaje americano de los signos (ASL).
Un poco de historia
Como en casi todas las ciencias, en el estudio del lenguaje de los primates, no hay nada nuevo bajo el sol. De hecho, cuando iniciamos el proyecto hacía años que se estaba trabajando en ello, aunque sin éxito.
La referencia más temprana a la observación de los chimpancés se halla en el Diario de Samuel Peep, de 1661. Este documento relata la llegada al puerto de Londres de una nueva especie procedente de las colonias. Por el modo en que lo describe se trata, obviamente, de un chimpancé. Sin embargo, Peep pensó que se trataba de un cruce de una oveja y un hombre. Según afirma, entendía buena parte del inglés hablado, algo que los chimpancés hacen. Y se le podían enseñar los signos de los sordomudos, algo que nosotros conseguiríamos más adelante.
Posteriormente, dos empiristas franceses sugirieron que habían encontrado un simio con un rostro con apariencia de ser muy inteligente y lo enviaron a una escuela de sordos, para que pudiera aprender los signos. Sin embargo, los primeros intentos científicos de enseñar lenguas a los chimpancés tenían como objetivo instruirles en las técnicas del lenguaje oral.
A principios de la década de los treinta, Winthrop y Luella Kellogg criaron en su casa durante nueve meses a un chimpancé llamado Gua para que aprendiera inglés. Decidieron tratarlo igual que a su pequeño bebé Donald, pero pronto llegaron a la conclusión de que sus comportamientos eran muy distintos. Y no sólo eso. Su propio hijo podría terminar hablando como el chimpancé, más que éste hablando inglés. Cuando servían un postre especial, Donald emitía los sonidos de comida del mono.
Más tarde, y esta vez durante seis años, el matrimonio Hayes crió en su casa a una chimpancé llamada Viki. Realizaron entrenamientos intensivos para conseguir que hablase. Llegaron incluso a modelar sus labios. Pero al final del experimento el chimpancé sólo había aprendido cuatro palabras en inglés: mamma, papa, cup y up. Y desde luego, no sonaban como tales. Le costaba tanto articular esas palabras que llegaba a convulsionarse cuando lo hacía.
La influencia del alma racional
Los Gardner retomaron el tema en 1966, un momento en el que la universidad ponía mucha fe en la noción del alma racional de Descartes. Esta teoría clásica, cuyas raíces nos remiten a Aristóteles, divide a las criaturas en clases, según se trate de seres racionales o de criaturas dirigidas por sus emociones.
Aristóteles estaba obsesionado por clasificar las cosas y ponerles etiquetas. Así que tomó las ideas de su maestro Platón y colocó al hombre en la cima de su escala de la naturaleza porque, según su teoría, sólo los hombres tenían un alma racional. A partir de ahí estableció los rangos de las bestias imperfectas, las que eran distintas del hombre. En la parte superior colocó al elefante, luego al delfín, el tercero era la mujer... y así sucesivamente hasta clasificar a toda la naturaleza conocida.
En mi opinión, el modelo del alma racional es engañoso porque sitúa a los humanos en un estadio diferente, mejor que las otras criaturas, y fuera de la naturaleza. Además, justifica la explotación de las especies «imperfectas» que se sitúan por debajo de uno.
Si bien esta corriente ha ido desapareciendo de la comunidad científica, todavía existen autores como Noam Chomsky o Steven Pinker que buscan ese algo que hace al hombre especial y que justifica su posición dominante en la naturaleza.
En la década de los sesenta, pese a que ya se habían demostrado las capacidades de determinadas especies para elaborar herramientas y existían pruebas empíricas sobre sus funciones de comunicación, los partidarios del alma racional se aferraban al lenguaje como último bastión de la diferencia humana.
El Proyecto Washoe
En este contexto teórico desfavorable se pone en marcha en la Universidad de Reno el Proyecto Washoe. El trabajo de los Gardner era muy sólido, pero muy poca gente estaba dispuesta a leerlo porque ridiculizaba las tesis de muchos académicos. Los resultados demostraban que un chimpancé era capaz de aprender el lenguaje de los signos, utilizarlos y recombinarlos en un correcto orden sintáctico. Incluso podía inventarlos por sí mismo. Se llegaron a contabilizar en Washoe unos 240 signos, de los 4000 que tiene el sistema ASL. Y todo ello mediante una estricta metodología.
Se trabajaba con el sistema de doble control ideado por Underwoods. El chimpancé se sometía a una serie de pruebas de pantallas en una cabina controlada por dos personas que, independientemente y sin verse, registraban los signos del animal. El nivel de aciertos de Washoe era más que aceptable. De hecho, en un estudiante se consideraría entre aprobado y notable. Pero sus errores eran tan interesantes como sus respuestas correctas. Por ejemplo, en algún momento, indicaba muchas de las pantallas con la palabra baby, tanto si se trataba de una criatura humana, como de una muñeca, un coche o un pájaro. Al principio, los Gardner pensaron que el chimpancé no estaba prestando atención, pero cuando repasaron las pantallas una por una descubrieron que si se trataba de una foto de un pájaro de verdad era pájaro, mientras que si se trataba de un pájaro de cristal, una figurilla, era baby. Si aparecía una foto de un coche de verdad era coche; si era un coche de juguete, un baby. Así pues, su signo baby tenía una semántica diferente de la nuestra: mientras que la humana se utiliza con las muñecas o los bebés, la suya tenía que ver con la replicación y la miniatura.
Contra la estimulación
Otro de los requisitos metodológicos del proyecto era no forzar al chimpancé, que hacía las pruebas cuando le apetecía. Es más, descubrimos que si se utilizaban técnicas de estimulación con Washoe terminaba dejando de señalar las cosas del test y pidiendo comida, como había anticipado el lingüista suizo Philip Lieberman en investigaciones llevadas a cabo con niños.
En su artículo «Feed forward versus feed backward. An intellectical alternative to the love affect», publicado en el Behavioral and Brain Sciences de 1988, los Gardner afirman que las recompensas no funcionan y que más bien actúan como un destructor del estímulo. Su conclusión es que el refuerzo es algo cultural, que tiene que ver con la idea de que somos organismos pasivos a menos que se produzcan recompensas o castigos.
Washoe no era un organismo pasivo sino activo. Y con un individuo activo se consigue información sin necesidad de estimulación, aunque sólo si el método utilizado tiene sentido para él. Por esa razón utilizamos el lenguaje de los signos. Sabíamos que debido a las grandes diferencias en cuanto al control de respiración, de los sonidos y del córtex, el habla no funcionaría.
Transmisión cultural
Aunque esta filosofía estuvo presente desde el inicio del proyecto, los críticos insistían en que se trataba de un aprendizaje incentivado. Otra de sus apreciaciones era que los Gardner habían encontrado una suerte de chimpancé genio, que aprendía de forma distinta al resto de su especie.
En 1970, el proyecto se trasladó a la Universidad de Oklahoma, donde fuimos extendiéndolo progresivamente a un grupo de chimpancés, con resultados de aprendizaje aún más sorprendentes: observamos que los chimpancés pueden adquirir sus primeros signos en el cuarto o quinto mes de vida y hacerlo en un tiempo récord, de días incluso. Pero los críticos insistían en que los chimpancés necesitan a los humanos para el aprendizaje del lenguaje de los signos y que no son capaces de transmitirlo entre ellos.
En 1979, Washoe, que para entonces tenía entre 14 y 15 años, se quedó embarazada, pero su cría murió. Queríamos saber si transmitiría su lenguaje a la siguiente generación, así que le buscamos un bebé de diez meses llamado Lulias para que lo adoptara. A partir de entonces, los humanos dejamos de hacer signos para no influir en la educación del pequeño chimpancé y limitamos nuestra comunicación con Washoe a siete casos: las preguntas W (qué, quién, cuándo, dónde, por qué, cuál) [por sus iniciales en inglés] y los nombres propios. Lulias adquirió sólo los signos de Washoe y lo hizo a partir del octavo día de estar con ella.
Como describe nuestra literatura de 1982 y 1983, la adquisición de signos se daba de forma gradual: primero como balbuceos o signos frustrados mezclados con sonidos, hasta que se iban consolidando de forma natural. Sólo observamos seis instancias –lo que no significa que no hubiera más– parecidas a una tutorización de Washoe, si bien en caso alguno Lulias asimiló los signos.
Con todo, tras los cinco años que duró el proyecto, el pequeño chimpancé había adquirido exactamente 57 signos. Un claro caso de transmisión cultural de madre a hijo.
Relación de signos y creación propia
En las primeras fases de los experimentos se trabajaba con diccionarios. Pero a medida que los chimpancés iban incorporando los signos a su vocabulario empezaban a combinarlos de forma lógica y creaban sus propias palabras. En una ocasión, Washoe, que solía comenzar su cena pidiendo el biberón con el signo chupete que le habíamos enseñado, solicitó su ración dibujando un biberón en su pecho. Allen Gardner tomó nota pero nos insistió en que el proyecto era para que el chimpancé adquiriera el lenguaje humano y no viceversa.
Durante los siguientes meses, cada vez que ella pedía su biberón de esa manera le advertíamos que era erróneo, hasta que conseguimos convencerla para que lo dejara.
Dos meses más tarde, los Gardner dieron una conferencia en la Escuela para sordos de Berkeley y explicaron este comportamiento. Sin embargo, uno de los profesores les corrigió asegurando que ésa era la señal de biberón en el ASL. Es decir, Washoe había visto la relación mejor que nosotros.
La creación de símbolos propios por parte de los chimpancés es más insólita. Para expresar una idea nueva normalmente cogen dos signos de diferentes palabras de su vocabulario y los recombinan de forma casi metafórica. En uno de los estudios que realicé en Oklahoma, le presenté 24 frutas y verduras distintas a Lucy. Dado que para muchos carecía de símbolos, fue creando sus propias palabras por asociación de ideas. Al melón [en inglés, melón de agua] lo llamaba fruta-bebida; al apio y a las cucurbitáceas como el pepino y el calabacín, comidas-pipa (en esa época yo fumaba en pipa).
Cuando cogía sus vegetales y frutas y los partía, los denominaba comida si eran vegetales y fruta si se trataba de fruta. A los cítricos, tanto naranjas, limones, limas o pomelos, los llamaba indistintamente frutas de olor. Los rábanos eran especialmente interesantes. Estuve mostrándole el mismo rábano durante ocho días y al final quedó un poco arrugado. Una vez lo mordió y escupió. A partir de entonces lo llamó comida-llorar.
Uno de mis objetivos era ver si Lucy era capaz de distinguir entre genéricos y específicos. Para ello le enseñé el signo de fruta silvestre aplicándolo a la cereza, que ella ya conocía. Quería saber si lo generalizaría a cosas como las fresas, moras o frambuesas o si por el contrario sería muy específica. En este sentido, el resultado fue decepcionante: distinguía todas estas frutas pero no fue capaz de entender que a todas ellas podía denominarlas frutas silvestres.
Señalización privada
Para controlar los signos de los chimpancés sin intervención humana, Deborah Fouts, mi esposa y codirectora del proyecto, decidió grabarlos de forma remota durante 56 horas. Queríamos saber si seguían haciendo signos, especialmente el pequeño Lulias, que había sido criado sin orientación humana, una característica que podía definir su lenguaje en función del contexto.
No sólo descubrimos que seguían utilizando los signos fuera de la presencia de los humanos, sino que también establecían conversaciones entre ellos. Es más, en algunas ocasiones, cuando jugaban solos, por ejemplo, se hablaban a sí mismos, algo que en psicología se denomina señalización privada. Para dar por válidos este tipo de comportamientos, de los que llegamos a registrar 360, los Gardner quisieron que sólo se consideraran fiables los signos vistos por tres observadores, de forma independiente y en un contexto correcto. Y todo ello durante 15 días consecutivos. A continuación, los comparamos con los estudios de señalización privada en niños, utilizando las mismas definiciones, y encontramos ejemplos para cada una de las nueve categorías.
Por ejemplo, signos referenciales. Podían estar sentados mirando una revista y decir esto es un helado, pasar una página y decir esto es un zapato. Otra de las cosas que hacían era hablar sobre cosas que no estaban presentes, lo que denominamos en el argot «informativo». A veces hacían la señal de sandwich a pesar de que no había ninguno.
También se dieron ejemplos de habla privada expresiva, las típicas frases que hacemos de forma refleja cuando nos golpeamos el pulgar con un martillo, aunque no haya nadie delante. Una de las veces, Washoe estaba tumbada en un banco mirando una revista. En ese momento Lulias, su hijo, saltó sobre ella, se la arrebató y se fue corriendo. Ella se levantó, se dio la vuelta y exclamó: Sucio, sucio, sucio, una expresión que ella utiliza para definir cosas viejas o rotas, pero también para describir a individuos o comportamientos que no le gustan.
En otros casos también se han detectado signos de autorregulación. Por ejemplo, cuando Washoe era pequeña y jugamos al escondite con ella. Subía a los árboles y se señalaba a sí misma diciéndose callada, callada....
Más funciones cognitivas
Según algunas teorías, los chimpancés son capaces de emitir signos pero no pueden hacer indicaciones a otro. A mediados de los noventa, hicimos un estudio controlado en el que los chimpancés tenían que señalarle a un humano las coordenadas en las que se encontraba un objeto. Descubrimos que no sólo utilizaban correctamente las indicaciones izquierda-derecha, arriba-abajo, sino que establecían referencias del tipo «al lado de X». Estas conclusiones fueron publicadas en Journal of Comparative Physiological Psychology.
En otro estudio, recogido en Human Evolution, demostramos que los chimpancés son capaces de imaginar funciones para objetos con los que juegan. Por ejemplo, tomaban un bolso y se lo ponían en el pie y decían: es un zapato.
Más recientemente, se ha investigado con éxito la competencia de los chimpancés para reparar conversaciones rotas. Por ejemplo, si dicen tengo hambre y se les interrumpe con un no entiendo, son capaces de replicar añadiendo información con una palabra relacionada del tipo comida o comer. Si se les contesta con una negativa, pueden cambiar de tema con un quiero chicle, por ejemplo.
Si el que cambia de conversación es su interlocutor, contestan a lo que se les pide para volver luego a su solicitud inicial. Estos hallazgos, que pueden leerse en un artículo del Journal of Comparative Psychology prueban que, al igual que los humanos, los chimpancés pueden reparar una conversación cuando ha sido interrumpida.
Conclusiones
Contra lo que preconizaban los defensores del alma racional, estos trabajos demuestran que los chimpancés aprenden los signos, los utilizan correctamente y presentan una prodigiosa línea de progreso en sus vidas en cuanto a vocabulario, combinaciones de signos y frases. A su vez, este hecho revela que la primera forma de lenguaje de nuestros antepasados fue gestual y que la versión oral de la lengua llegó mucho más tarde. Según mis propias averiguaciones, hace tan sólo unos 200 000 años.
En mi opinión, los chimpancés son auténticos artistas de la comunicación no verbal, un tipo de inteligencia social que tiene mucho sentido para unas criaturas nacidas en una pequeña comunidad cerrada y que, probablemente, pasen sus 60 años de vida viviendo en comunidad. Es decir, su inteligencia está adaptada a la supervivencia en el nicho ecológico en el que viven.
La inteligencia humana también tiene algo de esta naturaleza, aunque ha ido mutando hacia lo que denominamos inteligencia causal o lógica, es decir, la que nos sirve para resolver problemas mentalmente. Los chimpancés comparten este tipo de cualidades, si bien en un grado mucho menor. Por nuestra parte, los humanos no somos capaces de interpretar con tanta precisión como ellos el comportamiento no verbal. Se trata, en definitiva, de diferencias de grado y objetivos.
En este sentido, mi posición se sitúa del lado de la continuidad entre las especies preconizada por Darwin y reforzada ahora por las evidencias sobre los enormes parecidos (de hasta el 98 %) entre el DNA de los simios y de los humanos. Todos estos avances científicos deberían ayudarnos a abandonar la desapasionada noción cartesiana del alma racional y aportar un poco de ética a nuestra relación con nuestros parientes los simios.
Roger Sheridan Fouts
Profesor de psicología de la Universidad Central de Washington y codirector, junto con su esposa, Deborah Fouts, del Instituto de Comunicación Humana y de Chimpancés fundado en 1992. Desde 1967 forma parte del Proyecto Washoe, la primera demostración importante sobre la adquisición de lenguaje en especies no humanas. Sus últimos estudios se han centrado en los signos de los chimpancés y en la representación de los gestos en estos animales. Realiza frecuentes conferencias sobre el comportamiento de los chimpancés y el interés de estos estudios en la investigación biomédica.
foutsr@cwu.edu
E-books
Descarga de libros en inglés
Descargar libros en francés
Descargar libros en portugués y otros idiomas
Cognición y primates no humanos, Roger Fouts
Edgar Allan Poe, por Charles Baudelaire

Por Charles Baudelaire
…algún maestro desventurado a quien la inexorable Fatalidad ha perseguido encarnizada, cada vez más encarnizada, hasta que sus cantos no tengan más que un solo estribillo, hasta que los cantos fúnebres de su Esperanza hayan adoptado este melancólico estribillo: “¡Nunca! ¡Nunca más!”
(Edgar A. Poe: El cuervo.)
En su trono de bronce el Destino se burla,
de amarga hiel empapando su esponja,
y la Necesidad es para ellos tenaza.
(Théophile Gautier: Tinieblas.)
En estos últimos tiempos compareció ante nuestros tribunales un desdichado cuya frente estaba marcada por un raro y singular tatuaje. ¡Desafortunado! Llevaba él así encima de sus ojos la etiqueta de su vida, como un libro su título, y el interrogatorio demostró que aquel extraño rótulo era cruelmente verídico. Hay en la historia literaria destinos análogos, verdaderas condenas, hombres que llevan las palabras “mala suerte” escritas en caracteres misteriosos sobre las arrugas sinuosas de su frente. El ángel ciego de la expiación se ha apoderado de ellos y los azota con uno y otro brazo para ejemplo edificante de los demás. En vano su vida revela talento, virtudes, gracia: la sociedad tiene para ellos un anatema especial y acusa en ellos las lesiones que les ha causado. ¿Qué no hizo Hoffmann para desarmar al Destino, y qué no realizó Balzac para conjurar la fortuna? ¿Existe, pues, una Providencia diabólica que prepara la desgracia desde la cuna, que arroja con premeditación naturalezas espirituales y angélicas en medios hostiles, como a mártires en los circos? ¿Existen, pues, almas santas y destinadas al altar, condenadas a ir hacia la muerte y hacia la gloria a través de sus propias ruinas? La pesadilla de las Tinieblas, ¿asediará eternamente a esas almas elegidas? En vano se agitan, en vano se forman para el mundo, para sus previsiones y asechanzas; perfeccionarán la prudencia, taparán todas las salidas, acolcharán las ventanas contra los proyectiles del azar; pero el Diablo entrará por el agujero de la cerradura. Una perfección será la falla de su coraza, y una cualidad superlativa, el germen de su condenación. Para romperla, el águila, desde lo alto del cielo, sobre su frente al aire soltará la tortuga, pues ellos deben perecer fatalmente.
Su destino está escrito en toda su contextura, brilla con siniestro resplandor en sus miradas y en sus gestos, circula por sus arterias con cada uno de sus glóbulos sanguíneos.
Un célebre escritor de nuestro tiempo ha escrito un libro para demostrar que el poeta no podía encontrar buen acomodo ni en una sociedad democrática ni en una aristocrática, no más en una república que en una monarquía absoluta o templada. ¿Quién ha sabido, pues, replicarle perentoriamente? Yo aporto hoy una nueva leyenda en apoyo de su tesis y añado un nuevo santo al martirologio; debo escribir la historia de uno de esos ilustres desventurados, demasiado rica en poesía y pasión, que ha venido, después de tantos otros, a hacer en este bajo mundo el rudo aprendizaje del genio entre las almas inferiores.
¡Lamentable tragedia la vida de Edgar A. Poe! ¡Su muerte, horrible desenlace, cuyo horror aumenta con su trivialidad! De todos los documentos que he leído he sacado la convicción de que los Estados Unidos sólo fueron para Poe una vasta cárcel, que él recorría con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado que el de una barbarie alumbrada con gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta, o incluso de borracho, no era más que un esfuerzo perpetuo para huir de la influencia de esa atmósfera antipática. Implacable dictadura la de la opinión de las sociedades democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia, ni flexibilidad alguna en la aplicación de sus leyes a los casos múltiples y complejos de la vida moral. Diríase que del amor impío a la libertad ha nacido una nueva tiranía: la tiranía de las bestias, o zoocracia, que por su insensibilidad feroz se asemeja al ídolo de Juggernaut. Un biógrafo nos dirá seriamente —bienintencionado es el buen hombre— que Poe, de haber querido regularizar su genio y aplicar sus facultades creadoras de una manera más apropiada al suelo americano, hubiese podido llegar a ser un autor de dinero (a money making author). Otro —éste un cínico ingenuo—, que, por bello que sea el genio de Poe, más le hubiera valido tener sólo talento, ya que el talento se cotiza más fácilmente que el genio. Otro, que ha dirigido diarios y revistas, un amigo del poeta, confiesa que resultaba difícil utilizarle, y que se veía uno obligado a pagarle menos que a otros, porque escribía con un estilo demasiado por encima del vulgo. “¡Qué tufo a trastienda!”, como decía Joseph de Maistre.
Algunos se han atrevido a más, y uniendo la falta de inteligencia más abrumadora de su genio a la ferocidad de la hipocresía burguesa, le han insultado a porfía, y después de su repentina desaparición, han vapuleado ásperamente ese cadáver; en especial, el señor Rufus Griswold, que, para aprovechar aquí la frase vengativa del señor George Graham, ha cometido así una infamia inmortal. Poe, experimentando quizá el siniestro presentimiento de un final repentino, había designado a los señores Griswold y Willis para ordenar sus obras, escribir su vida y restaurar su memoria. Ese pedagogo-vampiro ha difamado ampliamente a su amigo en un enorme artículo mediocre y rencoroso, que precisamente encabeza la edición póstuma de sus obras. ¿No existe, pues, en América una disposición que prohiba a los perros la entrada en los cementerios? En cuanto al señor Willis, ha demostrado, por el contrario, que la benevolencia y el decoro van siempre de consuno con el verdadero talento, y que la caridad con nuestros semejantes, que es un deber moral, es también uno de los mandamientos del gusto.
Hablad de Poe con un americano: confesará acaso su genio, y hasta puede que se muestre orgulloso de él; pero en tono sardónico, superior, que deja traslucir al hombre positivo, os hablará de la vida disoluta del poeta, de su aliento alcoholizado que hubiera ardido con la llama de una vela, sus hábitos de vagabundo. Os dirá que era un ser errante y heteróclito, un planeta desorbitado que rondaba sin cesar desde Baltimore a Nueva York, desde Nueva York a Filadelfia, desde Filadelfia a Boston, desde Boston a Baltimore, desde Baltimore a Richmond. Y si, con el corazón conmovido por esos preludios de una historia desconsoladora, dais a entender que tal vez no sea solamente culpable el individuo, y que debe de ser difícil pensar y escribir cómodamente en un país donde hay millones de soberanos —un país sin capital, hablando con propiedad, y sin aristocracia—, entonces veréis sus ojos desorbitarse y despedir rayos, la baba del patriotismo doliente subir a sus labios, y América, por su boca, lanzar injurias a Europa, su vieja madre, y a la filosofía de los antiguos días.
Repito que, por mi parte, he adquirido la convicción de que Edgar A. Poe y su patria no estaban al mismo nivel. Los Estados Unidos son un país gigantesco e infantil, envidioso, naturalmente, del viejo continente. Orgulloso de su desarrollo material, anormal y casi monstruoso, ese recién llegado a la Historia tiene una fe ingenua en la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desdichados entre nosotros, de que acabará por tragarse al Diablo. ¡Tienen allá un valor tan grande el tiempo y el dinero! La actividad material, exagerada hasta adquirir las proporciones de una manía nacional, deja en los espíritus muy poco sitio para las cosas no terrenas. Poe, que era de buena casta —y que, por lo demás, declaraba que la gran desgracia de su país era no poseer una aristocracia racial, dado, decía él, que en un pueblo sin aristocracia el culto de lo Bello sólo puede corromperse, aminorarse y desaparecer; que acusaba en sus conciudadanos, hasta en su lujo enfático y costoso, todos los síntomas del mal gusto característico de los advenedizos; que consideraba el Progreso, la gran idea moderna, como un éxtasis de papanatas, y que denominaba los perfeccionamientos de la mansión humana cicatrices y abominaciones rectangulares—, Poe era allá un cerebro singularmente solitario. No creía más que en lo inmutable, en lo eterno, en el self-same, y gozaba —¡cruel privilegio en una sociedad enamorada de sí misma!— de ese grande y recto sentido a lo Maquiavelo que marcha ante el sabio como una columna luminosa a través del desierto de la Historia. ¿Qué hubiera pensado, qué hubiera escrito el infortunado, si hubiese oído a la teóloga del sentimiento suprimir el Infierno por amor al género humano, al filósofo de la cifra proponer un sistema de seguros, una suscripción de cinco céntimos por cabeza ¡para la supresión de la guerra y la abolición de la pena de muerte y de la ortografía, esas dos locuras correlativas!, y a tantos y tantos otros enfermos que escriben, “con la oreja inclinada hacia el viento”, fantasías giratorias, tan flatulentas como el elemento que se las dicta? Si añadís a esta visión impecable de la verdad, auténtica dolencia en ciertas circunstancias, una delicadeza exquisita de sentidos a la que atormentaría una nota falsa, una finura de gusto a la que todo, excepto la exacta proporción, sublevara, un amor insaciable a lo Bello, que había adquirido la potencia de pasión morbosa, no os extrañará que para un hombre semejante la vida llegara a ser un infierno y que haya acabado mal; os admirará que haya él podido durar tanto tiempo. II La familia de Poe era una de las más respetables de Baltimore. Su abuelo materno había servido como quarter-master-general en la guerra de la Independencia, y La Fayette le dispensaba una gran estimación y amistad.
Este, a raíz de su último viaje a los Estados Unidos, quiso ver a la viuda del general y testimoniarle su gratitud por los servicios que le había hecho su marido. El bisabuelo se había casado con una hija del almirante inglés MacBride, que estaba emparentado con las más nobles casas de Inglaterra. David Poe, padre de Edgar e hijo del general, se enamoró perdidamente de una actriz inglesa, Isabel Arnold, célebre por su belleza; se fugó y se casó con ella. Para unir más íntimamente su destino al de ella, se hizo actor y apareció con su mujer en diferentes teatros, en las principales ciudades de la Unión. Los esposos murieron en Richmond, casi al mismo tiempo, dejando en el abandono y en la penuria más completos a tres criaturas, una de las cuales era Edgar.
Edgar A. Poe había nacido en Baltimore, en 1813. Doy esta fecha de acuerdo con su propia afirmación, pues él se elevó contra la aseveración de Griswold, que sitúa su nacimiento en 1811. Si alguna vez el espíritu novelesco, para servirme de una frase de nuestro poeta, ha presidido un nacimiento —¡espíritu siniestro y tempestuoso!—, ciertamente, presidió el suyo. Poe fue, en verdad, hijo de la pasión y de la aventura. Un rico negociante de la ciudad, mister Allan, se entusiasmó con aquel lindo e infortunado a quien la Naturaleza había dotado de un aspecto encantador, y como no tenía hijos, le adoptó. El niño se llamó, pues, de allí en adelante Edgar Allan Poe. Fue así criado en una grata holgura y con la esperanza legítima de una de esas fortunas que dan al carácter una soberbia certeza. Sus padres adoptivos se lo llevaron en un viaje que hicieron a Inglaterra, Escocia e Irlanda, y antes de regresar a su país le dejaron en casa del doctor Bransby, que dirigía un importante centro de enseñanza en Stoke-Newington, cerca de Londres. Poe ha descrito en William Wilson aquella extraña casa, construida en el viejo estilo isabelino, y también sus impresiones de colegial.
Volvió a Richmond en 1822 y prosiguió sus estudios en América bajo la dirección de los mejores profesores del lugar. En la Universidad de Charlottesville, donde ingresó en 1825, se distinguió no sólo por una inteligencia casi milagrosa, sino también por una profusión casi siniestra de pasiones —una precocidad realmente americana— que fue, por último, la causa de su expulsión. Conviene señalar de paso que Poe había demostrado ya, en Charlottesville, una aptitud de las más notables para las ciencias físicas y matemáticas. Más tarde la empleará con frecuencia en sus extraños cuentos, y obtendrá de ella medios absolutamente inesperados. Pero tengo razones para creer que no es a ese orden de composiciones a las que él daba más importancia, y que —quizá precisamente a causa de esa aptitud precoz— las consideraba como fáciles juegos de manos, comparándolas con las obras de pura fantasía. Unas desdichadas deudas de juego originaron una desavenencia pasajera entre él y su padre adoptivo, y Edgar —hecho de los más curiosos y que prueba, pese a lo que se ha dicho, una dosis de caballerosidad muy grande en su impresionable cerebro—concibió el proyecto de tomar parte en las guerras de los helenos y de ir a luchar contra los turcos. Partió, pues, hacia Grecia. ¿Qué fue de él en Oriente? ¿Qué hizo allí? ¿Estudió las costas clásicas del Mediterráneo? ¿Por qué le encontramos nuevamente en San Petersburgo, sin pasaporte, comprometido, y en qué clase de asunto, obligado a recurrir al ministro americano, Henry Middleton, para librarse de la sanción rusa y volver a su casa? Se ignora; existe ahí una laguna que él sólo hubiese podido llenar. La vida de Edgar A. Poe, su juventud, sus aventuras en Rusia y su correspondencia han sido anunciadas largo tiempo por los periódicos americanos, pero no han aparecido nunca.
De regreso en América, en 1829, expresó el deseo de ingresar en la escuela militar de West-Point; fue admitido, en efecto, y allí, como en otras partes, dio pruebas de una inteligencia admirablemente dotada, pero indisciplinable, siendo, al cabo de unos meses, expulsado. Al mismo tiempo ocurría en su familia adoptiva un suceso que debía tener las más graves consecuencias sobre su vida entera. La señora Allan, por quien parece él haber sentido un afecto verdaderamente filial, falleció, y el señor Allan se casó con una mujer muy joven. Y en esta época tuvo lugar una desavenencia doméstica, una historia rara y tenebrosa que no puedo contar, porque no ha sido claramente explicada por ningún biógrafo. No es, por tanto, extraño que él se haya separado definitivamente del señor Allan, y que éste, que tuvo hijos de su segundo matrimonio, le haya excluido por completo de su testamento.
Poco tiempo después de haber abandonado Richmond, Poe publicó un pequeño tomo de poesías; fue realmente una aurora brillante. Para quien sabe sentir la poesía inglesa, hay ya en él un acento extraterreno, la serenidad en la melancolía, la deliciosa solemnidad, la experiencia precoz —iba a decir, creo, la experiencia innata— que caracterizan a los grandes poetas.
La miseria le hizo ser soldado una temporada, y es de suponer que empleó los pesados ocios de la vida de guarnición en preparar los materiales de sus futuras composiciones, composiciones extrañas que parecen haber sido creadas para demostrarnos que la singularidad es una de las partes integrantes de lo Bello. Al volver a la vida literaria, el único elemento en que pueden respirar ciertos seres déclassés, Poe fenecía en una extrema miseria, cuando un azar feliz le hizo mejorar. El propietario de una revista acababa de fundar dos premios: uno, para el mejor cuento; otro, para el mejor poema. Una letra singularmente bella atrajo la mirada de Mr. Kennedy, que presidía el jurado, y le dio deseos de examinar por sí mismo los manuscritos. Y sucedió que Poe había ganado los dos premios, aunque sólo uno le fue entregado. El presidente del jurado sintió la curiosidad de ver al desconocido. El director del diario le llevó a un joven de una belleza chocante, andrajoso, abrochado hasta la barbilla, y que tenía el aspecto de un caballero tan orgulloso como hambriento. Kennedy se portó bien. Presentó a Poe a un señor, Thomas White, que fundaba en Richmond el Southern Literary Messenger. El señor White era un hombre audaz, pero sin ningún talento literario; necesitaba un ayudante. Poe se encontró así, muy joven —a los veintidós años—, director de una revista cuyo destino descansaba por entero en él. El creó esa prosperidad. El Southern Literary Messenger reconoció desde entonces que era a aquel excéntrico maldito, a aquel borracho incorregible, a quien debía su público y su fructuosa notoriedad. En ese magazine es donde aparecieron por primera vez la Aventura sin par de un tal Hans Pfaall y otros varios cuentos que los lectores verán ahora desfilar ante sus ojos. Durante cerca de dos años, Edgar A. Poe, con un maravilloso ardor, asombró a su público con una serie de composiciones de un nuevo género y con artículos críticos cuya viveza, claridad y severidad razonadas estaban hechas realmente para atraer las miradas. Aquellos artículos se ocupaban de libros de todo género, y la sólida cultura que el joven había adquirido le sirvió de mucho. Conviene saber que aquella tarea considerable la realizaba él por quinientos dólares; es decir, por dos mil setecientos francos al año. Inmediatamente —dice Griswold, lo cual quiere decir; “¡Se creía, pues, rico el muy imbécil!”— se casó con una muchacha bella, encantadora, de un carácter amable y heroico, pero que no tenía un céntimo —añade el propio Griswold en un tono de desdén—. Era la señorita Virginia Clemm, una prima suya.
Pese a los servicios hechos a su diario, el señor White riñó con Poe al cabo de dos años, aproximadamente. El motivo de esa ruptura estuvo, sin duda, en los ataques de hipocondría y en las crisis alcohólicas del poeta, accidentes característicos que ensombrecían su cielo espiritual, como esas nubes lúgubres que dan de pronto al paisaje más romántico un aire de melancolía en apariencia irreparable. A partir de entonces, veremos trasladar su tienda al desventurado, como un hombre del desierto, y transportar su ligero petate a las principales ciudades de la Unión. Dirigió en todas partes revistas o colaboró en ellas de una manera brillante. Difundió con deslumbradora rapidez artículos críticos, filosóficos y cuentos henchidos de magia, que aparecieron reunidos bajo el título de Tales of the Grotesque and the Arabesque, título notable e intencionado, pues los adornos grotescos y arabescos rechazan la figura humana, y ya se verá que por muchos conceptos la literatura de Poe es extra o sobrehumana. Sabremos, por notas ofensivas y escandalosas insertadas en los periódicos, que Mr. Poe y su mujer se encuentran enfermos de peligro en Fordham y en una absoluta miseria. Poco tiempo después de la muerte de la señora Poe, el poeta sufrió los primeros ataques de delirium tremens. Una nueva nota apareció de repente en un diario —ésta más que cruel—, en la que se acusa su desprecio y su asco del mundo, creándole uno de esos procesos tendenciosos, verdaderas requisitorias de la opinión, contra los cuales tuvo él siempre que defenderse, una de las luchas más estérilmente fatigosas que conozco.
Sin duda, ganaba dinero, y sus trabajos literarios le permitían casi vivir. Pero poseo pruebas de que él tenía que vencer sin cesar repugnantes dificultades. Soñó, como tantos otros escritores, con una revista suya, quiso estar en su casa, y el hecho es que había sufrido lo bastante para desear con ardor aquel cobijo definitivo de su pensamiento. A fin de alcanzar ese resultado y conseguir una suma de dinero suficiente, tuvo que recurrir a las lectures. Ya se sabe lo que son esas lectures, una especie de especulación, el Colegio de Francia puesto a disposición de todos los literatos, pues el autor no publica su lecture sino después de haber sacado de ella todos los ingresos que puede producir. Poe había dado ya en Nueva York una lecture de “Eureka”, su poema cosmogónico, que había promovido incluso grandes discusiones. Pensó aquella vez dar lectures en su tierra natal, Virginia. Contaba, como escribió a Willis, con hacer una gira por el Oeste y el Sur y confiaba en el concurso de sus amigos literarios y de sus antiguas amistades de colegio y de West-Point. Visitó, pues, las principales ciudades de Virginia y Richmond contempló de nuevo a aquel a quien había conocido allí tan joven, tan pobre, tan derrotado. Todos los que no habían visto a Poe desde el tiempo de su oscuridad acudieron en masa para examinar a su ilustre compatriota. Y él apareció apuesto, elegante, correcto, como el genio. Hasta creo que desde hacía algún tiempo había él llevado su condescendencia al extremo de hacer que le admitiesen en una sociedad de templanza. Escogió un tema tan amplio como elevado: El principio de la poesía, y lo desarrolló con esa lucidez que es uno de sus privilegios. Creía, como verdadero poeta que era, que la finalidad de la poesía es de la misma naturaleza que su principio, y que no debe fijarse en otra cosa más que en sí misma.
La buena acogida que le dispensaron inundó su pobre corazón de orgullo y de gozo; se mostraba de tal modo encantado, que hablaba de establecerse definitivamente en Richmond y de acabar su vida en los lugares que su infancia le había hecho dilectos. Sin embargo, tenía asuntos en Nueva York, y partió el 4 de octubre, quejándose de escalofríos y de debilidad. Como siguiera sintiéndose bastante mal, al llegar a Baltimore, el 6, por la noche, hizo llevar su equipaje al embarcadero, desde donde debía dirigirse a Filadelfia, y entró en una taberna para tomar un excitante cualquiera. Allí, por desgracia, se encontró con antiguos amigos y se detuvo más de la cuenta. A la mañana siguiente, en las pálidas tinieblas del alba, fue encontrado un cadáver en la vía pública. ¿Debe decirse así? No, un cuerpo vivo aún, pero que la muerte había marcado ya con su real sello. Sobre aquel cuerpo, cuyo nombre se ignoraba, no se hallaron ni papeles ni dinero, y lo transportaron a un hospital. Allí murió Poe, la noche misma del domingo 7 de octubre de 1849, a la edad de treinta y siete años, vencido por el delirium tremens, ese terrible visitante que había ya atacado su cerebro una o dos veces. Así desapareció de este mundo uno de los más grandes héroes literarios, el hombre que había escrito en El gato negro estas palabras fatídicas: “¿Qué enfermedad es comparable al alcohol?”
Esa muerte es casi un suicidio, un suicidio preparado desde hacía largo tiempo. Cuando menos, provocó el escándalo. Fue grande el clamor, y la virtud dio salida a su canto enfático, libre y voluntariosamente. Las oraciones fúnebres más indulgentes tuvieron que dejar sitio a la inevitable moral burguesa, que se cuidó de no perder una ocasión tan admirable. Mr. Griswold difamó; Mr. Willis, sinceramente afligido, se comportó más que decorosamente. ¡Ay! El que había franqueado las alturas más arduas de la estética, sumiéndose en los abismos menos explorados del intelecto humano; el que, a través de una vida que se asemeja a una tempestad sin calma, había encontrado medios nuevos, procedimientos desconocidos para asombrar la imaginación, para seducir los espíritus sedientos de Belleza, acababa de morir en unas horas en un lecho del hospital. ¡Qué destino! ¡Y tanta grandeza y tanto infortunio para levantar un torbellino de fraseología burguesa, para convertirse en pasto y tema de los periodistas virtuosos!Ut declamatio fiars! Estos espectáculos no son nuevos; es raro que un sepulcro reciente e ilustre no sea un lugar de cita de escándalo. Por otra parte, la sociedad no ama a esos rabiosos desventurados, y ya sea porque perturbaban sus fiestas o ya sea porque los considere de buena fe como remordimientos, tiene ella, a no dudar, razón. ¿Quién no recuerda las declamaciones parisienses a raíz de la muerte de Balzac, que murió, empero, de manera correcta? Y en fecha más reciente aún —hace hoy, 26 de enero, un año justo—, cuando un escritor de una honradez admirable, de una elevada inteligencia, y siempre lúcido, fue discretamente, sin molestar a nadie —tan discretamente, que su discreción parecía desprecio—, a exhalar su alma en la calle más negra que pudo encontrar, ¡qué asqueantes homilías, qué asesinato refinado! Un periodista célebre, a quien Jesús no enseñara nunca maneras generosas, encontró la aventura lo bastante jovial para celebrarla con un burdo retruécano. Entre la nutrida enumeración de los derechos del hombre que la sabiduría del siglo XIX repite tan a menudo y con tanta complacencia, se han olvidado dos asaz importantes, que son: el derecho a contradecirse y el derecho a marcharse.
Pero la sociedad mira al que se va como a un insolente; castigaría de buena gana ciertos despojos fúnebres, como aquel infeliz soldado atacado de vampirismo a quien la vista de un cadáver exasperaba hasta el frenesí. Y con todo, puede decirse que, bajo la presión de determinadas circunstancias, después de un serio examen de ciertas incompatibilidades, con firmes creencias en ciertos dogmas y metempsicosis; puede decirse, sin énfasis y sin juego de palabras, que el suicidio es a veces el acto más razonable de la vida. Y así se forma una compañía de fantasmas, ya numerosa, que nos visita familiarmente, y en la que cada miembro viene a ensalzarnos su reposo actual y a confiarnos sus persuasiones.
Confesemos, no obstante, que el lúgubre fin del autor de Eureka suscitó algunas consoladoras excepciones, sin lo cual sería cosa de desesperarse y el mundo resultaría insufrible. Mr. Willis, como ya he dicho, habló con honradez, y hasta con emoción, de las buenas relaciones que había mantenido siempre con Poe. Los señores John Neal y George Graham llamaron al señor Griswold al orden. El señor Longfellow —y ello es tanto más meritorio cuanto que Poe le había maltratado cruelmente— supo alabar de una manera digna de un poeta su elevada potencia como poeta y como prosista. Un desconocido escribió que la América literaria había perdido su cabeza más poderosa.
Pero el corazón partido, el corazón desgarrado, el corazón traspasado por siete puñales, fue el de la señora Clemm. Edgar era a la vez su hijo y su hija. “¡Rudo destino —dice Willis, de quien tomo estos detalles casi textualmente—, rudo destino el que ella velaba y protegía! Porque Edgar A. Poe era un hombre embarazoso; aparte de que escribía con una fastidiosa dificultad y con un estilo demasiado por encima del nivel intelectual corriente para poderle pagar caro, estaba siempre atosigado por apuros monetarios, y con frecuencia él y su mujer enferma carecían de las cosas más precisas en la vida.” Un día, Willis vio entrar en su despacho a una mujer, vieja, dulce, seria. Era la señora Clemm. Buscaba trabajo para su querido Edgar. El biógrafo dice que se sintió hondamente emocionado no sólo por el elogio perfecto, por la exacta apreciación que hizo ella del talento de su hijo, sino también por todo su aspecto exterior, por su voz suave y triste, por sus maneras un poco anticuadas, pero bellas y nobles. “Y durante varios años —añade— hemos visto a esa infatigable servidora del genio, pobre y mal vestida, de diario en diario para vender unas veces un poema, otras un artículo, diciendo en ocasiones que estaba enfermo —única aplicación, única razón, invariable disculpa que ella daba cuando su hijo se hallaba atacado momentáneamente de una de esas esterilidades que conocen los escritores nerviosos—, sin permitir nunca que sus labios soltasen una palabra que pudiera ser interpretada como una duda, como una falta de confianza en el genio y en la voluntad de su bienamado.” Cuando su hija murió, ella se consagró al superviviente de la destrozada batalla con un ardor maternal acrecentado, vivió con él, le cuidó, le vigiló, defendiéndole contra la vida y contra él mismo. “En verdad —termina Willis con una elevada e imparcial razón—, si la abnegación de la mujer, nacida con un primer amor y mantenida por la pasión humana, glorifica y consagra su objeto, ¿qué no dice en favor del que le inspiró una abnegación como ésta, pura, desinteresada y santa como un centinela divino?” Los detractores de Poe hubieran debido, en efecto, darse cuenta de que hay seducciones tan poderosas, que no pueden ser sino virtudes.
Es de imaginar lo terrible que fue la noticia para la desdichada mujer. Escribió una carta a Willis, de la cual son estas líneas:
“He sabido esta mañana la muerte de mi bienamado Eddie… ¿Puede usted comunicarme algunos detalles, algunas circunstancias?… ¡Oh, no deje a su pobre amiga en esta amarga aflicción!… Dígale al señor X que venga a verme; tengo que participarle un encargo de mi pobre Eddie… No necesito rogarle que anuncie usted su muerte, y que hable bien de él. Sé que lo hará. Pero recalque usted bien el hijo afectuoso que era para mí, su pobre madre desolada…”
Esta mujer se me aparece grande y más que noble. Herida por un golpe irreparable, sólo piensa en la reputación del que lo era todo para ella, y no basta para contestarle con decir que era un genio; es preciso que sepan que era un hombre recto y afectuoso. Es evidente que esa madre —antorcha y hogar encendidos por un rayo del más alto cielo— ha sido dada como ejemplo a nuestras razas, muy poco preocupadas de la abnegación, del heroísmo y de todo cuanto es más que el deber. ¿No era justo inscribir a la cabeza de las obras del poeta el nombre de la que fue el sol moral de su vida? Aromará en su gloria el nombre de la mujer cuya ternura sabía curar sus llagas, y cuya imagen volará sin cesar por encima del martirologio de la literatura. IIILa vida de Poe, sus costumbres, sus modales, su ser físico, todo lo que constituye el conjunto de su personalidad, se nos aparece como algo tenebroso y brillante a la vez. Su persona era singular, seductora, y, como sus obras, estaba marcada por un indefinible sello de melancolía. Por lo demás, él se hallaba notablemente dotado en todos los sentidos. De joven había demostrado una rara aptitud para todos los ejercicios físicos, y aun siendo pequeño de estatura, con pies y manos femeniles, mostrando todo su ser ese carácter de delicadeza femenina, era más que robusto y capaz de maravillosas pruebas de fuerza. En su juventud ganó una apuesta como nadador que supera la medida ordinaria de lo posible. Diríase que la Naturaleza da a aquellos de quienes quiere conseguir grandes cosas un temperamento enérgico, así como da una poderosa vitalidad a los árboles encargados de simbolizar el duelo y el dolor. Esos hombres, de apariencia a veces enfermiza, están forjados como atletas, son aptos para la orgía y para el trabajo, prontos a los excesos y capaces de asombrosas sobriedades.
Hay algunos puntos relativos a Edgar A. Poe sobre los cuales existe un acuerdo unánime, como, por ejemplo, su elevada distinción natural, su elocuencia y su belleza, de la que, según dicen, se sentía un tanto vanidoso.
Sus maneras, mezcla singular de altivez y de dulzura exquisita, estaban llenas de firmeza. Su fisonomía, sus andares, sus gestos, sus movimientos de cabeza, todo le señalaba, máxime en sus días buenos, como un ser elegido. Toda su persona respiraba una solemnidad penetrante. Estaba, en realidad, marcado por la Naturaleza, como esas figuras de viandantes que atraen la mirada del observador y preocupan su memoria. El propio pedante y agrio Griswold confiesa que, cuando fue a visitar a Poe y le encontró pálido y enfermo aún por la muerte y la enfermedad de su mujer, se sintió conmovido en alto grado no sólo por la perfección de sus modales, sino también por su fisonomía aristocrática, por la atmósfera perfumada de su habitación, muy modestamente amueblada. Griswold ignora que el poeta posee más que todos los otros hombres ese maravilloso privilegio, atribuido a la mujer parisiense y a la española, de saber adornarse con nada, y que Poe, enamorado de lo Bello en todas las cosas, hubiese encontrado el arte de transformar una choza en un palacio de nueva clase. ¿No ha escrito, con el talento más original y curioso, proyectos de mobiliarios, planos de casas de campo, de jardines y de reformas de paisajes?
Existe una carta encantadora de la señora Frances Osgood, que fue una de las amigas de Poe, y que nos da sobre sus costumbres, sobre su persona y sobre su vida doméstica los más curiosos detalles. Esta dama, que era también un escritora distinguida, niega valientemente todos los vicios y todas las faltas achacados al poeta.
“Con los hombres —dice a Griswold—, quizá fuese como usted le describe, y como hombre puede usted tener razón. Pero yo afirmo el hecho de que con las mujeres era muy distinto, y de que nunca ha habido mujer alguna que haya conocido a Mr. Poe que no haya experimentado hacia él un profundo interés. Siempre se me apareció como un modelo de elegancia, de distinción y de generosidad…
”La primera vez que nos vimos fue en Astor House. Willis me había dado en casa El cuervo, sobre el cual el autor, me dijo, deseaba conocer mi opinión. La música misteriosa y sobrenatural de ese poema extraño me penetró tan íntimamente, que, cuando supe que Poe deseaba serme presentado, experimenté un sentimiento singular que se asemejaba al espanto. Apareció él con su bella y orgullosa cabeza, sus ojos sombríos que lanzaban una luz elegida, una luz de sentimiento y de pensamiento; con sus maneras que eran una mezcla intraducible de altivez y de suavidad. Me saludó, tranquilo, serio, casi frío; pero bajo aquella frialdad vibraba una simpatía tan marcada, que no pude por menos de sentirme impresionada a fondo. A partir de aquel momento, hasta su muerte, fuimos amigos…, y sé que en sus últimas palabras tuve mi parte de recuerdo, y que él me dio, antes que su razón fuese derrocada de su trono de soberana, una prueba suprema de su fiel amistad.
”Era, sobre todo en su interior, a la vez sencillo y poético, donde el carácter de Edgar A. Poe se mostraba para mí bajo su mejor aspecto. Bromista, afectuoso, ingenioso; tan pronto dócil como indómito, lo mismo que un niño mimado, tenía siempre para su joven, dulce y adorada mujer, y para todos los que acudían, aun en medio de sus más fatigosas labores literarias, una palabra amable, una sonrisa benévola, atenciones graciosas y corteses. Se pasaba horas interminables ante su mesa, bajo el retrato de su Leonora, la amada y la muerta, siempre asiduo, siempre resignado y fijando con su admirable letra las brillantes fantasías que cruzaban su asombroso cerebro, sin cesar en alerta. Recuerdo haberle visto una mañana más alegre y jovial que de costumbre. Virginia, su dulce mujer, me había rogado que fuese a verlos, y me era imposible resistir sus ruegos… Le encontré trabajando en la serie de artículos que ha publicado bajo el título The Literature of New York. "Vea usted —me dijo, desplegando con una risa triunfal varios pequeños rollos de papel (escribía sobre tiras estrechas, sin duda para adaptar su copia a la justificación de los diarios)—; voy a mostrarle por la diferencia de tamaños los diversos grados de estimación que tengo por cada miembro de su especie literaria. En cada uno de estos papeles, uno de ustedes es vapuleado y discutido particularmente. ¡Ven aquí, Virginia, y ayúdame!" Y los desplegaron todos, uno por uno. Al final había uno que parecía interminable. Virginia, riendo, retrocedía hasta un extremo de la habitación, cogiéndolo por una punta, y su marido hacia otro rincón, con la otra punta. "¿Y quién es el afortunado —dije— que ha juzgado usted digno de esa inconmensurable ternura?" "¿Ustedes la oyen? ¡Como si su vanidoso corazoncito no le hubiese ya dicho que es ella!"
“Cuando me vi obligada a viajar por motivos de salud, sostuve una correspondencia regular con Poe, obedeciendo en esto a las vivas instancias de su mujer, quien creía que podía yo tener sobre él una influencia y un ascendiente saludables… En cuanto al amor y a la confianza que existían entre su mujer y él, y que eran para mí un espectáculo delicioso, no podría hablar de ellos con la convicción y el calor suficientes. No menciono algunos pequeños episodios poéticos a los cuales le impulsó su temperamento novelesco. Creo que era la única mujer a quien él amó de verdad…”
En las novelas cortas de Poe no hay nunca amor. Al menos, Ligeia, Eleonora, no son, hablando con propiedad, historias de amor, ya que la idea principal sobre la que gira la obra es otra por completo. Acaso él creía que la prosa no es lengua a la altura de ese singular y casi intraducible sentimiento; porque sus poesías, en cambio, están fuertemente saturadas de él. La divina pasión aparece en ellas, magnífica, estrellada, velada siempre por una irremediable melancolía. En sus artículos habla a veces del amor como de una cosa cuyo nombre hace temblar la pluma. En The Domain of Arnhaim afirmará que las cuatro condiciones elementales de la felicidad son: la vida al aire libre, el amor de una mujer, el desapego de toda ambición y la creación de una nueva Belleza. Lo que corrobora la idea de la señora Frances Osgood referente al aspecto caballeresco de Poe por las mujeres es que, pese a su prodigioso talento para lo grotesco y lo horrible, no haya en toda su obra un solo pasaje que se refiera a la lujuria, ni siquiera a los goces sensuales. Sus retratos de mujeres están, por decirlo así, aureolados; brillan en el seno de un vapor sobrenatural y están pintados con la manera enfática de un adorador. En cuanto a los pequeños episodios novelescos, ¿puede a uno extrañarle que un ser tan nervioso, cuya sed por lo Bello era quizá su rasgo principal, haya cultivado a veces, con un ardor apasionado, la galantería, esa flor volcánica, almizclada, para quien el cerebro vehemente de los poetas es un terreno predilecto?
De su singular belleza personal, a la que se refieren varios biógrafos, el espíritu puede, creo yo, hacerse una idea aproximada recurriendo a todas las nociones vagas, características, contenidas en la palabra romántica, palabra que sirve generalmente para representar los géneros de belleza que consisten sobre todo en la expresión. Poe tenía una frente amplia, dominadora, en la que ciertas protuberancias revelaban las facultades desbordantes que están encargadas de representar —construcción, comparación, causalidad— y donde predominaban en un orgullo tranquilo el sentido de la idealidad, el sentido estético por excelencia. Sin embargo, pese a esos dones, o aun a causa de esos privilegios exorbitantes, aquella cabeza, vista de perfil, no presentaba tal vez un aspecto agradable. Como en todas las cosas excesivas por un sentido, un déficit podía originarse de la abundancia, una pobreza de la usurpación. Tenía unos ojos grandes, sombríos y luminosos a la vez, de un color incierto y tenebroso, tendiendo al violeta; la nariz, noble y sólida; la boca, fina y triste, aunque levemente sonriente; el cutis, moreno claro; el rostro, de ordinario, pálido; la fisonomía, un poco distraída e imperceptiblemente velada por una melancolía habitual.
Su conversación era de las más notables y con un fondo sustancioso. No era eso que se llama un charlista presuntuoso —cosa horrible—, y, además, su palabra, como su pluma, tenía horror a lo convencional; pero una amplia cultura, un rico vocabulario, profundos estudios, impresiones recogidas en varios países, hacían de su palabra una enseñanza. Su elocuencia, esencialmente poética, llena de método y moviéndose, empero, fuera de todo método conocido, arsenal de imágenes sacadas de un mundo poco frecuentado por la mayoría de los espíritus; un arte prodigioso para deducir de una proposición evidente y en absoluto aceptable nociones secretas y nuevas, para abrir sorprendentes perspectivas; en una palabra, el don de extasiar, de hacer pensar, de hacer soñar, de arrancar las almas del fango de la rutina: tales cosas eran sus deslumbradoras facultades, de las que muchas personas han conservado recuerdo. Pero sucedía a veces —eso cuentan, al menos— que el poeta, complaciéndose en un capricho destructor, arrastraba de nuevo con brusquedad a sus amigos a la tierra por obra de un cinismo desconsolador y derrocaba, brutal, su obra, henchida de espiritualidad. Hay, por lo demás, que señalar una cosa: que era muy poco exigente en la elección de sus oyentes, y creo que el lector encontrará sin dificultad en la Historia otras inteligencias grandes y originales para quienes toda compañía era buena. Ciertos espíritus, solitarios en medio de la multitud, y que se nutren en el monólogo, prescinden de la delicadeza en materia de público. Es, en suma, una especie de fraternidad basada en el desprecio.
De esa embriaguez —celebrada y reprochada con una insistencia que podría hacer creer que todos los escritores de los Estados Unidos, excepto Poe, son ángeles de sobriedad— hay que hablar, no obstante. Existen varias versiones plausibles, y ninguna excluye las otras. Ante todo, estoy obligado a hacer observar que Willis y la señora Osgood afirman que una cantidad muy pequeña de vino o de licor bastaba para perturbar por completo su organismo. Es, por cierto, fácil de suponer que un hombre tan verdaderamente solitario, tan profundamente desdichado, y que pudo considerar con frecuencia todo el sistema social como una paradoja y una impostura; un hombre que, acosado por un destino inexorable, repetía a menudo que la sociedad no implica más que un tropel de miserables (Griswold refiere esto tan escandalizado como un hombre que puede pensar lo mismo, pero que no lo dirá nunca); es natural, digo, suponer que ese poeta, muy infantil en los azares de la vida libre, con el cerebro cercado por un trabajo áspero y continuo, haya buscado algunas veces una voluptuosidad de olvido en las botellas. Rencores literarios, vértigos del infinito, dolores hogareños, insultos de la miseria.
Poe huía de todo ello en la negrura, como de una tumba preparatoria, de la borrachera. Pero, por buena que parezca semejante explicación, no la encuentro lo bastante amplia, y desconfío de ella a causa de su deplorable simplicidad.
He sabido que él no bebía como un ansioso, sino como un bárbaro, con una actividad y una economía de tiempo totalmente americanas, como si realizase una función homicida, como si tuviese algo en él que matar, a worm that would not die. Se cuenta, además, que un día, en el momento de volver a casarse (habían corrido las amonestaciones, y cuando le felicitaban por aquel enlace que le aportaba las más elevadas condiciones de felicidad y de bienestar, habría él dicho: “Es posible que hayan corrido las amonestaciones; pero fíjense bien en esto: ¡no me casaré!”), fue con una borrachera atroz a escandalizar en la vecindad de la que debía ser su mujer, recurriendo así a su vicio para librarse de un perjurio hacia la pobre muerta, cuya imagen vivía siempre en él y a quien había cantado a maravilla en su Annabel Lee. Considero, pues, en un gran número de casos el hecho infinitamente precioso de premeditación como es sabido y comprobado.
Leo, por otra parte, en un largo artículo de Southern Literary Messenger —esa misma revista cuya fortuna había él iniciado— que jamás la pureza y la perfección de su estilo, jamás la claridad de su pensamiento y su ardor en el trabajo fueron alterados por esa terrible costumbre; que la confección de la mayoría de sus excelentes trozos precedió o siguió a alguna de sus crisis; que después de la publicación de Eureka se entregó lamentablemente a su inclinación, y que en Nueva York, la mañana misma en que aparecía El cuervo, cuando el nombre del poeta estaba en todas las bocas, él cruzaba Broadway tambaleándose de un modo bochornoso. Observen ustedes que las palabras precedido o seguido implican que la embriaguez podía servir de excitante lo mismo que de descanso.
Ahora bien: es indudable que —parecidas a esas impresiones fugaces y chocantes, tanto más chocantes en sus reapariciones cuanto más fugaces son, que siguen a veces a un síntoma exterior, especie de advertencia como el sonido de una campana, una nota musical o un perfume olvidado, las cuales son también seguidas de un suceso análogo a otro suceso ya conocido y que ocupaba el mismo lugar en una cadena anteriormente revelada; semejantes a esos singulares sueños periódicos que se repiten cuando dormimos— existen en la borrachera no sólo encadenamientos de sueños, sino una serie de razonamientos que necesitan, para reproducirse, del medio que les ha dado origen. Si el lector me ha atendido sin repugnancia habrá adivinado ya mi conclusión: creo que en muchos casos —no en todos, ciertamente— la embriaguez de Poe era un medio mnemotécnico, un método de trabajo, método enérgico y mortal, pero apropiado a su naturaleza apasionada. El poeta había aprendido a beber, como un escritor escrupuloso se ejercita llenando cuadernos de notas. No podía resistir el deseo de hallar de nuevo las visiones maravillosas o aterradoras, las concepciones sutiles que había encontrado en una tempestad precedente: eran viejas amistades que le atraían, imperativas, y para reanudar su relación con ellas tomaba el camino más peligroso, pero el más directo. Una parte de lo que hoy produce nuestro goce es lo que le mató. IV
De las obras de ese singular genio poco tengo que decir; el público mostrará lo que de ellas piensa. Me sería difícil quizá, pero no imposible, esclarecer su método, explicar su procedimiento, sobre todo en la parte de sus obras cuyo principal efecto reside en un análisis bien manejado. Podría yo introducir al lector en los misterios de su fabricación, extenderme largamente sobre esa porción de genio americano que le hace regocijarse de una dificultad vencida, de un enigma explicado, de un tour de force realizado; que le impulsa a divertirse con una voluptuosidad infantil y casi perversa en el mundo de las probabilidades y de las conjeturas, y a crear mentiras a las cuales su arte sutil presta una vida verdadera. Nadie negará que Poe es un prestidigitador maravilloso, y sé que otorgaba sobre todo su estimación a otra parte de sus obras. Tengo que hacer algunas observaciones más importantes, muy breves, en suma.
No es por sus milagros materiales, que le han dado, empero, su fama, por lo que él conquistará la admiración de las gentes que piensan, sino por su amor a lo Bello, por su conocimiento de las condiciones armónicas de la belleza, por su poesía profunda y gimiente, siquiera trabajada, transparente y correcta como una joya de cristal; por su admirable estilo, puro y singular —apretado como las mallas de una cota—, complaciente y minucioso —y cuya más ligera intención sirve para llevar suavemente al lector hacia un fin deseado—, y, en fin, sobre todo, por ese genio especialísimo, por ese temperamento único que le ha permitido pintar y explicar de una manera impecable, sorprendente, terrible, la excepción en el orden moral. Diderot, para escoger un ejemplo entre cientos, es un autor sanguíneo. Poe es el escritor de los nervios, e incluso de algo más, y el mejor que yo conozco.
En él, toda entrada en materia es atrayente sin violencia, como un torbellino. Su solemnidad sorprende y mantiene el espíritu alerta. Percibe uno en seguida que se trata de algo serio. Y lentamente, poco a poco, se desenvuelve una historia cuyo interés todo se basa sobre una imperceptible desviación del intelecto, sobre una hipótesis audaz, sobre una dosificación imprudente de la Naturaleza en la amalgama de las facultades. El lector, apresado por el vértigo, se ve obligado a seguir al autor en sus atractivas deducciones.
Ningún hombre, lo repito, ha contado con mayor magia las excepciones de la vida humana y de la Naturaleza, los ardores de curiosidad de la convalecencia, los finales de estación cargados de esplendores enervantes, los tiempos cálidos, húmedos y brumosos, en que el viento del Sur ablanda y afloja los nervios como las cuerdas de un instrumento, en que los ojos se llenan de lágrimas que no provienen del corazón; la alucinación dejando lo primero sitio a la duda, y muy pronto convencida y razonadora como un libro; lo absurdo instalándose en la inteligencia y rigiéndola como una lógica espantosa, la histeria usurpando el sitio de la voluntad, la contradicción asentada entre los nervios y el espíritu, y el hombre desacorde hasta el punto de expresar el dolor con la risa. Él analiza lo que hay de más fugaz, sopesa lo imponderable y describe en una forma minuciosa y científica, cuyos efectos son terribles, toda esa parte imaginaria que flota en torno al hombre nervioso y le hace acabar mal.
El ardor mismo con que se arroja a lo grotesco por amor a lo grotesco, a lo horrible por amor a lo horrible, me sirve para comprobar la sinceridad de su obra y la unión del hombre con el poeta. He observado ya que en varios hombres ese ardor era con frecuencia el resultado de una amplia energía vital inocupada, a veces de una obstinada castidad y también de una profunda sensibilidad contenida. La voluptuosidad sobrenatural que el hombre puede experimentar viendo correr su propia sangre; los movimientos repentinos, violentos, inútiles; los fuertes gritos lanzados al aire, sin que el espíritu mande a la garganta, son fenómenos a situar en el mismo orden.
En el seno de esta literatura en que el aire está enrarecido, el espíritu puede experimentar esa gran angustia, ese miedo pronto a las lágrimas y ese malestar del corazón que residen en los lugares inmensos y singulares. Pero la admiración es más fuerte, ¡y, además, el arte es tan grande! Los fondos y los accesorios son en ella apropiados al sentimiento de los personajes. Soledad de la Naturaleza o agitación de las ciudades, todo está descrito en ella nerviosa y fantásticamente. Como a nuestro Eugene Delacroix, que ha elevado su arte a la altura de la poesía grande, a Edgar A. Poe le complace agitar sus figuras sobre fondos violáceos y verdosos en que se revelan la fosforescencia de la podredumbre y el olor de la tormenta. La naturaleza que llaman inanimada participa de la naturaleza de los seres vivos, y, como ellos, se estremece con un temblor sobrenatural y galvánico. El espacio se ahonda por el opio; el opio da en él un sentido mágico a todos los tonos, y hace vibrar todos los ruidos con una sonoridad más significativa. A veces, lejanías magníficas, henchidas de luz y de color, se abren de repente en sus paisajes, y se ve aparecer en el fondo de sus horizontes ciudades orientales y arquitecturas vaporizadas por la distancia, donde el sol lanza lluvias de oro.
Los personajes de Poe, o más bien el personaje de Poe —el hombre de facultades sobreagudizadas, el hombre de nervios relajados, el hombre cuya voluntad ardorosa y paciente lanza un reto a las dificultades, aquel cuya mirada se clava con la rigidez de una espada sobre objetos que se agrandan a medida que él los mira— es Poe mismo. Y sus mujeres, todas dolientes y luminosas, muriendo de males extraños y hablando con una voz que parece música, son él también, o, cuando menos, por sus raras aspiraciones, por su saber, por su melancolía incurable, participan mucho de la naturaleza de su creador. En cuanto a su mujer ideal, a su Titánida, se revela bajo diferentes retratos, esparcidos en sus poesías demasiado escasas, retratos, o, mejor, modos de sentir la belleza, que el temperamento del autor aproxima y confunde en una unidad vaga, pero sensible, en la que vive más delicadamente acaso que en otra parte ese amor insaciable de lo Bello, que es su gran título; es decir, el resumen de los títulos que él posee al efecto y al respeto de los poetas.
Si tengo nueva ocasión, como espero, de hablar de este lírico, haré el análisis de sus opiniones filosóficas y literarias, así como, en general, de las obras cuya traducción completa tendría pocas probabilidades de éxito entre un público que prefiere con mucho la diversión y la emoción a la más importante verdad filosófica. La máquina del tiempo
Entrevista a Lauren Bacall

El mito eterno
Inteligente, elegante, lúcida, Lauren Bacall sigue brillando a los 81 años. Pero detrás de una de las leyendas vivas del Hollywood clásico se esconde una mujer y una actriz insegura y frágil que tardó en encontrar su sitio. Su mejor arma: el sentido del humor. Ahora presenta sus memorias.
ELVIRA LINDO 20/11/2005
A la emoción de ver en persona a la señora Bacall se une la posibilidad de traspasar los muros del edificio Dakota, así llamado, cuentan, porque cuando fue construido se encontraba tan a las afueras de Manhattan que la gente ironizaba con la lejanía del nuevo edificio señorial, más cerca del Estado de Dakota que del corazón de la ciudad. El Dakota es hoy, claro, una de las paradas obligadas de los turistas. No hay turista que no desee hacerse la foto en el lugar donde John Lennon fue asesinado; no hay cinéfilo que no recuerde la película de Polansky La semilla del diablo, en la que el caserón cobra la importancia de un personaje más. Para los neoyorquinos, el Dakota es uno de esos edificios del lado oeste de la ciudad que albergan a simpatizantes demócratas con dinero que hacen cuantiosas donaciones para la campaña electoral. El Dakota, el San Remo, son testigos de la vida de artistas millonarios dispuestos siempre a arrimar el hombro a la causa más progresista.
La belleza no está exactamente en el edificio, que tiene las pretensiones de un afrancesamiento postizo que a veces los norteamericanos entienden como distinguido, sino en el lugar en el que está ubicado: la calle 72 y Central Park West, enfrente del parque, y en el barrio con más carácter de la isla. Las dimensiones de la recepción parecen europeas, por lo mezquinas, y uno se extraña de que un edificio tan enorme no tenga uno de esos lobbies de amplitud norteamericana.
“La señora Bacall está esperando”, dice el doorman, así que subo en el ascensor hasta el cuarto piso, un cubículo forrado de madera que tiene algo del aire entre terrorífico y cómico de la película de Polansky. Me siento en el sillón del ascensor y todo cruje, con un sonido bastante teatral.
“Mrs. Bacall acabará dentro de unos cinco minutos con su sesión fotográfica”, me dice su secretaria. “Siéntase como en su casa”. Me siento en el sofá con la pretensión de que la secretaria vea que esperaré discretamente, pero en cuanto desaparece me levanto como si tuviera un resorte. ¿Cómo estar sentada en la habitación en la que la señora Bacall ha vivido los últimos 30 años? La arquitectura tiene un aire europeo, parisiense, como de principios de siglo: grandes escayolas, techos altísimos. Si no fuera por la ventana inmensa que parece meter Central Park en el cuarto podría pensar que estoy en ese París del que Bacall se considera hija adoptiva. Quiero aprovechar los cinco minutos al máximo y me acerco a las pinturas. Dos preciosos dibujos de Calder, pequeños paisajes y retratos de animales como del XIX. Libros por todas partes, el desorden propio de la gente que disfruta de la casa y de la vida; los ingobernables enchufes y cables de detrás de la tele, los sillones cómodos de terciopelo ajado y, sobre todo, la gran pared, esa gran pared en la que los retratos de los amigos se disputan el sitio. Me da la risa de la emoción. Sé que estoy atrapando un recuerdo que será para siempre. Las fotos no son las típicas de estudio, son las fotos familiares; pero en ellas distingo la sonrisa de David Niven, las de los dos hermanos Kennedy, el rostro algo circunspecto de Howard Hawks, la cara de su hijo Steve –tan parecido al padre–, y, de forma recurrente, los rostros queridos de Spencer Tracy, de Katharine Hepburn, con dedicatorias cariñosas que indican una vida de amistad y recuerdos comunes, de tardes de fiesta y de esas otras tardes más sombrías en las que la pareja iba a diario a visitar al amigo Boogie, que se moría poco a poco de un cáncer de pulmón sin dejar de tomar su martini y algún que otro cigarrillo. Hay un dibujo, como un autorretrato de la propia Hepburn, felicitando a la Bacall por un premio. Pienso que se trataría del Tony en la época en que las dos actrices pisaron Broadway, en una edición en la que las dos optaban al galardón.
Es difícil moverse por la sala sin que el suelo de tarima se chive de todos mis movimientos, así que voy recorriéndolo de puntillas, con miedo a resbalarme en este suelo traicionero de tan pulido, y como si hiciera algo prohibido, con algo de la comicidad de los satánicos personajes de La semilla del diablo. A punto estoy ya de abrir alguno de los cajones cuando una voz tan grave que parece la de un hombre me da un susto de muerte a mis espaldas. Ella. Es ella. Hace la entrada de las grandes estrellas. Alta a pesar de sus 81 años, de espalda ancha y recta; esa elegancia innata que lo supera todo, hasta ese atuendo casero con el que me recibe: pantalones cómodos, camiseta, sandalias deportivas. Viene con una perrilla de ojos saltones que me ladra con la furia de los perros pequeños. “Venga, Sophie, no te enfades”. Yo le dejo la mano para que me conozca. La olisquea y, viendo que soy una más de las admiradoras de su dueña, salta al sofá para sentarse a mi lado.
Perdone, Mrs. Bacall, no he podido resistir la tentación de mirarlo todo; es que no puedo reprimir la emoción que siento al estar aquí…
Oh, qué dulce suena eso… [y suelta una carcajada].
No veo fotos de Humphrey Bogart.
Bueno, las fotos de Boogie están en la otra habitación. Soy cuidadosa. Comprende que tuve otro marido, otro hijo, y no me parece correcto.
El otro marido fue Jason Robards, un gran actor al que todo el mundo, menos Lauren Bacall, le atribuía cierto parecido físico con Bogart. “Sí, eso se dijo mucho, pero no se parecían en nada. Él tuvo que vivir con la sombra de Boogie. Yo, para la prensa, era siempre la viuda de Bogart”.
Robards no nos roba ni dos minutos de conversación. Se nota que Bacall se cuida mucho de no menospreciar al padre de su tercer hijo, aunque en las memorias está descrita con una elegancia no exenta de sinceridad la pesadilla que supuso la convivencia con este hombre atractivo y alcohólico que podía convertirse en un ser muy desagradable, olvidadizo de sus obligaciones como padre, como esposo. Fueron, dice Bacall, los únicos años de su vida en que le falló el sentido del humor. Hablamos de su libro de memorias. Es un libro que tiene un enorme valor, el de testimonio de la época más glamourosa del cine, pero también de algo que resulta particularmente atractivo para el lector: la verdad de la vida de una mujer que a los ojos de los espectadores gozaba de un universo fascinante; que poseía una especie de audacia sexual muy excitante para la época, una especie de aplomo, de seguridad en sí misma, un atractivo cargado de inteligencia. El interés del libro es que descubrimos en él a una mujer inocente, terriblemente dependiente del cariño de los hombres, y eso es algo que parece no cuadrar con la imagen de los personajes que encarnó. Si hay algo que la presencia física de Lauren Bacall no despierta es compasión: nunca fue ese tipo de actriz proclive a que le dieran papeles de muchacha desasistida, que inspira instintos de protección; al contrario, ya desde su primer filme, Tener o no tener, la sensación que provocaba era la de ser la nena lista, la que se las sabía todas, la que había tenido ya muchas experiencias románticas.
“Sí, eso es increíble, pero es así. En realidad, todo fue una invención de Howard Hawks; él vio que mi cara tenía carácter, incluso se negó a que me retocaran las cejas y me arreglaran los dientes; él me quería exactamente como yo era. Me dijo que aprovechara mi voz, que nunca subiera un tono para hacerla más aguda, que eso nunca sería atractivo. Por otro lado, aprendí a bajar la cabeza para que mis ojos se abrieran más, y enseguida se hizo popularísima esa forma que yo tenía de mirar a Bogart. Ahí es cuando empezaron a llamarme La Mirada. Pero yo…, yo no era más que una chica de 18 años, una chica a la que su familia en pleno despidió en un restaurante de Broadway que todavía existe, Lindy’s, y que tenía que dar cuentas, como buena chica judía, de su comportamiento. Es verdad que yo me enamoraba muy rápido, incluso estuve perdidamente enamorada de Kirk Douglas cuando estaba estudiando interpretación a los 16 años, pero no pasaba de ahí. Yo llegué virgen al matrimonio…”.
¿Y era habitual eso entre las chicas de Hollywood?
Bueno, yo creo que las otras andaban más ocupadas que yo [risas].
El hecho de que usted hiciera películas tan memorables hace que se la relacione con Hollywood, claro, pero usted es tremendamente neoyorquina.
Es que Hollywood no significa nada. Qué es Hollywood, una industria, pero nada más. Yo viví en California 15 años, sí, pero mi sitio es éste… Además, Boogie odiaba Hollywood; odiaba aquel ambiente de los estudios, el negocio. Casi todos sus amigos eran escritores, eso era curioso. A él le aburrían mucho los actores, siempre mirándose el ombligo, siempre hablando de sí mismos. Había excepciones, claro; tuvimos amigos maravillosos, como Spencer, Katie o David Niven, pero él prefería la compañía de escritores. Él me enseñó mucho, mucho, sobre nuestra profesión, sobre cómo uno debía ser honesto. Imagínate qué suerte tuve al tener como amigos a personas que sin él nunca hubiera conocido, porque Cole Porter, Faulkner, Hemingway, Spencer Tracy, James Cagney…, ellos eran de su generación, no de la mía. ¿No crees que he sido muy afortunada por poder codearme con toda ese gente? Boogie siempre decía que el mejor actor del mundo era Spencer Tracy, y el que tenía más carácter, James Cagney. Me acuerdo de una noche oyéndoles hablar a los tres. Fue la única vez que recuerdo que Katie y yo estuviéramos calladas. Me sentía tan feliz. ¿De qué hablábamos?
De su inocencia.
Sí, yo había sido una adolescente muy tonta, soñadora; en mi cabeza sólo había películas. Yo quería ser Bette Davis, era mi ídolo; esos ojos, esa forma de moverse. La vi dos veces, una cuando yo tenía 17 años y luego cuando hice la versión musical en Broadway de Eva al desnudo. Como persona me decepcionó. Es terrible que la gente que admiras te decepcione, ¿no? Ella no era generosa, ni cariñosa; le pasaba lo contrario que a Katie [Hepburn], que aunque al principio se mostraba reservada fue luego la mejor amiga, la más desprendida.
Esa adolescente soñadora que usted era se movía por aquí, por el Upper West Side…
Sí, claro, pero mi familia no vivía en un edificio como éste [de pronto se ríe]. ¿Te parece siniestro el Dakota?
Bueno, teniendo en cuenta que ayer mismo vi en televisión ‘La semilla del diablo’…
¡Ja, ja, ja…! Sí, puedes decirlo, es un poco siniestro. Bueno, mi familia y yo vivíamos por aquí, muy cerca; en estas calles transcurrió toda mi juventud. Parte de mi infancia, mi madre y yo vivimos con mi abuela y mis tíos. Yo me sentía muy feliz de pertenecer a esa gran familia, me sentía muy protegida, y todos ellos eran personas muy cultas, inteligentes, luchadoras. Mi abuela era rumana, mi madre nació también en Rumania, pero mis tíos ya fueron americanos. Mi abuela hablaba ocho idiomas, era todo un carácter. Eso de que yo me quisiera dedicar a la interpretación no entraba en una mentalidad como la suya; ellos esperaban de mí algo más sólido, que hubiera sido profesora, no sé, pero el mundo de la escena lo veían como algo superficial.
Y su madre, que ha sido tan importante en su vida, ¿cómo era?, ¿actuaba como la típica madre de la joven aspirante a estrella?
Mi madre no era típica en nada. Era una mujer maravillosa, trabajadora; yo la adoraba y ella me adoraba a mí. Ella pensaba que yo era guapísima…
¿Y usted se veía guapa?
Yo nunca pensé en esos términos; en serio, no es algo que me preocupara. No me miraba al espejo y pensaba en mi belleza. Otra cosa era cuando actuaba, entonces sí que quería salir guapa; pero en mi familia aprendí a que una persona tiene que tener otro tipo de virtudes.
Y eso que usted fue Miss Greenwich Village con 18 años…
Ah, sí, ¡ja, ja, ja!, me acuerdo de lo nerviosa que estaba. Yo siempre estaba nerviosa, siempre insegura; ya te digo, lo de mujer experimentada fue una invención del cine.
¿Cómo se enfrentó a la aventura de dejar Nueva York y marcharse a Los Ángeles con 19 años?
Tenía una familia que me respaldaba. Mi madre se vino conmigo un tiempo durante el rodaje de Tener y no tener. Boogie, por entonces, estaba casado, con muchos problemas con su mujer, que era alcohólica. Me llamaba a las tres de la madrugada y me decía: nena, te espero en tal esquina de tal calle, y yo me ponía los pantalones encima del camisón para salir corriendo. ¿Es que no es excitante? Entonces, mi madre, mi maravillosa madre, salía de la cama y me decía: “Pero ¿dónde te crees tú que vas con ese hombre que tiene 25 años más que tú?”. “Mamá”, le decía yo, “tengo que ir, yo le quiero”. Ella decía: “Te perderá todo el respeto”. “Pero él me quiere, mamá, yo le gusto mucho”. Entonces, mi madre, gritándome, me contestaba: “Pero cómo no te va a querer, hija mía: tienes 19 años, eres bonita; a ti te quiere todo el mundo”. ¡Ja, ja, ja! Era fantástica. Todos los días me acuerdo de ella. Puedo recordar, como si fuera ahora, el día en que se vieron por vez primera Boogie y ella en una habitación de hotel en Los Ángeles. ¡Qué tensión, Dios mío! Pero luego mi familia lo admitió y le quiso muchísimo, porque Boogie no era un vividor, no era un hombre frívolo; se había casado tres veces, sí, pero era porque había tenido mala suerte. Cuando vinimos por vez primera a Nueva York le presenté a mi familia y se quedó exhausto, me dijo que nunca había conocido a nadie que tuviera tanta familia. Él era el tipo de hombre que cuando ama a una mujer va a casarse con ella; él era de los que se casan, era leal, serio. Me decía que tuviera cuidado con la atracción que sintiera por otros hombres. Me decía: es normal que eso ocurra en los rodajes, que surjan tentaciones; pero siempre hay que sopesar el valor que tiene tu vida privada, si te merece la pena poner en peligro lo que quieres. Luego he pensado que tal vez se sentía inseguro. Eso fui descubriéndolo poco a poco. Era una persona tan extraordinaria que no podías conocerla de golpe.
Si algo sorprende de estas memorias es la llaneza, la sinceridad con la que están contadas. No es solamente un catálogo hilado de las películas o los premios (pocos, en el caso de esta actriz). Estas páginas, escritas con un estilo ligero y elegante, dan cuenta de ese otro lado de la vida que se oculta tras las carreras que nosotros vemos como exitosas. Sorprendentemente, una de las mujeres más deseadas del cine habla del miedo a no ser deseada no sólo por los productores, sino por los hombres, que, al margen de Bogart, no siempre la quisieron como ella merecía. Lauren Bacall habla en todo momento de su fragilidad, de una necesidad imperiosa de ser querida que se convertía en obsesión cuando estaba con un hombre que no acababa de comprometerse. “Siempre me influyó, creo, la ausencia de mi padre. A los 10 años dejé de verle para siempre. Ese abandono, pienso que marcó mis relaciones sentimentales”.
Años más tarde, cuando ella era ya una actriz reconocidísima y estaba actuando en Broadway, su padre llamó al teatro exigiendo 12 entradas. Ella creyó verle en una de las primeras filas. Esa imagen fugaz fue todo. Ya no volvió a verle. Parece lógico, ella no lo oculta, que Bogart se convirtiera en su padre, su amigo, su amante y un esposo leal. Fueron una pareja querida, con personalidad, rodeados siempre de amigos, comprometida. Lauren fue más lejos aún que Bogart en su protesta por las investigaciones que abrió el Comité de Actividades Norteamericanas contra todo aquel que oliera a comunista. Sus años junto a Bogart fueron, se aprecia claramente, los mejores de su vida, aquellos en los que se sintió más protegida. No hay más que ver las fotografías del álbum familiar de la pareja con sus hijos para respirar esa felicidad. Luego vino la enfermedad de él, la desesperación, y el apoyo de un amigo, Frank Sinatra, que daría mucho que hablar. Siempre se ha especulado sobre cuándo comenzó exactamente el azaroso romance que mantuvo con el cantante, si antes o inmediatamente después de la muerte de Boogie. Pero no hay duda de su lealtad hacia el esposo. Al contrario, su recuerdo es omnipresente: cuando habla de ella, el discurso se desliza hacia él. Todas las respuestas acaban en Bogart.
Teniéndola delante se me borra la imagen de las películas; su presencia es la de una de esas mujeres mayores neoyorquinas que bajan a pasear al perro y se paran a hablar en las esquinas, acostumbradas a la sociabilidad de un Nueva York mucho más habitable, irremediablemente perdido, que caminaba mucho más despacio que ahora, del que queda la presencia de estas mujeres fuertes, con rostros llenos de fuerza, hijas de los mil exilios judíos de la Europa del Este.
“Sí, esto es horrible. No quiero ser pesimista, pero en Nueva York tienes que andar siempre con cuidado por los coches, por las bicicletas, para no jugarte la vida. Antes era una ciudad para pasear; hoy, no. Y se han perdido los modales, ¿no lo ves? ¿Por qué está la gente tan enfadada? Quedan cosas, claro: mi supermercado favorito, mi querido Zabar’s, ¡me encanta Zabar’s!, o algunos restaurantes como el café Luxembourg o mi chino favorito, el Shun Lee; pero se perdieron aquellos maravillosos deli, en los que un día, como algo especial, te dejabas el dinero en aquellos sándwiches, aquellos helados… Eso ya no existe, no es igual”.
Éste es un barrio muy judío. ¿Le pesó mucho su condición de judía?
Mucho, hubo un tiempo en que el antisemitismo estaba en todas partes. Me acomplejaba, me ponía tensa pensar que en algún momento debía confesarlo. Fíjate que cuando tenía 16 años tuve un novio de la marina que me dejó cuando se enteró. Bueno, mi madre no era religiosa; mi abuela, sí. Pero el concepto sobre los judíos era muy cerrado; se pensaba que todos tenían la nariz grande, eran feos, pensaban siempre en el dinero… No se puede decir que nosotros respondiéramos a esa idea.
Y el ‘glamour’, ¿es algo del pasado?
Completamente. La mediocridad hoy afecta a todo. El nivel de este país ha caído en picado, nos ha superado la vulgaridad; gran culpa de eso la tiene la televisión, que crea estrellas continuamente. Cada tipo que sale en una serie, ya es una estrella. Nosotros queríamos ser actores. Para colmo, tenemos el peor presidente de la historia. Ser norteamericano podía ser un orgullo en aquellos tiempos, pero mira ahora, con este idiota. Yo tenía a Roosevelt en un altar; Roosevelt era mi padre, mi héroe. Hoy día, mi sitio está aquí; pero si no viviera en Nueva York, viviría en París.
Lauren Bacall, aquella muchacha alta, de pecho plano, rostro que denotaba inteligencia y sentido del humor, que quería ser Bette Davis y estudió con tesón en la Academia de Actores; la cría que se pasó gran parte de su carrera temblando, aprendiendo paso a paso cómo era su oficio, sufriendo la angustia de una carrera desigual en la que no siempre hubo productores llamando a su puerta, decidió un día contar su vida: “Pensé que no quería que quedara en el olvido, que la gente joven podía aprender algo de mi experiencia”. Lauren Bacall, la joven que se enamoraba rápido, casi antes de que se enamoraran de ella, que se entregaba apasionadamente, conserva intacto ese brillo particular de la ironía que la hizo tan atractiva en el cine. “Sí, eso era importante en mi familia, el humor. Eso es lo que me ha salvado en la vida”.
¿Y ahora?
¿Ahora? Tengo una buena vida. Tengo tres hijos, nietos. Mis hijos son gente seria, con buenas parejas, que cumplen con su vida. Y tengo a Sophie [Sophie levanta la oreja al ser citada], que es una gran compañera. Bajo al parque a pasearla, aunque ahora me he torcido un tobillo y no puedo moverme. La gente me saluda, sí, esas señoras que te agarran del brazo cuando hablan contigo, que es algo [se ríe] que no puedo soportar.
Han pasado dos horas, ¿dos horas? Su secretaria ha entrado por tercera vez a decirnos que es tardísimo. Entonces me muevo hacia adelante para apagar la grabadora que está en la mesita, y aún no me explico cómo, pero mis botas resbalan en el suelo de tarima de tal manera que me escurro hasta quedarme completamente sentada en el suelo. Lauren Bacall me mira asombrada: “¿Y eso?, ¿cómo has hecho eso?”. “No sé, me resbalé”, le digo. Y suelta una carcajada. “Perdona que me ría”, dice, “pero es que ha sido muy gracioso”.
A pesar de mi aturdimiento escucho su risa; la risa grande, fresca, de una de esas mujeres a las que la edad nunca acaba de vencer del todo. El Pais
Ulrich Beck, La sociedad del riesgo

Nació en 1944 en Stolp (hoy, Slupsk), Alemania. Estudió sociología, filosofía, psicología y ciencia política en Friburgo y Munich. Se doctoró en 1972. Inició su actividad docente en Münster (1979-1981), de donde pasó a la Universidad de Bamberg (1981-1992) y, ya en 1992, accedió a la Universidad Ludwig-Maximilian de Munich como catedrático de sociología. Entre 1995 y 1998 impartió clases en la Universidad de Gales en Cardiff. También es docente de la London School of Economics. Editor de la revista sociológica Soziale Welt (desde 1980). Doctor 'honoris causa' por la Universidad de Jyväskylä, Finlandia.
Ha pertenecido a la Comisión para el Futuro de los gobiernos alemanes de Baviera y Sajonia. Ha pertenecido al Instituto de Estudios avanzados de Berlín, Wissenschaftskolleg (1990-191). Dirige el centro de investigación sobre la modernización de la Universidad de Munich, que trabaja en colaboración con otras instituciones académicas germanas (Sonderforschungsbereich).
Sus opiniones sobre temas de actualidad se publican en el Frankfurter Allgemeine Zeitung y en la gran prensa internacional de referencia.
Es autor, entre otros libros, de Risikogesellschaft. Auf dem Weg in eine andere Moderne (1986); Democracy Without Enemies (1998); World Risk Society (1999); What is Globalization? (1999); Individualization (con Elisabeth Beck-Gernsheim, 2000); Brave New World of Work (2000).
Entre las obras traducidas a las lenguas española y portuguesa: Modernização reflexiva. Política, tradição e estética na ordem social moderna (con otros autores, UNESP, São Paulo, 1997; O que é Globalização: Equívocos do Globalismo Respostas à Globalização, Paz e Terra, São Paulo, 1999.La sociedad del riesgo. En camino hacia otra sociedad moderna, Paidós, Barcelona, 1998; ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas de la globalización, Paidós, Barcelona, 1998; La invención de lo político. Para una teoría de la modernización reflexiva, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999; Hijos de la libertad (comp.), Fondo de Cultura Económica, México DF, 1999; La democracia y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 2000; Un nuevo mundo feliz. La precarización del trabajo en la era de la globalización, Paidós, Barcelona, 2001; Sobre el terrorismo y la guerra, Paidós, Barcelona, 2003
PENSAMIENTO Y EXPRESIÓN CIENTÍFICA
Desde una posición crítica, inspirada en los planteamientos próximos a los de Habermas, se enfrenta a las corrientes del postmodernismo en las que se diluye el pensamiento fuerte, la racionalidad misma y se produce un alejamiento del compromiso social. Beck defiende, junto a Giddens, un espacio para la sociología reflexiva, para no abandonar el análisis crítico frente a los problemas del tiempo presente. Beck se acerca a los problemas de la nueva sociedad, que no son los mismos que describía la sociología de las sociedades precedentes, y encuentra el la complejidad de las relaciones, la desregulación absoluta, la prevalencia del poder y decisión de las corporaciones, la inhibición de los poderes políticos o su cooptación por el poder económico, una fuente de incertidumbre, inseguridad y riesgos.
La sociedad postmoderna asume una carga de riesgo –risikogesellschaft- en su propia identidad que encierra una grave contradicción: el peligro de supervivencia de la especie. La ‘rentabilidad’ del sistema corre el riesgo de la incertidumbre; no parte de la asunción de la seguridad y de un escenario sostenible en términos ecológicos, sino que conoce que existen márgenes de peligrosidad para la especie cuya cobertura no es, paradójicamente, prioritaria en un sistema guiado por la obtención de beneficios y una representación retórica de la racionalidad que oculta la racionalidad. Los medios de comunicación juegan aquí, como una extensión del poder y de control social, un papel determinante, en la escenificación de los riesgos y la búsqueda de soluciones.
El pensamiento de Beck está jalonado por las constantes de una sociedad sometida a fuertes riesgos, a procesos de individualización o sujeción individual de los comportamientos en la vida social y modernización, como escenario de las representaciones que significan los cambios.
La retórica envolvente habla de seguridad, prevención, control, pero la actualidad se traza con las noticias de las catástrofes ecológicas, las crisis financieras, el terrorismo, las guerras preventivas.
Beck distingue una primera modernización, que discurre a lo largo de la industrialización y la creación de la sociedad de masas, de una ‘segunda modernización’, propia de una sociedad que propende a la globalización y se inscribe en una etapa de cambio tecnológico.
En la era industrial, el núcleo familiar era la célula social, la matriz cultural y laboral, la estructura de socialización primaria, la unidad económica. Ese núcleo se rompe y la dinámica de las sociedades impregnadas por los valores mercantiles empujan hacia la individualización de las estructuras, hacia situaciones donde se acentúan la incertidumbre del individuo en la ‘sociedad del riesgo’: trabajo precario, inestabilidad de las uniones matrimoniales, dificultades en la identificación de los valores, y, como expresiones de la crisis individual, el escepticismo, la marginación, el desarraigo.
El individualismo aparece como un efecto esterilizador del neoliberalismo económico, que no sólo actúa en el plano personal, sino que alcanza al conjunto de las instituciones en las que antes de proyectaba la dimensión cívica del individuo. Una esterilización, un vacío institucional, que se manifiesta en la crisis de los sindicatos, de los partidos, de los mecanismos de representación y gestión públicos. Muchas veces bajo la seducción tecnológica, bajo la presión de una forma de progreso que, los propios políticos que la padecen, la reclaman e impulsan como una tabla de salvación que, paradójicamente, conduce a la crisis de representación.
Su idea del arte de la política, que Beck proyectó, cerca de Anthony Giddens, bajo el enunciado propositivo de la ‘tercera vía’, se basa en la necesidad no tanto de redactar nuevas normas como de adaptar éstas a la realidad social, a las necesidades del momento, al patrimonio de la sociedad civil. Nuevos pactos sociales tendentes a contrarrestar el excesivo peso del mercado y sus efectos, aminorar los riesgos y ampliar el perímetro social y cultural del individuo. Los procesos de comunicación y el desarrollo de medios al servicio de la sociedad civil adquieren una importancia determinante en el cambio de mentalidad o resocialización en la que debe fundarse el equilibrio y la disminución de la incertidumbre.
En una sociedad definida por los procesos de globalización, Beck distingue entre los vectores locales y globales, convencido de la necesidad de una cooperación supranacional como instrumento de refuerzo del desarrollo y la estabilidad local. Frente a los valores del viejo Estado nacional, fuerte y jerarquizado, describe el ‘Estado cosmopolita’, autónomo ciertamente, pero plenamente abierto a la cooperación y a una cohesión internacional que, manteniendo la diversidad, amortigüe las tensiones de las diferencias. Infoamérica
157 sitios de descargas de libros
Todas las materias. Ediciones propias para descargar, catálogo, enlaces a más de 54.000 textos, foro, referencias. También escolar con libros para descargar
Libros Tauro
E-libros. Búsqueda y listado por autor o título. Novedades
El Aleph
Biblioteca virtual
Revista Teína
De educación y cultura. Libros sin costo para descolgar
Ignoria
E-books, audiolibros, música para descolgar
Critical Art Ensamble
Intersecciones entre arte, tecnología, política y teoría crítica. Libros para descargar
Libros Gratis
Descargas y on-line. También dibujos para colorear
Astalaweb
Libros gratis. Por autor, por países
Libros por idiomas
Francés, inglés, alemán, italiano
Libroteca.net
Por autor, por países, web de autores, distintos formatos de descarga
Planeta Sedna
Variados
Taringa
5 libros de Umberto Eco para descargar, y más
Katarsis
Por autor. Baudelaire, Verlaine, otros. Links a otros sitios de descargas
LeerGratis
Reseñas y descargas
Milordftp
Descargas por autor
Morfología Wainhaus
Archivo pdfs. lecturas varias. Pensamiento. Marleau Ponty, Bateson, Baudrillard, más
Alcibuper
Los clásicos en castellano, por autor. Literatura, pensamiento, filosofía, más. Completo
Dunkelheit
Requisito: registrarte y hacer al menos 5 envíos. Interesante sitio
Formarse
Especializada en autoayuda, terapias alternativas, filosofías orientales, varios
Bajalibros
Todo Cortázar, Isabel Allende, Anne Rice, Tolkien, Baudelaire, otros. Con comentarios (blog)
Marxists Internet Archive
Education, philosophy, psychology, ethics, art and literature, alienation, natural science, politics, etc. Books and articles on-line
Olavarría
Descargas libros filosofía, educación, psicología, sociología. Marcusse, Lacan, Heidegger, Piaget, otros
Proyecto V
Descargar. Filosofía. Adorno, Husserl, Barthes, Lacan Deleuze, Pitágoras, Hume, Ferrater Mora, Bueno, Foucault, y más
Logos Media
Filosofía, literatura, varios. Diario de Ana Frank, Dostoievski, Ibsen, Jung, Kierkegaard, otros
Library Thing
De pago, 10$ ó 20$. Todas las materias. Descargas, intercambio, catálogo, castellano, inglés, otros
esnips
Descargar libros Escuela de Frankfurt. Sitio de uploads and downloads diversos
IPL
Archivo en inglés de links a sitios de descargas y website por materias. Todas las materias
Project Gutenberg
Catálogo on-line del Proyecto Gutenberg. Por autor y materias. Todos los idiomas. El sitio más antiguo de e-boks e e-texts. También hay catálogos para descargar
La Bitblioteca
Miscelánea de libros y textos para descargar. Por categorías y países. Arte, literatura, ciencias, prensa y actualidad, filosofía, lenguaje, historia de América, medios, música, religión, legales, economía. Enlaces
Ayudemos a Misiones
Blog con libros para descargar, miscelánea, desde Harry Potter y Stephen King hasta Marguerite Yourcenar y otros
LIBROdot
Excelente. Por autor, por título y por género. 7400 libros de 60 nacionalidades. También inéditos. Añade breve biografía del autor
Recursos Teológicos
Para descargar, diccionarios bíblicos, teológicos y filosóficos, libros de referencia, libros de autores, teólogos, hermenéutica, Nuevo y Antiguo Testamento, apologética, pastoral, historia eclesial, pensadores. Josefo, Agustín, Calvino, más
Solo libros
Variados. Benedetti, Sartre, más
AFU Biblioteca Virtual
Sobre todo filosofía. Simone de Beauvoir, Benjamin, Bergson, Giddens, Gramsci, más. También literatura. Audioteca. Links
ConocimientosWeb
Portal de la educación no formal. Libros digitales (economía, teatro, poesía, místicos, novela, informática), artículos, descarga de software, enciclopedias y diccionarios, traductor, tests on-line, diversos temas, cápsula del saber, cursos y manuales, más
UBA
Universidad de Buenos Aires. Facultad de Ciencias Sociales. Ciencias de la Comunicación. Antropología Social y Cultural. Libros de Clastres, Levi Strauss, Malinowski, E. Krotz, L.H. Morgan, Bob Simpson, K. Marx. R. Da Matta, más
INFOAMERICA
Comunicación, cultura y sociedad. Textos y libros para descargar. Buscador por orden alfabético. Biografías y más de 15.000 artículos de revistas académicas. Espacio informativo iberoamericano. Habermas, Barthes, Vigotski, Chomsky, más
Psicología On-line
E-books, manuales, artículos, distintos autores de distintas Universidades, autoayuda, consultoría, tests, cursos, empleo
PlanetaLibro
Varios. Audiolibros, autoayuda, medicina, psicología, filosofía, informática, más
Liblit
Gratis. Por orden alfabético. Todos los temas y autores. Cuchitril literario, foro, esclavo lector. Heine, Victor Hugo, Hoffman, Henry James, Maimónides, Mahoma, Tomás Moro, Moliére, Marco Aurelio, K. Mansfield, Safo, Spinoza...
Zen y budismo zen
Para descargara, leer on-line y comprar. Los grandes maestros. Osho, Bodhidharma, T. Deshimaru, Philip Kapleau, Alan Watts, Dogen, David Chadwick, Lin-Chi, Eugene Herrigel, D.T. Suzuki, más. Haikus
Biblioteca Incayal
Todas las áreas. Por autores
jmacosta
Sobre todo colecciones de revistas (científicas, adultos, cómic), libros de divulgación científica (Sagan, Penrose), japoneses, en inglés, más
Libros y más libros
Para pescar buenos libros y descargarlos. Vienen con reseñas y textos (blog)

Libros de Ciencias
Amplia recopilación de libros de ciencias biológicas en español. Biología, fisiología, bioquímica, anatomía, inmunología, histología, educación y psicopedagogía, medicina, veterinaria, ecología, genética, software, más (blog)
Sociología Contemporánea
Descargar libros y artículos de sociólogos reconocidos
Books factory
Listado de sitios con descargaras de libros
Libros budistas
Libros para descargar gratis o comprar
Quedelibros
Libros para descargar varias asignaturas
YouKioske
Revistas para leer online
Libros Full Gratis
Psicología. Todas las materias
Biblioteca Virtual Universal
Biblioteca educativa, técnica, arte, joven y literaria. Bibliotecas rurales argentinas. Proyecto Crecer
Egelforum
Libros de medicina para descargar
Libros de Luz
Libros y artículos variados temas. Por orden alfabético
Libros libres, música libre
Música y libros para descargar. Novela, arte, música
Sherlock Holmes
Descargar obras de Sherlock Holmes
Edumet
Libros gratis de economía
Todotegusta
Libros completos variados
CarlosMesa.com
Libros completos variados
Libro-s
Variados para descargar
Libros y Trabajos
Portal completo con enlaces a bibliotecas digitales, descarga de libros. Material sobre Historia Medieval, mentalidades (socio-cultural), fuentes para estudiantes universitarios
Más libros
Variados
PDF database
PDFs para descargar, distintos temas
Revistas científicas
Revistas y libros científicos, Universidad de Salamanca
Grammata
Descarga de libros de calidad superior de lectura. Con registro
Scientific Commons
Descarga de libros de Lacan, Foucault, Allain Miller, y otros
El último libro
Libros de cocina antiguos, entre otros
Librosintinta
Enlaces a descargas de libros, muy bueno. Todos los formatos y para ver online
Manual-es
Multitud de manuales e e-books para descargar o leer online. También biografías
Mancia
Descarga de libros de psicología (previa inscripción)
EnPlenitud
Descarga de libros, psicología, miscelánea (previa inscripción)
Sector Matemáticas
Buenos libros de matemáticas para niños y profesorado para descargar
Psicosystem
Manuales, enlaces a descarga de libros, cursos, y descarga de libros gratuitas sobre psicología, en general
Ciudad@City
Libros y textos compilados sobre cybercultura, comunicación y periodismo digital, web 2.0
La biblioquiteca
Libros y diapositivas de medicina para descargar
e-libro.net
Libros variados
Intercambiar
Libros sobre economía y finanzas
Sociología Contemporánea
Artículos y descarga de libros
Puericultura y obstetricia
Links a descargas
Bookandyou
Leer online en tres idiomas. También puedes subir tus libros digitales
Libros o revistas
Variados
Bejomi1
Libros sobre educación
Biblioteca Borges
Los libros que leyó Borges para descargar
Many books
Variados
Libros-pdf
Libros relacionados con todos los temas
Libros de medicina
Descargar o ver online
Libroos
Todas las materias. Hay que registrarse
relibros
Libros de religión para descargar
Libroteca.net
Libros en diferentes idiomas
ConValor
Libros y revista digitales
xenciita
Manuales de medicina para descargar
Molwick
Libros de ciencias y otros
Libros Maravillosos
Ciencias, matemáticas, otros. para leer online o descargar
Libros Digitales Gratis
Narrativa sudamericana, otros temas, facsímiles, documentos
Personales
Bibliotecas virtuales, libros de autor
MVZ
Libros de veterinaria y zootecnia
srtamartinez
Libros sobre periodismo y comunicación
zona gratuita
Variados
Descarga Libros Gratis
Variados
¡Quiero leer!
Selección de libros electronicos, ebooks, elibros, libros digitales gratis, para leer online, bestsellers, textos, literatura en español, biblioteca online
Relatividad
Variados, erótica, matemáticas, wikilibros, enlaces
Verdadero antro
Textos y descargas de filosofía y antropología
La Máquina de von Newman
Filosofía, naturalismo
Portal psicológico
Pdfs sobre diversos temas
Pdfs Gratis
Variados: técnicos, científicos, educación
LibrosPdf.org
Variados, historia, ciencias
Libros de médicos
Atlas, manuales en español
Joryx
Más de 600 libros para descargar
FreeBooks4Medicine
Libros on-line de medicina. Español, francés, alemán, inglés, otras lenguas
Libros de médicos
Descarga de libros de medician y afines, con comentarios
Novelas románticas históricas
Selección amplia de novelas románticas
Novela negra
Amplio surtido
Bibliotheca
Buscar por autor
Genio Maligno
Variados
Libros maravillosos
Selección distintas materias
e-books
Descarga de libros y reseñas. Variados
De todo un poco
Biografías, enlaces a sitios de descargas, variados. Otros temas
Filosofía idóneos
Libros de filosofía para descargar, por autor y tema
Ebookio
Varios. por categoría
Feminismos, género e identidades
Libros y monografías para descargar. Bibliografía. Red de Bibliotecas. Ministerio de Educación
Antorcha
Libroteca virtual, descargas, fonoteca. Filosofía, derecho, psicología...
Edípica
Biblioteca: psicoanálisis, filosofía; libros, documentos, artículos, tesis
Libros de enfermería
Descarga gratis de libros de medicina, vídeos, enlaces, venta de libros
Katarsis
Libros variados
Dianoia Psicoanálisis
Varios descargar, Ferenczi, Freud, Reik, Thomas Mann
Biblioteca solidaria
Más de 200 libros para descargar
Repositorio de ciencia
Libros de ciencias
Portal psicología
Libros de psicología para descargar. Hay que registrarse
Literatura Libre
Varios
Biblioteca del Ciencia Política
Libros de música
Más de 600 libros de música
Más de 2.700 libros sobre política, dinero, sociales
Recursos teológicos
Libros de referencia y por autor
Capital emocional
Libros sobre educación, relaciones, coaching, formación, familiar, social
Estudios bíblicos
Materiales diversos: educación cristiana, Israel, Doctrina...
Biblioteca de la Iglesia Reformada
Variados. Reforma
Alieve
Libros de economía, matemáticas, y otros
eumet.net
Libros sobre economía y afines. Para leer online o descargar
Sociología contemporánea
Descargar gratis libros de sociología
Bibliopsiquis
Repositorio de documentos académicos sobre neurociencias
Dasumo
Libros literatura feminista
ebookbrowse
Subir y bajar ebooks variados (gracias Sylvia!)
Descargar libros gratis área salud
Medicina y otros
Todotegusta
Libros de historia. Magnífica selección de libros, descarga gratuita o leer online
Ayúdame Freud
Descarga de ebooks sobre psicoanálisis
Simone Weill
Libros para descargar, diferentes idiomas
Textos en línea
Muchos textos interesantes. Filosofía, sociología, psicología, otros.
ConoZe.com
Textos para leer online. Filosofía y otras materias. ¡Interesante!
BookOnlineWorld
Buscador de ebooks gratis
Shakenataaagmeun
Blog con libros para descargar. Antropogeografía, psicopatología...
psicosocial.net
Grupo Acción Comunitaria. Descarga de libros de supervivientes del holocausto y otros genocidios
aula intercultural
Libros, guías, manuales, literatura infantil para descargar en pdf sobre interculturalidad
Fundación Luis Chiozza para el Enfermo Psicosomático del Enfermo Orgánico
Obras completas de Luis Chiozza
Biblioteca fragmentada
Feminismos, movimiento queer...
Bookcamping
Biblioteca virtual del 15M
Biblioteca Solidaria
Libros variados
Simone Weil
Site de la filósofa. Libros para descargar en diferentes idiomas
Descarga de libros de diseño
18 libros y manuales de diseño
Red Antropológica
Libros antropología
Ateoteístas
Libros sobre religión, filosofía de las religiones
Openlibra
Descarga de ensayos sobre copyleft, libertad digital, ciencia y comics
Libros en PDF
Filosofía, ciencias, variados
Find Docs
Variados, mitología
Archivo de comics
Archivo de comics de todos los tiempos
Biblioteca médica
Manuales gratis
My GoogBooks
Ficcionario de psicoanálisis, Néstor A. Braunstein
Hacia el lenguaje, Kyra Karmiloff, Annette Karmmiloff-Smith y Pablo Manzano
The curve of life. Correspondence of Heinz Kohut, 1923-1981

The sufferings of the jews during the Middle Ages. Leopold Zunz, G.A. Kohut
Individuation and narcissism, Mario Jacoby, Myron G. Gubitz
Lingüística y psicoanálisis, Michel Arrivé
El origen de las especies, Charles Darwin
Infancias, Françoise Doltó, prólogo de Catherine DoltóEl Evangelio ante el psicoanálisis, Françoise Doltó
Ética, Baruch de Spinoza
Cosmologías, de Minkowski a Marelau-Ponty, Homero Altesor
Tratado de psicología del niño, T.IV, Los modos de expresión, HélèneGratiot-Alphandery, René Zazzo
La educación imposible, Maud Mannoni
Vínculos afectivos: Formación, desarrollo y pérdida, John Bowlby
En el juego del deseo, Francóise Doltó
Knots, R.D. Laing
La vida del cuerpo, Arthur Balaskas
Jean Piaget, El estructuralismo
Cartas sobre Cézanne, R.M. Rilke
El cuerpo de la obra: ensayos psicoanalíticos sobre el trabajo creador, Didier Anzieu
Asuntos sociales

Telemadre
Modelo social de intercambio entre madres desempleadas y personas que no pueden cocinar
El Observatorio
Responsabilidad social
Expact-Blog
Blog de expatriados
Surt
Interesante web de ayuda a la mujer. Perspectiva construccionista y por competencias
Empleo, asuntos sociales e igualdad de oportunidades, Comisión Europea
Portal de la UE para asuntos sociales
Inserción Social
De Caja Madrid. Apoyo a la inserción social y laboral
Iniciativa ciudadana de la Comisión Europea
Documentos sobre iniciativa ciudadana en la UE
Link Social
Links diversos de interés social (infancia, maltrato, violencia, guerra...)
ciberacciones
Recogida de firmas para distintas causas
Canal Solidario
Voluntariado, ONGs, solidaridad, sostenibilidad
Comercio Justo
Noticias, propuestas, información
Negligencias Médicas
Denuncias
Denuncia pública
Denuncias a Salud Mental, Asistencia Social...
Maltrato y violencia
Blog del Instituto Europeo Campus Stellae. Cursos. Enlaces
Expact.Clic
Expatriación en femenino. Sitio para compartir la experiencia de la expatriación. Foros, artículos, experiencias, talleres. Testimonios. Galería. Links. Varios idiomas
Biblioteca Virtual Ser Indígena
Enlaces. Archivo digital, animaciones, bancos de imágenes, música, libros, monografías, infografías. Diccionarios lenguas indígenas. Weblogs indígenas
Acoso moral desde la óptica social
Página de María Parés. Artículos por ámbitos y por temas. Noticias. Enlaces
Actuable
Peticiones que puedes hacer a los a gobiernos y empresas para que actúen para cambiar el mundo
ATTAC
Justicia económica global
InspirAction
Movimiento global cuyo objetivo es ser el portavoz de los olvidados
Avaaz
Activistas
tupatrocinio
Búsqueda de patrocinadores para tus proyectos
No cruces el río con botas
Blog y radio sobre asuntos sociales
ACSUR
Iniciativas solidarias. Publicaciones, información, enlaces
Discapnet
Todo para el discapacitado
Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente
Suicidio asistido
Capenoa
En defensa de los pueblos indígenas
La ciudad viva
Web de información y participación ciudadana de la Consejería de Obras Públicas y Vivienda que se inscribe dentro de un proyecto político de mejora de la habitabilidad urbana y territorial, a través del diseño social, sostenible y productivo de los espacios públicos y domésticos de nuestras ciudades
Moda y textiles
Museo y Centro Didáctico del Encaje de Castilla y León
The Textile Museum (Washington)
American Textile History Museum
The Textiles Ethnography Museum
The Bowes Museum V&A The Coptic Museum
Musee des Tissus Textile Society of America and Textile Museum
Lancaster Quilt & Textile Museum
Musée de l'Impression sur Etoffes
Sturermuseum The Conner Paririe Museum Textile Collection
Wisconsin Historical Society, Children's dresses
Children's clothing, Edimburgh Museum and Galleries
Marjorie Russell Clothing and Textile Research Center Virtual Galleries






























































































